Historias de histeria | ‘¿No traes 20 pesos?’

Historias de histeria | ‘¿No traes 20 pesos?’

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En la ciudad de Culiacán, los altos niveles de violencia han propiciado una grave descomposición social que se traduce en hechos que parecen sacados de relatos de terror, relatos que han trascendido la fantasía y se han convertido en el día a día de los habitantes de la urbe. En ‘Historias de histeria’ hacemos un recuento de aquellos sucesos que nos hablan de la necesidad de emprender acciones para devolver la paz y tranquilidad a todos los ‘culichis’.

—Caile wey, se va a poner bien acá al rato, te mando la ubicación —se alcanzaba a escuchar entre el ruido de la música en la nota de voz que le enviaron a Óscar.

—Jalo —le respondió a secas.

Óscar iba llegando de un día cansado en el trabajo a su departamento de Los Ángeles. Aún no se acostumbra al ritmo de la ciudad, pero admite que todo es mejor que haberse quedado a vivir en Escuinapa, como todos sus primos y hermanos.

El lugar en el que vive es un poco deprimente, no muy diferente a sus días de estudiante en Mazatlán, pero con la libertad de poder gastar su dinero en lo que a él le gusta. Después de prepararse un sándwich, comenzó a alistarse para ir a la fiesta en el departamento del primo de Josué, su único amigo en Culiacán.

Se puso sus tenis menos gastados, unos jeans que compró en Cuidado con el Perro y una de las camisas que le regalaron en un intercambio navideño. El código de etiqueta de ese tipo de reuniones siempre es casual, lo importante es ir cómodo para poder bailar hasta que amanezca como es costumbre.

Pidió su Uber con la ubicación que le enviaron momentos antes y su conductor llegó casi de inmediato. Al subir al coche recibió un trato cordial por parte del hombre que lo llevaría a su destino, le preguntó  a dónde se dirigía para corroborar la dirección con la de la aplicación y Óscar le confirmó que iba a Cañadas.

—Híjole —alcanzó a suspirar el conductor.

—¿Está muy feo para allá o qué? —le preguntó Oscar con una sonrisa incómoda.

El conductor notó el acento del sur del estado de óscar y le dijo: “Pues sí está feo, pero nada más ándate con cuidado”, le dijo sonriendo para no apurarlo.

Aunque tardaron un poco en llegar a la dirección, platicaron todo el camino de las diferencias entre Escuinapa y Culiacán, los tamales de camarones barbones, los buchones y del calor que no se fue ni en invierno de la ciudad. Al llegar a Cañadas, Óscar solo pensó que se parecía demasiado a un laberinto, una versión cinco veces más grande que El Chonchi, una colonia con la misma infraestructura en Mazatlán.

Se bajó en un espacio alumbrado y le pagó a su conductor los 97 pesos que marcó como tarifa la aplicación. El conductor tomó el dinero y se marchó de inmediato.

Óscar comenzó a marcar a José, su amigo, para que saliera a la calle principal por él, pero este no contestaba. Así se le fueron más de 15 minutos esperando que alguien contestara las llamadas o los whatsapps, pero nadie respondía. Entonces comenzó a caminar…

Se alejó apenas media cuadra, cuando escuchó el ruido de dos motocicletas a toda velocidad. Volteó solo para darse cuenta de que tenía a 4 tipos a unos cuantos metros de distancia. A medida que se acercaban al joven, redujeron la velocidad.

—Qué onda wey, ¿no traes 20 pesos? —le dijo uno con una sonrisa llena de malicia.

—No wey, ando seco —les dijo Óscar con un nudo en la garganta.

—A que sí traes —respondió otro.

—Ah, sí, pero es para regresarme ahorita —volvió a decirles Óscar ya con miedo.

—Pa’qué echas mentiras pues —le dijo el conductor de una de las motocicletas, mientras los dos copilotos se bajaban de los vehículos.

Lo tomaron de los brazos, Óscar no tuvo oportunidad de poner resistencia y no era tan tonto como para hacerlo, sabía que eran cuatro y no tendría oportunidad. Aun así le dieron unos golpes… “algo leve”, le dijo uno de los conductores a quienes lo sometían, mientras se reían de la situación. Le quitaron todo, el teléfono que aún no pagaba por completo y la cartera.

—Ya ves, por mamón lo que te pasa —le dijeron mientras se iban con sus cosas y lo dejaban ahí medio golpeado.

20 minutos después, sentado en una banqueta, mientras aún sentía el dolor en el abdomen y se había secado las lágrimas de impotencia, sintió una mano en el hombro. Era Josué.

Wey por qué no contestas —le dijeron con tono altanero.

—Me acaban de asaltar, cabrón —le respondió.

Les contó lo sucedido mientras lo llevaban al departamento y se disculpaban por no contestarle las llamadas. Ese día Óscar juró no volver a ir solo a Cañadas y también se puso una borrachera de puro coraje.

¿Será que la constante exposición a hechos de violencia, narcotráfico, corrupción e impunidad y muchos otros más que ocurren constantemente en Culiacán y Sinaloa empiezan a afectar el correcto funcionamiento de la psiqué de los sinaloenses?

 


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