Historias de histeria | ‘Dispárale, que no te dé miedo’

Historias de histeria | ‘Dispárale, que no te dé miedo’

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En la ciudad de Culiacán, los altos niveles de violencia han propiciado una grave descomposición social que se traduce en hechos que parecen sacados de relatos de terror, relatos que han trascendido la fantasía y se han convertido en el día a día de los habitantes de la urbe. En ‘Historias de histeria’ hacemos un recuento de aquellos sucesos que nos hablan de la necesidad de emprender acciones para devolver la paz y tranquilidad a todos los ‘culichis’.

—Jálale, que no te dé miedo —le dijo mientras la tomaba por la cintura.

Melissa ya estaba acostumbrada a ese tipo de curas con los amigos de Alberto, su novio. Seguido tiene problemas con su mamá porque los vecinos y las amigas le dicen que Beto anda en malos pasos, pero Melissa sabe ganársela con regalos que Beto le trae de sus constantes viajes a Estados Unidos.

Era Año Nuevo y se había armado el pisto en casa de Pablo, un amigo de Alberto, en un fraccionamiento ubicado cerca de la salida a Sanalona. Era el primer año que Melissa no se lo pasaba con su familia y a regañadientes su madre la había dejado salir, creyéndose a medias la mentira de que estaría con la familia de su novio, aunque solo fueron a cenar con los padres de Alberto, ya que querían estar entre compas a la hora del abrazo.

Llegaron como a eso de las 11, todavía sobrios, pero en menos de media hora y al ritmo del norteño, el ambiente comenzó a encenderse en esa pequeña calle del fraccionamiento Villas del Real. Entre tragos de bucanas, latas de cerveza, olor a cigarros de hierba o tabaco, la voz de Gerardo Ortiz parecía hipnotizar a los invitados, una fiesta buchona en su máximo esplendor.

Melissa ya conocía ese ambiente, sabía lo que tenía que hacer: estar con las otras acompañantes, novias, esposas, amigas, platicando de cualquier cosa y disponible para cuando Alberto la llamara.

Ya casi eran las 12 y los hombres de la reunión comenzaron a alistar las armas. Entre bromas, risas, carcajadas y gritos, Melissa comenzó a ponerse incómoda. A ella siempre le había tocado estar del otro lado. Y es que cuando en Culiacán llega el nuevo año, están los que disparan ráfagas de balas al cielo y los que mejor se esconden en casa por temor a que les caiga una bala perdida. La balacera se prolongó por más de 20 minutos y se sumó a la euforia de casi toda la ciudad. La primera media hora del 2018 pareció una batalla en Medio Oriente.

Melissa se acercó a Alberto y le pidió que le enseñara cómo lo hacía. Ya entrado en la borrachera, Alberto accedió, y aunque no le gusta que las mujeres hagan ese tipo de cosas, le enseñó a sujetar el arma y la cargó para ella. Melissa tomó la pistola y con las manos al aire comenzó a temblar, sabía que estaba mal… sintió que no podía hacerlo.

—Jálale, que no te dé miedo —le dijo mientras la tomaba por la cintura.

—No puedo, está muy duro —le dijo como excusa.

Entonces Alberto puso sus manos sobre las manos de Melissa y le ayudo a disparar. La joven se quedó con la mente en blanco y con las manos adoloridas por el impacto. Luego comenzó a reír como loca, quería volver a hacerlo.

Siguió la fiesta y con ello los tragos y el baile, luego otra ronda de balazos, pero esta vez algo sucedió: los balazos duraron por más de 15 minutos consecutivos. Ni la música del norteño se alcanzaba a escuchar, cuando de repente la fiesta quedó a oscuras, al igual que toda la calle y todo el fraccionamiento.

Entonces sonaron los impactos: dos balazos en el cristal de un auto estacionado a las afueras de la celebración y otro más cerca de una mesa de la fiesta. Como si el cielo les estuviera escupiendo de regreso un poco de las balas que le habían lanzado momentos antes. Melissa se quedó helada. Mientras caían las ojivas se escuchaban algunos cristales romperse, las mujeres comenzaron a correr a un tejabán y los hombres de la fiesta a aullar como perros celebrando los impactos.

Se le bajó la peda de una. Alberto la llevó a la techumbre con el resto de las invitadas y le dijo que se calmara, aunque Melissa estaba a punto de ponerse histérica. Le dio un beso sin ganas y la dejó ahí parada. Melissa se quedó desconcertada y con cierta sensación de miedo.

—Niña, no te asustes, esta es la vida que te espera… si esta es la cura que te gusta —le dijo una de las mujeres mientras la alentaba a bailar de nuevo.

¿Será que la constante exposición a hechos de violencia, narcotráfico, corrupción e impunidad y muchos otros más que ocurren constantemente en Culiacán y Sinaloa empiezan a afectar el correcto funcionamiento de la psiqué de los sinaloenses?

 


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