Obesidad y pobreza

Obesidad y pobreza

La actriz Gwyneth Paltrow, resultó derrotada en el reto de no gastar más de 29 dólares semanales en alimentos, que es la cantidad en vales de comida que suele entregar el Gobierno de Estados Unidos a las familias más pobres. 

Las conclusiones de la artista ante su experiencia, las resumo: apenas le alcanzó para 4 días, pues no aguantó y compró algo de pollo y verduras frescas; ahora está consciente de la imposibilidad de una buena nutrición con esos recursos, un desafío que enfrentan 47 millones de gringos pobres; concluyó afirmando que no sugiere que todo mundo debe comer orgánico, pero sí al menos comida real y fresca. La aventura de la artista fue para contribuir a una campaña del Banco de Alimentos de Nueva York.

Una observación que suelen hacer muchos visitantes extranjeros, sobre todo del cono sur, es que los mexicanos comemos mucho.

Aquí en México, tener 29 dólares semanales solo para alimentos es más de clase media que de clase baja, así que los desmedidos niveles de obesidad que padecemos no son otra cosa que expresión de pobreza. Una cosa es la nutrición y otra la alimentación, la primera exige de recursos financieros y médicos para solventarla y medirla, mientras que la segunda es la respuesta más inmediata a nuestra necesidad de sobrevivir (por decirlo de una manera). Las opciones de alimentación que nos ofrece la vida moderna se distinguen por lo extremas: o son muy baratas o son muy caras. Resulta obvio, por lo tanto, que solo los de mayores ingresos puedan darse el lujo de preocuparse por lo que comen, mientras el resto se debe conformar con matar el hambre a puro golpe de calorías.

La situación en sí no es tan grave, al menos si tomamos en cuenta que en México la esperanza de vida ya supera los 80 años, es decir, que cada vez más mexicanos llegamos a más viejos y, además, con mejor calidad de vida, pues ya no somos un país rural, nos hemos vuelto urbanos y eso facilita el acceso a numerosos servicios de toda índole.

Una observación que suelen hacer muchos visitantes extranjeros, sobre todo del cono sur, es que los mexicanos comemos mucho: hacemos por lo menos tres comidas diarias difíciles de distinguir entre sí por su volumen, cuando lo más común en el resto del planeta es una fuerte y dos de tentempié. O sea que el hambre no es igual en todas partes. Si a este hábito nuestro le agregamos nuestro viraje hacia los alimentos industrializados, propios de las ciudades, no debe extrañarnos entonces nuestra alta obesidad, pero en un descuido ahí está una de las claves que explican porqué los mexicanos siempre alcanzamos calificaciones altas en las mediciones de felicidad: comemos mucho y muy sabroso.

No pretendo incitar a engordar, pero tampoco a lo contrario, no comparto esa fascinación por la delgadez que obsesiona a nuestra cultura occidental, soy de los que dicen que en la vida hay que ser más feliz que bonito y, perdónenme, pero la piedra angular de un desayuno clásico sinaloense es una Coca helada en botella de vidrio. Sin olvidar que de todas formas no nos alcanza para otra cosa.

FOTO: RODOLFO ANGULO /CUARTOSCURO


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