Surrealismo crudo | “La escena” culichi, esa entrañable vaguedad

Surrealismo crudo | “La escena” culichi, esa entrañable vaguedad

Culiacán todavía condena lo diferente, por eso es tierra fértil para cualquier moda.

Bratty. Foto (Yeny Tamez).

Todo lo que sea de imitar y repetir es bienvenido, digerido y aumentado. La autenticidad solo está repartida en pequeñas dosis y va en sentido contrario. Y los que hicimos de nuestra propia diferencia un estilo de vida seguimos siendo minoría. Una reducida comunidad que decidió no seguir la corriente de lo que normalmente se hace en esta ciudad para matar el tiempo. No voy a exagerar, tampoco somos especiales. La cosa es que no frecuentamos los mismos lugares, ni valoramos las mismas cosas, ni escuchamos la misma música que el grueso de la población. Y a menudo nos preguntamos quién más de las personas que andan ahí afuera tendrá aficiones parecidas a las nuestras. Es donde empieza a gestarse la duda que nos aqueja tarde o temprano y para la cual inventamos mil posibles respuestas.

¿Hay escena en Culiacán? Alguien o algo nos hizo mucho daño al implantarnos en la cabeza tal suerte de concepto sin saber siquiera cómo definirlo. Se discute como cuando se habla de Dios, con una pasión igual de ardorosa. Si existe o no, depende de lo que sea para cada quien. Escena alternativa, artística o contracultural, tal vez las haya. En cuanto a música, la idea suele relacionarse con el éxito de los espacios y las propuestas que no se consideran propias de los géneros regionales ni pop. Pop en el sentido Justin Bieber del término, claro. Curiosamente no suele verse a integrantes de conjuntos norteños ni baladistas debatir acerca del potencial de Culiacán para ser un referente en la música. No lo necesitan. Parece que solo la gente que toca música alternativa (llámese indie, rock, metal, hardcore, punk, etcétera) necesita ese tipo de validación. Que primero pegue Culiacán a la vista de todo el país. Luego a ver si pegan los artistas. Cualquier cosa que ello signifique.

Los que vivimos parte de nuestra adolescencia yendo a las tocadas de hace diez o quince años, veíamos aquello tan solo como un preámbulo para una explosión que nunca ocurrió. Creíamos, en nuestra ingenuidad, encontrarnos en una etapa temprana de lo que verdaderamente podríamos llamar escena después, sin valorar mucho lo que ya había: eventos de bandas locales más una estelar de vez en cuando, en uno o dos bares, además de cocheras y estacionamientos consagrados al ruido joven. Los morros con ganas de esa otra música que no era norteña ni de banda nos apropiamos de los espacios y les dimos cierto prestigio. Lo de menos era si resultaban cómodos o adecuados para ello. El Cráneo del perro era un lote baldío, con monte y escombro, que los metaleros adoptaron como templo para celebrar la maldad. La casa del pintor y el patio del Topo eran lugares en casas cuyos propietarios facilitaban para tocadas de ska y punk, donde incluso se presentaban grupos de otras ciudades. Las Cremi, el estacionamiento donde tocó Dos Minutos. ¿Y eso era escena? Quién sabe.

Hoy que las tocadas en estacionamientos son menos frecuentes, las opciones para ver en vivo a los grupos locales por lo general son bares y cafés, además de ocasionales festivales en amplios jardines con césped. Lo cual sería suficiente si la generación actual de músicos no pensara igual que la de antaño. Dales un escenario bonito y un equipo competente de sonido, la oportunidad de lucir bajo una buena iluminación, y todavía se muerden entre ellos como perras por el mejor horario. Igual que la época en que el Festival de Rock Sinaloa generaba esa clase de encono. Son capaces de echar mano de lo que puedan, hasta de supuestos managers que darán la solución más jodida al asunto en el autoengaño de estar haciendo lo mejor por su ciudad. Es amor al arte aunque el arte se divida, porque no hay ningún botín que perseguir. Cincuenta personas aquí y cincuenta allá, y a ver si con eso alcanza para sostener algo.

Miércoles de rock en Backstage Rock Bar. FOTO: Facebook.

En esta minoría que es la de quienes procuran la música alternativa en Culiacán, actualmente hay dos pequeñas vertientes principales. El público es escaso, la gente que toca también, pero lo irreconciliable puede más. Dan la impresión de que a unos no les gustan los otros y viceversa. Está lo que se dio en llamar Culichi Rock Army, un colectivo de bandas que se presentan los miércoles en el Backstage, el bar cuyo eslogan dice “aquí es el rock”. Que un bar te ofrezca los miércoles para presentar tu proyecto de canciones inéditas (que no siempre originales) suena a que te dan migajas, pero hay una razón de peso. Para sostener un bar, es decir, pagar renta, agua, electricidad, trabajadores, insumos, y dar un mantenimiento al equipo de sonido, el cual se desgasta con el uso, es necesario que el cliente suelte la mayor cantidad de dinero posible.

En el caso del rock, el público que mejor consume en sus visitas a un bar por lo general lo conforman personas que tienen más de treinta años, trabajos estables y una disposición a escuchar música nueva que terminó cuando salieron de la prepa. Ponles en frente al grupo que toca las de Metallica y van a comer y beber como vikingos. Gastar más de 300 pesos en una salida por cabeza es lo normal para ellos. La gente que frecuenta lo indie, en cambio, podrá tener mayor apertura para algo que no ha escuchado, pero no trae los billetes. Muchos de ellos son morros que van a la universidad. Allá el Backstage si opta por fomentar la cultura de las bandas tributo, por odiosa que esta sea. Se necesita dinero. Pero el Culichi Rock Army pretende crear un referente para bandas de canciones inéditas a partir de este foro, uno donde las bandas de covers, y su público, tienen preferencia. ¿Cómo pensar que ellos son la respuesta que Culiacán necesita? Que me perdone el dios de la mano haciendo cuernitos por dudar.

Los Moustros. FOTO: Internet.

Es cierto que resulta más útil ayudarse entre grupos que tirarse mierda. Pero nadie se engañe: una banda que se va de Culiacán y tiene éxito en otro lugar no representa a Culiacán. Sería como creer que Enjambre puso a Fresnillo, Zacatecas, en el mapa de la música nacional. No hay colectivo de grupos que salga y pegue con todos sus integrantes agarrados de las manos. Incluso en los colectivos se dan proyectos más exitosos que otros, y al final solo es una forma de organizarse, no la razón del éxito. Ninguna banda que pega tiene el poder de transferir su suerte a otra, o en todo caso pídanle a Los Moustros que obren un milagro por todos los demás. Una banda tiene tantos factores que alinear a su favor, como para darse el lujo además de cargar con su propia ingenuidad.

Por otro lado están Summerverano y Ánima Producciones, nombres que presentan proyectos de música más variada en sus eventos. De hardcore a rap, de shoegaze a rock progresivo a solistas con guitarras acústicas, a menudo organizan tocadas en tres o cuatro bares que sí pueden prestarse al ruido inédito los viernes y los sábados. Entre los eventos de estos colectivos y los del Culichi Rock Army, este 2017 es posible ver bandas locales en vivo de dos a tres veces por semana en Culiacán. Una actividad que no sucede en cualquier lugar. Y aun así parece que la palabra “escena” queda grande. Los que tocan y los que promueven se dan palmaditas en la espalda y hablan del buen nivel de las bandas, sin embargo, el anhelado buen nivel solo es de unos cuantos. Ni modo, es así. Pero no nos preocupemos. En Monterrey, Guadalajara y el DF también hay mayor cantidad de bandas mediocres que buenas. En lo nacional, las propuestas excelentes permanecen como la excepción de la regla.

Michael Verdugo. FOTO: César Hernández.

¿Había mejor nivel hace quince años en Culiacán? Mierda, no. Lo que llegó a pasar en ese Culiacán de nuestra juventud, inserto en una época donde la música jugaba un papel distinto, fue que por un momento las tocadas eran lo más cool que un adolescente podía hacer el fin de semana. Si no eras tan cool como para ir a una tocada, eras buchón o fresa. O te quedabas en casa jugando Starcraft. Los flyers, impresos en papel, que se repartían y se pegaban en las calles, causaban una expectativa que hoy no cualquier evento de bandas locales genera. Las morras hablaban de las prendas que se iban a poner para ir a la tocada de la semana. De qué color iban a pintarse el pelo. Los morros no lo hablaban mucho pero también se arreglaban. Me refiero a lo que hoy es el equivalente a tomarse la selfie y decirle a la gente “mírenme que aquí estoy”. Esa necesidad de afirmarse como alguien cool, ese sentido de autenticidad que pareciera no existir si nadie más lo nota. Eso lo acaparaban las tocadas. Incluso el Festival de Rock Sinaloa llegó a tenerlo, por eso reunía a tantas personas que jamás volvías a ver en todo el año.

¿Por qué la gente que se autopromueve en redes no acostumbra publicar selfies en tocadas locales?, y ¿por qué ese acto, por superficial que parezca, es a la vez totalmente pertinente para la existencia de una escena en la actualidad?, son cuestiones por sí solas tan extensas que me gustaría desmenuzar en otra ocasión. Lo que sí voy a poner aquí, es que ante todo la audiencia tiene que pasársela bien. Tan bien que necesiten presumirlo ante los demás, o tan bien que se les olvide por un momento que traen por ahí un teléfono con plan de datos. Que se tomen la selfie o que no se la tomen, pero que le entren al slam, que bailen, que canten, que muevan la cabeza. Que sientan que algo relevante está pasando. Las bandas, antes de soñar con el estrellato, ¿ya se aseguraron de haber pulido un show en que los asistentes vivan una experiencia digna de ser compartida y repetida? ¿Se saben capaces de hacer que el público entre en comunión con quienes ejecutan la música… de lograr que durante el show la gente se sienta parte de algo? Hablo de crear comunidad. Solo entonces podríamos asegurar que hay escena. Supongo.

Coco. FOTO: César Hernández.

Y tampoco es que no haya pasado. Lo he visto. Pero bien podría no importar si Culiacán da o no da para una escena. Si en otras ciudades nunca se enteran de que hay más diversidad por estos rumbos aparte de lo buchón. Más importante es preservar el hábito de organizar tocadas. Y es loable el esfuerzo de quienes se dedican a ello. No dudo del amor y la pasión que empeñan cada semana en conseguir un lugar, poner el equipo, promover el evento y resolver los problemas de logística. Es valioso porque ahí está la oportunidad de cada músico para enamorar a su audiencia. El fin último que puede perseguir la creación de cada canción que sale del corazón. Llegar al corazón de quien la escucha. Moverle algo por dentro. Ahí qué importa si hay escena, si alguien se toma la selfie, si se es cool, si Culiacán repunta o si todos nos vamos al carajo. Si a la tocada fueron tres o trescientas personas es lo de menos, cuando tu acto más honesto de convertir lo que traes en el alma en arte le toca el alma a alguien más. Así sea una sola persona la que conecte con la idea que expresaste en el escenario. Esa mierda es invaluable. Son cosas que se agradecen para siempre, estés en Culiacán o en el puto Nueva York. Es así como cada uno de nosotros se casó con sus artistas favoritos.

The Dooms. FOTO: César Hernández.

Escena o no, ¿qué importa? Si tienes un proyecto musical y compones canciones y quieres que te escuchen, tienes la tarea de redondear tu propuesta, tu identidad, tu lenguaje, tu sensibilidad. Tu arte y tu instrumento. Se supone que tienes algo qué decir y no solo estás por la popularidad o por darle más escapismo al público. Todos los que nos hemos puesto en ese canal necesitamos pensar que podemos ser tan buenos como el que más. Y entonces decidir si nos quedamos en Culiacán o nos vamos a otro lugar. Eso sí, hay muchas más experiencias allá afuera de las que esta ciudad puede dar hoy. Y entre todo eso existen personas que no van a venir a Culiacán, pero que si te ven tocar un día puede que se entreguen a tu música y seas la nueva banda que les gusta. Porque afuera también hay bandas buenas y bandas malas y la tuya tiene oportunidad de parecerle buena a alguien. Porque en todas partes hay gente que está receptiva, que escucha con atención. A veces son más, a veces menos. Pero gústale a alguien que disfrute con sinceridad de tu proyecto y lo vas a valorar más que nada, así vayas de uno en uno. Haya escena o no. Exista un foro emblemático o no.

Hablo de músicos y promotores porque son quienes por lo general se interesan más en profundizar acerca de estos temas. Este es mi aporte a la discusión. No hablo del público porque como audiencia tenemos derecho a que nos guste lo que nos gusta y ya, no hay compromisos ni obligaciones. En los últimos diecisiete años he estado de un lado y otro del escenario. He tocado en grupos, tocado solo, organizado eventos, he ayudado a posicionar algún foro aquí y allá. He visto cosas y cómo han cambiado para bien y para mal. Lo que escribo tan solo es lo que me ha dado por pensar al respecto después de todo. Nada más.


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