El análisis de Óscar Fidel González Mendívil | La expectativa anómica

El análisis de Óscar Fidel González Mendívil | La expectativa anómica

“Si no hay ley ni orden, ¿qué nos mantiene juntos?”.

—Binyavanga Wainaina.

Lo normal es que la ley se cumpla. Lo normal es que la ley no se cumpla. ¿Tú qué crees paisano? En una sociedad ideal con autoridades ideales y ciudadanos ideales, lo normal es esperar que la ley se cumpla a cabalidad. Y cuando hablamos de comunidades ideales, siempre pensamos en el extranjero. Es una idea tan arraigada que la damos por cierta sin cuestionar.

Empleamos expresiones como: “Es que en Estados Unidos sí te meten a la cárcel” o “Ni que fuéramos Suecia”. Pareciera que, de acuerdo con nuestra imaginación, un grupo humano ordenado y respetuoso de las reglas siempre es extranjero.

La visión que tenemos de nosotros es lo contrario. Como decía Monsiváis, a los mexicanos nos agrada el caos, el relajo, el desmadre. Somos espontáneos, ruidosos, desorganizados y no nos gusta que nos digan qué hacer. Tal vez somos una sociedad adolescente.

Es como el chiste. Un crucero se hundía y todos debían abordar los botes salvavidas. El capitán ordena a la tripulación que dirija la evacuación. Al primer oficial le corresponde el desalojo del bar pero fracasa cuando cinco parroquianos prefieren beber a escapar. Cuando informa la situación al capitán, este pregunta por sus nacionalidades: un inglés, un alemán, un estadounidense, un cubano y un mexicano.

El capitán decide tomar el asunto en sus manos y tras diez minutos regresa y anuncia que el bar ya está vacío. A salvo en los botes salvavidas el primer oficial pregunta cómo lo hizo y el superior le responde: “Me dirigí primero al inglés y le comuniqué que a esta hora era de muy buen gusto tirarse un clavado. Al alemán le dije que la perfección atlética solo se alcanzaba en los clavados. Al americano lo reté a que superará los anteriores clavados. Al cubano le indiqué el rumbo de Miami. ¿Y al mexicano? A él le expliqué que estaba absolutamente prohibido tirarse un clavado.

Claro, no todos somos así, pero seguro conoces a alguien que te recuerda al del chiste. Dicen los que saben que se experimenta cierto placer al violar una prohibición, un gozo interno relacionado con hacer lo que nos da la gana, con salirnos con la nuestra. Pero eso no puede ser la constante.

Para establecer un cierto tipo de orden y preservar los derechos humanos es que inventamos las leyes. Así de imperfectas como son, constituyen un parámetro objetivo para fijar criterios de convivencia. Una buena ley es característica de un buen gobierno. Eunomía la llamaban los griegos. Por otro lado, un gobierno o una comunidad que manipulan o desprecian sus leyes están destinados al caos.

Si la ley no existe o no se cumple, entonces estamos ante una situación que sociólogos y criminólogos llaman anomia. Una vez que una comunidad acepta la anomia como el estado normal de las cosas, el tejido social se gangrena. Ni los ciudadanos obedecen la ley, ni las autoridades la aplican. Es más, lo que todos esperan es, precisamente, que la ley no se cumpla. La expectativa anómica.

En este estado de cosas, la autoridad desconfía del ciudadano porque asume que es un evasor de las normas. Por su parte, los ciudadanos están seguros que la autoridad no quiere aplicar la ley, y cuando lo hace, es por motivaciones ajenas al derecho y próximas a la política o la corrupción.

¿Qué crees que se incuba en estas circunstancias paisana? La ilegalidad, la impunidad. Este es un juego en el que todos perdemos. Y no estamos para seguir perdiendo.

 


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