NUEVE PISOS DE SEPARACIÓN

NUEVE PISOS DE SEPARACIÓN

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Una vez más subiré los nueve mortales pisos que me separan de la superficie terrestre. Vivir a semejantes alturas es una apuesta constante a la vida; primero por los temblores de esta ciudad y después porque mi corazón es débil y se cansa más rápido que el de los demás.

Para no variar dejé la luz del pasillo encendida —con lo que odio el desperdicio de energía—, además olvidé cerrar bien la puerta, lo cual indica que definitivamente cada día mi memoria está más jodida. No termino de abrir bien cuando me percato de que hay otras luces que no apagué. No tengo remedio.

Zapatos fuera, billetera, llaves, monedas, todo va al primer rincón que encuentro; camisa y pantalones, adiós. Es tiempo de frío, así que acostumbro vestir pijama de franela, pero me doy cuenta de que mi pijama no está en donde siempre la pongo. Voy al cesto de la ropa pero tampoco está ahí; además de eso, no encuentro mis pantunflas, ni el libro que estoy leyendo.

Entonces me dirijo al escusado con una revista. Pero escucho que hay alguien adentro, está tarareando una canción. Si no fuera porque yo estoy aquí, pensaría que el que está ahí soy yo. Sigue la canción, va subiendo la voz y entonces reconozco la melodía; es imposible, yo compuse la letra apenas ayer, nadie tendría forma de conocerla. Aunque no lo puedo creer, estoy seguro: soy yo.

Me quedo parado un momento más escuchándome cantar; creo que soy extremadamente desafinado —eso explica porqué nunca fui solista en el coro de la iglesia. Ya me estoy lavando las manos, si cuando salga me veo aquí afuera me voy a asustar bastante y seguramente intentaré llamar a la Policía pero, ¿qué les voy a decir?: “Una persona no extraña se metió a mi casa y creo que soy yo”. No, mejor me escondo y veo cómo soy cuando nadie me está viendo. Un poco de autocrítica nunca está de más.

Si me oculto en el clóset seguro me encontraré cuando quiera guardar los zapatos. Debajo de la cama es un lugar más seguro, prácticamente nunca me asomo ahí porque desde niño me ha dado pánico imaginar que alguien puede estar en ese oscuro sitio, acechándome, esperando a que me descuide para jalarme los pies y llevarme al más allá. Este temor mal encausado me ha hecho no aspirar, ni barrer, ni nada en esa zona: hay calcetines sucios, pelusas del tamaño de mi cabeza, condones, monedas. Hasta la credencial de elector que pensé perdida vive debajo de la cama. En verdad que hay todo un mundo aquí abajo.

No he parado de cantar desde que salí del baño. Ahora trato de entonar la canción de “el guardaespaldas”, esa que Whitney Houston hiciera tan famosa; sueno como si estuvieran matando a un perro a garrotazos. ¡Cómo cambian las cosas cuando uno las ve desde afuera! No sé cómo me he soportado todos estos años.

No tiene mucho caso seguir aquí, apenas y puedo ver qué hago y cómo lo hago; no es como en los sueños astrales que uno puede volar y verse desde arriba. Yo en cambio apenas y puedo verme los pies y eso fue antes de subirme a la cama.

Cuando me duerma saldré despacito para no molestarme porque mañana tengo que levantarme temprano y sería muy cansado lidiar con el encuentro conmigo mismo. Por ahora prefiero no agobiarme con estas cosas; algún día encontraré de nuevo el camino a casa y tal vez entonces esté preparado para presentarme formalmente.

Acaba de detenerse una ambulancia en la calle, y yo —el de arriba de la cama— como buen metiche, me levanté para ver lo que pasa. Estoy distraído; es el momento de partir sin que me dé cuenta. Salgo silencioso del departamento y comienzo a bajar la escalera pero no puedo continuar pues dos paramédicos obstruyen el paso. En el fondo escucho a una de mis vecinas decir: “Es el del nueve. Dicen que estaba enfermo del corazón, yo creo que le hizo mal subir tantas escaleras”.


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