El análisis de Óscar Fidel González Mendívil | La tragedia recurrente

El análisis de Óscar Fidel González Mendívil | La tragedia recurrente

Cuando una pérdida ocurre tú no vas a donde quieres,

sino a donde necesitas estar.

—Geoff Johns

La palabra tragedia, de acuerdo a su etimología, significa “canto de la cabra” en referencia al himno que entonaban los antiguos griegos al momento de sacrificar uno de estos animales en sus ceremonias religiosas. Por extensión se aplicó a las obras de teatro basadas en el sufrimiento y el dolor humanos, que tanto gustaban en la Grecia clásica y que han aportado a la cultura occidental nombres como Edipo o Electra, que muchos reconocemos aun cuando no hayamos visto su representación teatral.

El terremoto del pasado martes 19 de septiembre que afectó sobre todo a la Ciudad de México, Morelos y Puebla fue un evento natural que, sin lugar a dudas, es fuente de muchas y diferentes tragedias, por las víctimas fatales, las personas forzadas a abandonar sus hogares, la incertidumbre respecto al destino de amigos y familiares, y además, por remover memorias de temblores pasados que creíamos asentadas.

Para quienes vivimos estos eventos a la distancia, el papel de las redes sociales y los medios de comunicación tradicionales es fundamental. A través del inevitable filtro que implica enterarse de las cosas con la visión de otro, seguimos con atención el desarrollo de los acontecimientos. En estos días, con independencia de la cobertura en diferentes lugares, el escenario representativo de la tragedia es el colegio Enrique Rébsamen.

El centro educativo, que lleva el nombre del pedagogo nacido en Suiza y avecindado en México en el siglo XIX, colapsó sobre alumnos, maestros y personal administrativo. El recuento de destrucción, muerte, dolor, asombro, sufrimiento es impactante… e hipnótico. La transmisión continua desde ese lugar, hecha por distintos medios, nos ha tenido a muchos pendientes de lo que ocurre. La fuerza que aglutina nuestra atención es la esperanza de rescatar con vida a una mujer a quien se ha nombrado como Frida, quien, al momento de escribir esta nota, aún permanece bajo los escombros.

El caso me recuerda en parte al de Kathy Fiscus, una niña norteamericana de tres años que en 1949 cayó a un pozo abandonado mientras jugaba con su hermana y un primo. Cuando se supo del accidente, además de familiares, vecinos y cuerpos de rescate, se presentaron reporteros de radio y de una estación de televisión de Los Ángeles, que narraron en forma continua para los estadounidenses los pormenores del rescate. La transmisión en vivo durante más de veintisiete horas representó un hito en la historia televisiva americana.

Cuarenta años después, al rememorar el evento, el reportero Stan Chambers compartió el contenido de una de las muchas cartas que la estación de TV recibió: “Usted y la historia de la que ha sido parte este fin de semana, nos ha hecho saber que pertenecemos al mundo. A través de su propia dignidad y el reconocimiento de la dignidad de los demás, nos ha dado un atisbo de lo mejor de las personas”.

Lo mejor de los mexicanos ha sido la constante en esta tragedia y en las anteriores. El deseo de ayudar rebasa a todo, en ocasiones incluso al orden, en el afán de dar apoyo a quien lo necesita. La mayoría de rescatistas, marinos, voluntarios, soldados, brigadistas, policías, no buscan ser héroes; al menos no en el sentido de buscar el reconocimiento como tales. Son, antes que nada, paisanos solidarios. Claro que también hemos escuchado de quien aprovecha la tragedia para su beneficio y atraca a sus prójimos, pero estos vándalos no opacan la actitud de la mayoría.

Esta voluntad solidaria debe permanecer porque todavía falta un largo y difícil trecho por recorrer. Pero también debemos sostener una postura crítica frente a quienes busquen aprovechar la tragedia para su beneficio. La exigencia social a la clase política para que demuestre compromiso con el país se expresó en la exigencia de aportar dinero del financiamiento electoral a los partidos.

El reclamo es hacia los privilegios de quienes hacen valer sus intereses sobre los de la comunidad. Es una llamada de atención desde la desigualdad que se acentúa con cada ocasión que se sufre un desastre natural que, para variar, afecta más a los más pobres. Es un grito de justicia, no de ley; de necesidades y prioridades inmediatas, no de futuros pleitos por el poder.

Deseo que el reclamo se escuche y atienda. Y a ti paisano, te deseo paz. O como decía el vulcano, que tengas una vida larga y próspera.

 


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