Surrealismo crudo | Yo fui un adolescente nu-metalero

Surrealismo crudo | Yo fui un adolescente nu-metalero

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—Al Chuchuluco.

De madrugada, la televisión por cable podía premiarte si seguías ahí, como si no tuvieras algo mejor que hacer. Una noche me regaló la imagen de cuatro tipos en pants deportivos que tocaban la música más bestial y perturbadora que hasta entonces había conocido. Ya era fan de eso sin saber que más tarde le llamarían nu-metal.

MTV era mi dealer y yo llevaba un par de años inyectándome música por los ojos. Nunca tuve un hermano mayor que me presentara a Metallica o Pantera. Mis primos torcieron el camino antes de que Axl se peleara con Slash. La ensalada de colores, melodías y desenfrenos que masajeaban mis sentidos a través de la tele, me preparó para el momento en que mi oído comenzó a pedir lo mismo pero en pesado. Entonces un yo de trece años se topó con el videoclip de Korn donde tiraban un carro del año por un barranco e interpretaban el tema Got The Life, del disco Follow The Leader (1998).

Compré el disco y los dos anteriores, es decir, los únicos a escuchar si es que un día hay que entrarle a Korn. Ahí están en su mejor momento las guitarras de ruiditos, la batería funky, el bajo percusivo, los riffs tumbadotes y pesados que nos movían de las greñas, los susurros y los gritos de alma torturada del vocalista. Quería saber todo sobre ellos. ¿Estaban locos? Mientras tanto, el bombardeo de MTV seguía fijo y estimulante. Otra noche, me presentó el video de un muchacho solitario y enojado que gradualmente se convertía en un insecto humanoide. Sonaba la canción Counterfeit de Limp Bizkit, con las rimas de Fred Durst y los efectos del guitarrista que siempre se disfrazaba de algo. Ya se había caminado un par de años desde Rage Against The Machine con su Bulls On Parade, y otros tantos desde la colaboración de Anthrax con los raperos Public Enemy. El matrimonio entre el rock pesado y el rap tenía su casa bien fincada en el suelo de la industria.

El breve auge de Limp Bizkit como la cosa más cool del momento le valió para poner de moda la cachucha roja de los Yankees con las letras blancas que usaba el vocalista, y después la de letras negras. Yo tenía una camiseta con la portada del Significant Other (1999), el segundo disco de la banda. Por las tardes lo ponía a todo volumen en mi cuarto y me sumergía en esos ruidos que empataban con mi energía y mis estados de ánimo. Era el rock que consumíamos los chicos malos de casa. Nada de tonterías, Britney y NSYNC eran para mi hermana.

La oleada de bandas nu-metaleras duró pocos años más. La atención y el dinero se enfocaron gradualmente en otro lado. Por supuesto, no eran lo más pesado ni lo más maldito. Para los fans de subgéneros como el trash, de las portadas explícitas del death y de los satánicos noruegos que quemaban iglesias, el nu-metal era una moda para niños que no sabían de música. Para mí, el nu-metal tenía rap, ese gran invento de la humanidad. Tenía a Deftones, tal vez la banda más interesante que pasó por ahí, y tenía a Puya, unos puertorriqueños que mezclaban salsa y metal como unos auténticos demonios del Caribe.

Un día alguien se metió a robar a mi casa. Se llevó mi videocasetera, una tele, mi Nintendo 64 y todos mis discos, entre ellos el Significant Other. Después lo volví a comprar, pensé que ameritaba tenerlo, pero no me di cuenta que había comprado la versión sin groserías, lo cual desde luego era inaceptable. Se lo cambié a un amigo. En el disco que él me dio, un muchacho que había fallecido unos años atrás cantaba Jesus doesn’t want me for a sunbeam, para un concierto de MTV Unplugged. Nunca volví a ser el mismo.

Portada de la revista Metal Hammer, enero de 2014.

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