Historias de histeria | El sushi de la discordia

Historias de histeria | El sushi de la discordia

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En la ciudad de Culiacán, los altos niveles de violencia han propiciado una grave descomposición social que se traduce en hechos que parecen sacados de relatos de terror, relatos que han trascendido la fantasía y se han convertido en el día a día de los habitantes de la urbe. En historias de histeria hacemos un recuento de aquellos sucesos que nos hablan de la necesidad de emprender acciones para devolver la paz y tranquilidad a todos los culichis.

Ana y Paco son novios, tienen 4 años juntos y están ahorrando para el día de su boda. Ella es una maestra de jardín de niños y él es diseñador gráfico. Su sueldo les alcanza para darse uno que otro lujo, pero decidieron emprender un pequeño negocio de sushi en la cochera de los padres de Ana. Con unos cuantos meses y una carreta que compraron con su aguinaldo del año anterior, el negocio ha ido creciendo poco a poco entre los habitantes de la colonia Villas del Real.

Quizás no es el mejor sushi de la ciudadcpero su precio y sus promociones han hecho que los vecinos consuman constantemente de su pequeño negocio. Trabajan de jueves a domingo y a partir de las 3 de la tarde hasta que sienten que cumplieron con su cuota diaria o bien hasta las 10 de la noche.

Ese jueves Ana estaba muy estresada por una evaluación que tenía que presentar al día siguiente y Paco tenía algunos logotipos que diseñar para un nuevo restaurante de mariscos en el centro. Habían pensado en no abrir, pero ya tenían varios pedidos desde muy temprano. Así que prepararon todo de mala gana.

Para su suerte ese día estaban vendiendo como si se tratara de algún día festivo, de esos en los que a las personas les da flojera cocinar. Cayó la noche y los pedidos no dejaban de salir de la pequeña cochera en la que la pareja laboraba.

Como a eso de las nueve sonó el teléfono y Ana respondió amablemente. Se trataba de una voz muy grave y con un acento arrancherado que no tenía idea alguna de cómo se ordenaba el sushi. Torpemente el hombre le pidió a Ana dos sushis que llevaran de todo, los más caros.

Rápidamente Ana informó a Paco del pedido y el joven se concentró en sacarlo lo más rápido posible, estaban algo cansados, pero luego de un buen rato salió. Paco le encomendó a Ana ponerle todos los complementos, pero en su descuido la joven pensó que estaban listos, cerró las charolas y se los dio a Rubén, uno de sus sobrinos que le ayuda a entregar los pedidos en una motocicleta.

Luego de entregar los sushis en la lujosa casa, Rubén regresó a la cochera, que de nuevo se había llenado de clientes esperando sus pedidos o cenando en el par de mesas que la pareja improvisa para quienes quieran comer en el lugar.

Después de un rato y justo cuando atendían los últimos pedidos, una camioneta lujosa se paró frente a la cochera, e inmediatamente bajaron un robusto hombre y una mujer muy bella, a la que los clientes se quedaron viendo de arriba abajo.

La mujer estaba molesta, sus marcadas cejas denotaban la furia en su ser. Se bajó con las bolsas de sushi y se dirigió a la carreta, donde la pareja se encontraba acomodando algunos utensilios.

—¡Qué porquería me están entregando! —les gritó con voz recia.

Paco y Ana se quedaron viendo fijamente en lo que la mujer comenzó un popurrí de insultos en su cara.

A lo lejos el robusto hombre solo miraba con un gesto de maldad.

El servicio de los jóvenes no había sido del agrado de los clientes y ella estaba decidida a hacérselos saber. Los jóvenes de inmediato se dieron cuenta de su error y se disculparon con la pareja, pero a ella esa disculpa no le fue suficiente, tomó las charolas y arrojó los alimentos a la carreta.

Como si un demonio se hubiera apoderado de su ser comenzó a tirar todos los utensilios de la carreta y posteriormente algunos frascos de aderezo, mientras la pareja se quedaba sin comprender. Los clientes que aún no terminaban de comer, se fueron del lugar, como son vecinos de Ana, le dijeron que después le pagaban para que ella se concentrara en arreglar su malentendido.

La mujer parecía no tener límites, había armado un pancho sin escuchar las razones de los propietarios del lugar. Ana comenzó a molestarse, porque también tiene su carácter y quiso tomar a la mujer por las manos, pero la mujer se le fue a los golpes y a rasguñarle la cara. Paco tomó a la mujer para tranquilizarla, y en eso lo escuchó:

—¡Suelta a mi vieja, cabrón! —señaló el hombre.

Cuando Paco volteó a verlo, el hombre se encontraba apuntándole con un arma, mientras tenía cierto gesto de enojo en su rostro.

Después de un largo silencio incómodo,  Ana le pidió disculpas y les reiteró que les regresarían el dinero.

La mujer sonrió majaderamente y luego escupió en dirección a la joven.

—Ya no queremos nada suyo,  ya vámonos viejo —le dijo mientras el hombre bajaba el arma.

Inmediatamente después subieron al auto y arrancaron.

La pareja se quedó ahí desconcertada y con todo el negocio hecho un desastre. Luego de un rato comenzaron a recoger los muebles. Con la cara todavía desencajada. No abrieron su negocio durante los siguientes tres meses.

¿Será que la constante exposición a hechos de violencia, narcotráfico, corrupción e impunidad y muchos otros más que ocurren constantemente en Culiacán y Sinaloa empiezan a afectar el correcto funcionamiento de la psiqué de los sinaloenses?

 

 

 

 

 

 


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