“Imaginaba que sería más…” | Desencanto por una Serie del Caribe incapaz de poner de moda algo

No había boletos. Ni uno solo para quien pretendiera entrar al juego inaugural de la Serie del Caribe Culiacán 2017. La única manera era comprarse un carísimo carnet para acceder a todos los juegos del torneo, ser cuate de algún político acaparador de boletos o de plano entrarle a un concurso de los patrocinadores a ver si con suerte se ganaba un codiciado ticket.

A una hora de que iniciara el primer juego de la serie, entre Cuba y República Dominicana, al filo de las 15:00 horas, los organizadores apenas se iban “organizando”. En medio de los espectadores, aficionados, curiosos y despistados que se aproximaba poco a poco al flamante estadio de los Tomateros, sede de la justa caribeña, los equipos de staff iban y venían (sin prisas), tratando de acomodar cada cosa en su lugar. Pero curiosamente, ni la tienda de recuerdos del Club estaba abierta.

“Pues, quería comprar algo, pero tal parece que no les interesa vender”, dijo una joven señora que esperaba se abrieran las puertas de la tienda en mención.

Un empleado de la Secretaría de Salud (solo uno se hizo visible) repartía jocoso condones a los que encontraba a su paso, pero detrás de él un grupo de chavalos ofrecían pases de cortesías para un table dance. Curiosa asociación público-privada.

El alcohol era la máxima atracción. “Realmente no había ningún atractivo, más allá del estadio considerado el mejor incluso de Latinoamérica y que pronto el equipo favorito jugaría.

Se esperaba que por ser un evento de talla internacional, al menos se organizaran eventos alternos de buen nivel, pero Culiacán solo se “puso de moda” en la publicidad oficial.

Ya para el segundo juego de la jornada inaugural, el considerado estelar, donde se medirían las Águilas de Mexicali y los Criollos de Caguas; México contra Puerto Rico, la gente empezó a surgir y se hizo más grande la bola.

Muchos se quedaron afuera y debieron resignarse con ver el partido (¡partidazo!) parados y observando las pantallas gigantes colocadas al exterior del estadio. Otros de plano mejor se retiraron, y algunos más expresaron a ESPEJO su sentir al no tener más alternativa: “No nos queda más que bailar y pistiar”.

Una venezolana mostró su decepción: “La verdad, me imaginaba más grande el evento”.

Muchos jóvenes se mostraron inconformes por el mal sistema de venta de boletos, pues no era posible acceder a ellos de manera individual, solo con la adquisición de carnets, mismos que consideraron demasiado caros.

“Mejor me lo compro de cerveza”, dijo uno entre la bola.

Lo cierto es que Culiacán luce tan normal como si no fuera sede de un evento internacional como lo es la Serie del Caribe y por lo tanto la gente no está en la órbita del discurso oficial que se aferra a hacer creer que Culiacán está de moda.

Con información y fotos de Antonio Rubio.

 


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