Los cuentos de Chema Rincón | Machete y escoba: remedios para huracanes

Los cuentos de Chema Rincón | Machete y escoba: remedios para huracanes

Cada pueblo tiene a una señora mayor que reúne los requisitos para que, entre las voces de los habitantes, sea reconocida como bruja. Así le tocó a doña Juana, una mujer de casi setenta años cuyo corto pelo canoso contrastaba con su piel morena. Solía recolectar las comidas perdidas de la ranchería para “arreglarlas”, aparecía en cualquier lugar en el que se matara un animal para pedir órganos sexuales, vísceras y pezuñas y las otras partes que nadie comía… y tenía sembradas alrededor de su casa hierbas que nadie conocía.

—Ave María purísima —decía don Vicente mientras veía a la mujer acercarse.

—¡Buenas!, ¿puedo entrar? —preguntó con esa voz poco agradable.

—Ya está adentro.

—¡Ponte en paz! —regañó doña Elena a su hijo.

—Es la bruja —dijeron varios nietos al ver a doña Juana. Don Vicente y sus hermanos ahí presentes se empezaron a reír por el comentario de los pequeños.

—Chin… —se enojó doña Elena tomando su trapito que siempre llevaba en el hombro y dándole a don Vicente con él dos o tres veces.

—No se preocupe doña. Necesito que me haga un favor: voy con mis hijas a Estados Unidos y le quiero encargar mucho mis matitas.

—Yo se las riego, no se preocupe.

—Muchas gracias doña —agradeció antes de regresar por donde vino.

—A que vuelve volando en una escoba de último modelo, motor diésel, que vuela a más de 10,000 metros de altura —se burló María José, otra hija de doña Elena.

 

Empezó a atardecer cuando un fuerte viento empezó a correr desde el oeste y las nubes empezaron a hacerse visibles.

—¡Niñas, metan la ropa, encierren a las gallinas!, ¡niños, encierren las vacas y las chivas! —se les oía gritar a las señoras de toda la ranchería. Y como también ya era costumbre, salió doña Juana enojada de su casa. En una mano llevaba un machete y en la otra una escoba, mientras gritaba, agitaba sus brazos alzados hacia el cielo.

—¡Hoy no puede llover, mañana me voy y no puede estar enlodada la terracería!

 

Después de eso empezó a gritarle groserías a las nubes mientras cortaba el viento con el machete; después de otras palabras que nadie entendió, agarró la escoba y también barrió las nubes. Y para el asombro de los que presenciaron aquello, en menos de media hora las nubes se dispersaron y el viento dejó de correr.

Pasaron algunas semanas. Doña Elena dejaba caer una última cubetada de agua sobre las plantas de doña Juana. Mientras caminaba de regreso a su casa, un ligero chipi chipi hacía que la tierra soltara ese bello olor a húmedo y el viento corría con algo de fuerza. Poco antes del mediodía el aire arreció, el cielo se cerró completamente, y empezó a caer agua a cántaros. La luz se fue, el arroyo creció poco más de quince metros de su cauce en cada ribera. Y cada tanto tiempo se veía cómo se llevaba con él grandes gajos de tierra y árboles enormes que habían crecido por generaciones en aquellas tierras.

La suerte de vivir donde inicia la sierra era que la inundación era imposible. Con ese pensamiento les llegó la noche, y durmieron, dentro de lo que pudieron, en calma. En medio de la oscuridad, un hombre conocido como Barcino caminaba entre las casas, empapándose completamente y enlodándose todo.

 

—¡La presa se va a romper!, ¡ya está llena!, ¡le falta nada para quebrarse!

 

En medio de la confusión y ante todas las noticias que las radios habían ofrecido durante el día, la información parecía ser cierta. Más gente se le unió y empezaron a avisar de casa en casa para que estuvieran listos para cuando la enorme ola de agua llegara. Aquello era un caos total. Varias señoras lloraban desconsoladas, otras rezaban el Rosario, muchos hombres apuraban a sus hijos para que les ayudaran a subir todas sus pertenencias a los techos. Muchos intentaban salir hacia un lugar más alto, pero después de más de doce horas de lluvia tan fuerte era imposible que una camioneta avanzara más de cien metros en la terracería.

 

—Vicente, asómate a la ventana, la gente dice que va a tronar la presa.

—Cómo va a ser cierto eso —le dijo a su mujer— vuélvete a dormir, la presa aguanta.

—Nomás asómate y mira al gentío.

 

Con flojera, Vicente se puso en pie y después de ver por la ventana se rio.

—Eso les pasa por creerse todo.

 

Entonces sonó el celular.

—Vicente, quiero que vayas a la presa —dijo doña Elena.

—Mamá, estoy bien seguro de que no se rompe

—Ve o la gente va a empezar a hacer quién sabe qué cosas, ya me hablaron dos señoras que creen que el mundo se acaba antes de que amanezca.

 

Don Vicente despertó a su hijo más grande, se subieron al tractor más nuevo que tenían y empezaron a andar, no sin dificultad, por la terracería. Faltando un kilómetro para llegar a la carretera, había una antena de teléfonos. La gente, en el miedo y afán de salvarse, se había deshecho del guardia, saltaron la barda y la empezaban a escalar. Después de unos minutos, el hijo de doña Elena llegó a la carretera. Al llegar a la presa, llovía y corría viento, pero la cortina estaba aún muy lejos de romperse.

 

—Toma fotos —le dijo don Vicente a su hijo— y vámonos de regreso.

 

Entraban nuevamente en la ranchería. Todos se habían reunido en la entrada esperando el tractor. El joven les mostró las fotos a todos. La gente empezó a salir cada quién de regreso a su casa, cansados, a dormir.

Al llegar la mañana, las nubes se habían vuelto menos densas y dejaba de llover. Don Vicente se reía al ver las otras casas con muebles en los techos, al ver a la gente que durante la madrugada escaló una antena telefónica y sobre todo al ver nuevamente cómo la gente se cree todo. El fin de semana, doña Juana llegaba enojada.

 

—¡Chingado!, tuvo que caer el llovidón cuando no estuve, ¡ah!, pero síganme diciendo bruja, si la que les hace el favor soy yo y no agradecen. ¡Y mira qué jijos de su madre! —exclamó al ver todas sus yerbas pisoteadas si no es que secas— ¡Aquí nadie agradece nada!, ojalá pegue otro huracán pa’nomás verlos cómo se los lleva el agua.

 

En casa de doña Elena, todos se reían, pues la anciana había vuelto con una bolsa en una mano y una escoba en la otra.

 

—Les dije —se reía María José con fuerza.

 


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