Club Potros Culiacán | ‘No somos solo un club de autos, somos una familia’

Club Potros Culiacán | ‘No somos solo un club de autos, somos una familia’

Han pasado 10 años del inicio de uno de los clubes de autos más longevos de la ciudad. Entre risas, humo y la pasión que une a los amantes de los Munstangs se vivió la celebración del décimo aniversario del Club Potros Culiacán.

Se dieron las diez de la mañana y uno a uno, diferentes modelos de Mustangs, comenzaron a llegar al Jardín botánico de Culiacán para realizar una pequeña exhibición a los curiosos, mientras los dueños compartían entre ellos las novedades en los motores de sus autos, las nuevas piezas, los nuevos colores de su proyecto, porque para ellos este auto es eso: un proyecto al que le invierten tiempo, esfuerzo y una dosis justa de pasión.

Para el mediodía, el estacionamiento del Jardín Botánico estaba repleto de más de 30 modelos de Mustangs, que iban desde El rey, el primer modelo de esta línea lanzado en 1966, hasta sus versiones más modernas y algunas cuantas ediciones especiales que completaban esta muestra llena de colores, formas, pero sobre todo de historias. Cada dueño de cada auto, hablaba de su bebé con pasión en el rostro; cada relato guardaba cierta melancolía y felicidad, que algunos no podían expresar con palabras, siendo su sonrisa la que ayudaba a comprender mejor la magia de este encuentro.

Aunque se tiene la idea de que este tipo de clubes son para personas nostálgicas y mayores, a manera de parabrisas se borra de la mente ese pensamiento mientras se ven niños, jóvenes, mujeres y hombres maduros conviviendo y disfrutando del evento, entre flashes de cámaras, discusiones sobre motores, autos “quemando llanta” y espectadores que veían como un paraíso ese pequeño encuentro.

Después comenzó el recorrido rumbo al autódromo, casi como una cabalgata en la que ninguno de los partícipes se podía quedar atrás. Todos coordinados a través de redes sociales y con la expectativa de que ningún miembro faltase al verdadero festejo del club, una fiesta en la que se pondría a prueba el poder de sus motores.

“Es amor por la velocidad… es indescriptible la emoción que uno siente cuando está en la pista”, comentó a ESPEJO uno de los miembros mientras capturaba la imagen de la primera carrera en el autódromo. En tanto, los otros potros iban armando las retas.

El olor a humo de la carrera anterior motivaba a la siguiente; ni siquiera se trataba de un ganador, sino del simple hecho de medir la velocidad de sus propios autos que encendía algo de fuego en sus miradas; solo eran ellos, su auto y el camino.

La tarde avanzó de manera rápida, las cerreras se volvían cada vez más divertidas, incluso las potras se apoderaron de la pista y dieron cátedra de cómo se conduce. Era un ambiente más familiar y fraterno del que pensaba, muy lejano a la simple frivolidad de tener un envidiado auto deportivo.

Mientras caía la noche y de regreso a la ciudad se podía comprender la magia que estas personas resguardan detrás de la casaca oficial de su club, las historias memorables que de seguro recuerdan en cada reunión, la evidente fraternidad, que incluso es difícil de explicar, porque es complejo describir el orgullo con el que defienden su pasión por los autos y el honor de ser un potro.

 


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