Los cuentos de Chema Rincón | El brujo de verdad

Los cuentos de Chema Rincón | El brujo de verdad

Corría el sexto día del verano en un cálido campo a las afueras de Costa Rica. Una señora, en el noveno mes de embarazo, terminaba de bañar a su pequeño de trece meses cuando sintió que la nueva integrante de la familia llegaría pronto.

—¡Rafa! —le gritó a su hijo mayor, de poco más de tres años.

—¿Qué pasó má? —le respondió algo dormido.

—Ve con tu tía Licha y dile que se deje venir —exclamó con una voz entrecortada por su respiración, dándole a entender perfectamente la situación a su hijo, que salió corriendo. Tras cinco minutos en los que la bebé siguió insistiendo en su salida, apareció Rafaelito con su tía Licha, apresurando el paso.

—¡Vete tengo! —gritó desde lejos la futura tía—, Toño ya te está esperando.

 

A escasos cien metros de ahí se encontraba la parada y la mujer tuvo toda la suerte de que un camión estuviera detenido. Después de una carrera que le pareció eterna, consiguió llegar como la última pasajera antes de que el camión avanzara. A eso le siguieron los quince minutos más largos de su vida, hasta que finalmente se detuvieron en el pueblo. Su esposo, Antonio, la esperaba en la camioneta y una vez que su mujer estuvo bien acomodada, arrancaron al hospital, para llegar en menos de tres minutos.

 

—Vete bajando en lo que estaciono la camioneta —le pidió a su mujer.

 

Cuando pudo estacionarse, buscó a su esposa, hasta que finalmente una enfermera lo supo guiar a la camilla donde su mujer tenía a su nueva hija en brazos.

 

—Ya nació —sonrió su esposa.

 

Al volver a su casa, antes del atardecer del próximo día, se encontraron con que Héctor había estado vomitando toda la noche. A pesar de que acababa de llegar, Carmela lo tomó en brazos y lo empezó a cuidar. Pasaron algunos meses, el jefe de Toño murió, y al quedarse sin trabajo tuvieron que ir a vivir de una forma muy humilde con su familia de Los Mochis, pero lo peor de todo era que el penúltimo hijo aún no salía de su enfermedad.

Lo llevaron con cuantos doctores pudieron y le compraron cuantas medicinas estaban a su alcance, pero el niño seguía sin poder digerir alimentos. Un día fue a Culiacán un buen pediatra de Guadalajara, y en un esfuerzo económico, Carmela y Toño consiguieron llegar y hacer una cita con él. Para ese entonces el niño estaba flaco, sin color y con muy pocas energías. Una enfermera se llevó al niño para extraerle sangre. Pero, ¿de dónde? Cuando el pequeño volvió a los brazos de su madre, lloraba con mucha fuerza. Ella lo calmaba cuando el doctor salió a recibirlos.

El tratamiento se siguió al pie de la letra durante dos semanas, pero el pequeño Héctor seguía sin mejorar. Una tarde, Carmela sintió al niño con mucha calentura, no había dormido nada y lloraba aún más de lo normal.

 

—Este niño se nos va a morir aquí —dijo Antonio triste.

—Hay que llevarlo al Vado.

—¿En serio le crees a eso? —preguntó él a su mujer, que nunca se había mostrado creyente ante brujos y chamanes.

—No nos queda de otra —respondió ella con la mano en la frente del niño.

 

Por aquel entonces se hablaba mucho de un curandero de El Vado, un pueblo de El Fuerte. Tomaron el tren poco antes de que se pusiera el sol y en pocas horas estaban fuera del hogar del curandero. Cuando les llegó el turno, Toño prefirió quedarse afuera. La casa era pequeña y estaba iluminada con velas.

El señor apareció entonces. Era robusto, no muy alto, morenito y vestía elegantemente con pantalón de vestir, camisa a cuadros y zapatos negros.

 

—Ese mal lo tiene el niño porque lo ignoró cuando nació su hija más pequeña —fueron sus primeras palabras. Carmela se quedó atónita. Lo que usted tiene que hacer es…

 

Tras unos minutos, al ver a su mujer salir, Toño se acercó:

 

—¿Y?

—Ya me dijo qué hacer —dijo enrollando una servilleta y guardándosela en la bolsa.

 

Volvieron a su casa poco después de la media noche. Con sus vecinas Carmela compró todo lo que necesitaba y empezó a hacer lo que el curandero le había dicho. En una bandejita de metal puso incienso y dos hiervas más que el tiempo la ha hecho olvidar. Debajo de la bandejita puso brazas. Después de eso tomó un huevo y lo empezó a pasar por todo el cuerpo de su pequeño. Mientras lo hacía, recitaba oraciones recomendadas por el brujo. Una vez terminadas, rompió el huevo y lo dejó en la bandejita junto con lo demás que había usado, debajo de la cuna del niño. Después de eso empezó a gritar con fuerza:

 

—¡Héctor!, ¡Héctor!, ¡Héctor!, ¡Héctor!…

 

Los gritos despertaron a sus otros dos hijos, su esposo los escuchó también y las vecinas también los escucharon. Pero en algún momento, en medio de la oscuridad, los gritos cesaron.

Al día siguiente, Carmela se acercó a su esposo.

 

—Préndeme una lumbre afuera por favor —le pidió a Toño. En una pequeña fogatita, la mujer tiró el huevo que el día anterior había dejado debajo de la cuna y dijo:

 

—Devuelvo estos males a quien los haya enviado.

 

Unas horas después, Antonio volvía de su trabajo cuando se sorprendió al encontrar a sus tres hijos comiendo, cuando Héctor, que de pronto lucía con color y energías, lo vio y saltó de la silla para abrazarlo. Los dos esposos se vieron y sonrieron. Sí existen brujos de verdad.

 


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