Surrealismo crudo | ALV o la poesía involuntaria en Las Riberas

Surrealismo crudo | ALV o la poesía involuntaria en Las Riberas

“¡A la verga, a la verga, a la verga!”, gritaron los morros que pasaban en bicicleta por atrás del pequeño escenario.

“¡A la verga!”, contestó la morra con las orejitas y el maquillaje de gato, chamarra de mezclilla, falda y tenis. Estaba sentada en el amplificador, tenía la guitarra en sus manos y la cara cerca del micrófono. “Lenguaje culichi…”, dijo al público, y empezó a tocar una canción.

No cualquier ciudad tiene un parque a las orillas de un río y no a cualquier parque se lo apropian estilos de vida que se confrontan entre sí. Somos de un lugar chico, somos poca gente y no podría haber más distancia entre nuestras mentes. Una tarde en Las Riberas se juntaron los que tenían ganas de tocar canciones y recitar algunos versos. Demasiado alternativos para la trova, demasiado suaves para el rock. Una escena emergente de pop acústico que se deja ver con regularidad de un tiempo hacia acá.

Pusieron un par de bocinas sobre el césped, un amplificador, pedestales con micrófonos, una lámpara y extensiones de luces navideñas regadas entre los aparatos para despertar algo de calidez. El reducido público asistente, sentado en una loma que se alzaba frente a la instalación, convivía y observaba y prestaba oídos y atenciones a los exponentes. Algo para fumar, algo para beber. Un perro echado en primera fila. Este era un evento de palabras, el de las personas que tienen algo que decir, más que un comentario.

Detrás de la música los árboles, el río y la gente en bicicleta. Una gorra negra ligeramente puesta sobre la cabeza de un muchacho que caminaba junto a su novia y un grupo de amigos. Una cabeza que por poco y dejaba de tener gorra negra encima, batallaba para encontrar el sentido a la escena frente a sus ojos. “¿Qué se traen estos?”, sugería con la mirada. Tener un interés en específico y ejercerlo en un espacio público es acarrear la cara burlona del rechazo a lo distinto. Quien está libre de aficiones tira la primera piedra.

A estas alturas de la vida es posible sacar una guitarra en el parque y convertirse en una anomalía para la ciudad, a menos que sea para tocar norteño. Y los que más se sienten normales son los que menos pueden contener las ganas de confrontar a la rareza. También tiene su cuota de energía adolescente. Por eso es que algo habló a través de los morros que pasaron en bicicleta y gritaron tres veces “a la verga”. Una declaración de principios, un “aquí estamos”, un deseo crudo de irrumpir en el performance aunque no hubiera ganas de entenderlo. O tal vez precisamente por ello. Y nadie se ofendió, nadie lo vio grosero y el evento siguió su curso. Porque en Culiacán esa frase se usa tanto como cualquier preposición y puede encerrarlo todo y nada a la vez.

A lo mejor me equivoco, pero tuvo lo suyo, a manera de cereza en el pastel, una tocada de música y poesía coronada por un grito espontáneo, imprevisto y con esa carga de expresividad. Y ellos nunca se enteraron de todo lo que dijeron tan solo en tres palabras colocadas en ese momento en ese lugar. Se echan más cosas al aire que solo balas. Somos mucho más de lo que llegamos a creer. Se echan cantos, músicas y frases de gente con inquietudes que escapan al cliché por todo mundo manoseado.

 

Bien por estos eventos y por las resistencias que generan a su alrededor. Arriba lo verdadero.

Foto: Juan Francisco Tellaeche.

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