Los cuentos de Chema Rincón | El día después de Emiliano

Los cuentos de Chema Rincón | El día después de Emiliano

Compartir:

Jamás hubiera imaginado que podría encontrarme en una situación así. Definitivamente aquel día era cada vez más raro. ¿Alguna vez te has sentido ausente?, o peor aún, ¿alguna vez no te has sentido? En los últimos días había dormido poco: por primera vez, a mis quince años, estaba combatiendo del lado del Alacrán, el narco que deseé conocer toda mi vida. Llevábamos más de tres días peleando en la sierra hasta que nuestros rivales prepararon una estrategia para emboscarnos y no me quedó de otra más que huir al monte. Así que imaginarás que aquel día hubiera esperado de todo menos despertarme tan tranquilo, sin dolores de cabeza, sin hambre, sin sed y sin frío.

Me acomodé el rifle en mi espalda, por alguna razón lo sentí más ligero y empecé a andar: debía reunirme con mi grupo para ver qué hacíamos. Pero de pronto empecé a sentir que el monte me miraba, giré en todas direcciones, pero no pude distinguir a nadie. Seguí andando, pero cada vez estaba más seguro de que alguien me seguía. No había avanzado varios pasos cuando confirmé mi teoría al escuchar pasos tras de mí. En menos de un segundo yo había disparado hacia el sonido, pero nada pasó. Sin embargo, unos minutos después noté un movimiento, me giré y vi a un hombre en mi mira.

 

—¿Quién eres y qué quieres? —pregunté sin bajar el R-15.

—Cálmate Emiliano, soy de los del Alacrán.

 

Aquel señor no me resultaba conocido, pero hubo algo que me hizo reconocerlo como uno de los míos. Al bajar mi arma, él se acercó a mí mostrándome su radio.

 

—Se descargó ayer en la noche; todos decían que el mismísimo Alacrán viene a pelear con nosotros. Quieren que para la tarde estemos todos reunidos en la terracería. Pero bien sabes que yo no conozco estos rumbos. Tú que te has andado en estas veredas toda tu vida, ¿crees que la hagas para llegar allá? —me preguntó.

—Sin problemas —respondí para dejar en claro mi conocimiento de aquel terreno.

 

Empezamos a andar: yo no entendía porqué a pesar de todos mis males me sentía tan bien. A lo largo de la caminata de más de ocho horas, el hambre no me llamó, la sed no me causó sus males y el cansancio parecía haber desaparecido. Debo admitirlo, el camino tuvo, como siempre, algo de incómodo, pero algo en mí que me mantenía con una buena actitud. Entre las filas del Alacrán, ninguno de nosotros había estudiado. Por eso se me hizo raro que ese hombre que me acompañaba me preguntara sobre mi vida a lo largo del recorrido. Me hizo reflexionar sobre cómo traicioné a mi padre y a mis hermanos por entrar al narcotráfico; me recordó que había asesinado a varias personas en medio de la batalla de los últimos días y me hizo pensar en qué sería de mí. Pero lo más raro fue que, a diferencia de los demás, él no me felicitaba, solo me dejaba analizando mi situación.

Pronto pudimos ver el punto en que se reunían todos. Al llegar empecé a saludar a los que estaban ahí, a los sobrevivientes del último ataque, pero nadie me respondió.

“Ha de ser por el cansancio; mejor los dejo en paz”, me dije.

Pero unos minutos después vimos llegar varias camionetas con refuerzos. Todos se pusieron de pie y las sonrisas empezaron a brotar cuando vimos que nuestro jefe, el famoso Alacrán, combatiría junto con nosotros. Nos dirigió algunas palabras de ánimo y nos explicó cómo terminaríamos con nuestros enemigos de una vez por todas.

En la noche, esperamos a que nuestros rivales pensaran que su triunfo era definitivo, y una vez que cenaban, cuando ya habían dejado las armas en el suelo, aparecimos. Mi jefe les ordenó que nos regresaran a los rehenes, pero cuando nuestros enemigos volvieron, ocurrió algo que nadie esperaba: apareció el Ejército. Ahora sí estábamos fritos, mis compañeros empezaron a correr al monte, pero nos tenían rodeados. Vi a mi hermano en ese momento, peleando del lado de mis dos mayores enemigos de toda la vida, y me arrojé sobre él. La pelea con Luis fue corta, pues en medio de los golpes, sentí algo indescriptible, floté en medio de aquella escena que había quedado pausada, y frente a mí apareció el señor que me había acompañado durante todo el día.

 

—¿Sabes qué pasó, verdad? —fueron sus palabras. Yo no pude responder, me quedé estático al verme en esa situación.

—Quise que revivieras tu último día, para que puedas juzgar la bondad y la maldad de tus acciones. Ahora regresaremos al presente.

 

De pronto aparecí en mi hogar y lo que vi me hizo llorar: ¿cómo era posible que mi madre, mi padre y mis hermanos, después de que los traicionara, me lloraran?, incluso mis dos enemigos más grandes se encontraban ahí, tristes porque no enderecé mi camino a tiempo. Con miedo me acerqué al ataúd y me horroricé al ver que yo yacía dentro.

 

—¿Ya sabes quién soy yo? —me cuestionó aquel hombre.

—La regué, ¿verdad?, ¿a dónde me llevarás? —le pregunté.

—Yo no decido eso —observé a todos ahí y cerré los ojos esperando tener un último recuerdo bueno de esta vida.

 


¿Tienes una denuncia? | Hazla en ESPEJO:

Si cuentas con fotografías o videos de interés público, compártelos con nuestros lectores. Envíalos al correo electrónico: [email protected]

Compartir: