Un ‘junkie’ de la música | Buena muerte

Un ‘junkie’ de la música | Buena muerte

Después de una pésima noche llena de pesadillas soñando que te morías, abres tus ojos lagañosos muy temprano en la mañana y te despierta el ladrido del Tuki, el perro del vecino (me refiero a su mascota de él). Ves el techo y después de unos minutos te sientas sobre tu cama tratando de espabilarte poco a poco. Te paras y pisas con el pie izquierdo y recordando lo que decía tu abuela te dices a ti mismo: “¡Nah! No creo que esto sea de mala suerte, ¿qué podría pasar?”.

Te asomas por la ventana para ver al repartidor de periódico pasar en chinga esquivando los hoyos de la calle que parece una pista de motocross. Checas tu celular, revisas el Face y Twitter para informarte de lo acontecido mientras dormiste.

El desconocido frío como siempre llega tarde, pero aún así enciendes el boiler para tomar un cálido baño porque el agua está fresquita. Abres la llave de la regadera y después de un potente chorro, te enjabonas y tallas los ojitos, pero el líquido lentamente se desvanece. Con los ojos llorosos giras la perilla como creyendo que es un error de tuberías, pero haces memoria de la fecha de pago de tu recibo y reniegas que por olvidar pagarlo ahora lo estás pagando más caro.

Te quitas el jabón con la toalla y como puedes sales de la ducha y te sientas sobre el retrete para hacer una descarga, pero justo en el momento en que comienzas el download ves que tu peor pesadilla se hace presente: no hay papel. Gritas: “¡Chingada madre!”, y esa toalla con jabón ahora se ha convertido en un objeto desechable. La deslizas por tus nalgas, la haces bola y procedes a tirarla a la basura.

Pasado lo anterior intentas borrarlo de tu mente, te pones la ropa y caminas a la cocina a preparar un poco de café, viertes leche en él y ves caer de bombita una pelota de grumos viscosos que parece jocoque, está aceda. Piensas en ese cliché de que solo falta se acerque un perro y te orine, pero se te hace muy clavado.

Se acaba el tiempo y te brincas el desayuno, en el camino podrás comprar unos tacos. Antes de salir a tu chamba sacas la bolsa de basura y al momento de atravesar la reja de la cochera, aquel pequeño alambre que habías dicho inofensivo y tantas veces dijiste que lo ibas a quitar, rasga la bolsa de basura derramando un cocktail de jugos de la comida de cinco días. Volteas al suelo a ver el vómito fermentado de bolsa y observas que frente a ti se cierra la puerta con la llave adentro. En ese momento corres hacia ella y giras la manija creyendo que eso podría funcionar, pero tu plan fracasa… te quedaste afuera.

Te sientas en el suelo recargado en la que se cerró, quieres gritar y maldecir a todos por tu mal día, y eso que apenas había comenzado. De pronto, se acerca a ti el perro de tu vecino que te despertó hace apenas un par de horas; te mira con ojitos de lástima y gira su cabeza como preguntando: ¿Qué te pasa? Y haciendo ese sonido característico de los canes cuando se sienten compasivos, se acerca a ti.

Tú te ríes con lágrimas y por un momento te sientes bien, le extiendes tu mano como llamándolo y él recibe la caricia que haces sobre su lomo, ambos agradecen la compañía mutua. Tú pones tu cabeza sobre tus rodillas deseando que todo sea una pesadilla y ruegas que se termine ya. En ese momento de vulnerabilidad, Tuki, tu compañero canino, hace lo inesperado y derrama su tibia orina sobre tu espalda. Piensas: “Ya valió madres”. Tú ya ni te mueves y deseas que la tierra te trague. Tuki se voltea, da unos lengüetazos al vómito de basura y se aleja lentamente.

Ya te enteraste que hoy no es tu día y solo es la primera parte de él.

Subes al camión y como de costumbre va hasta la madre de lleno. Da la vuelta en la esquina de la cuadra y se le poncha una llanta, bajan todos de él y esperan a que llegue otro para cambiar de unidad. El bus toma la avenida e igual que tú también viene tronado, acelera para pasar el semáforo, el amarillo se convierte en rojo y choca con un bocho al cual hace cagada, pero todos bien.

Para esta hora ya es la segunda vez que defecas en el día. Prefieres llegar caminando y se te cruza un gato negro, le haces la finta de la piedra invisible, salta y se desaparece. “Pfff, ya qué más puede pasar”, piensas.

Aunque no eres muy religioso, imploras al cielo para que esta racha de mala suerte termine. Buscas los cigarros en tu mochila y encuentras tu llavero de pata de conejo. Por experiencia propia te das cuenta que no sirve para nada. Sacas un cigarro y lo enciendes, cierras tus ojos, exhalas y das un pequeño suspiro para relajarte.

Sin notarlo, los pelos del conejo disecado se encienden e incendia la manga de tu camisa de franela, te la quitas de encima y le bailas un jarabe tapatío para extinguir la combustión; frente a ti pasa un paletero empujando un carrito y te dice: “Ay joven, no hay mal que por bien no venga”. Tú delicadamente le gritas: “Váyase a la verga”. Cruzas al otro lado de la calle y ¡pum!, tamaño chingadazo que te das al ser atropellado por el mismo camión que se había ponchado unos momentos antes.

Una ambulancia llega por ti y entras a urgencias. Al día siguiente desde la cama de un hospital te recuperas y escribes una canción. Buena suerte conejo.

Inspirado en la canción Suerte, del grupo argentino Árbol.


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