Surrealismo crudo | Yo, repartidor de comida (Parte II)

Surrealismo crudo | Yo, repartidor de comida (Parte II)

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Entregué la tostada de ceviche y salí de la plaza. El bato estaba lavando un carro en el estacionamiento. “Hey wey, ahí tengo unas iguanas”, me dijo. 

“Ah, ¿y qué rollo?”, pregunté. “Ahí están colgadas en el árbol, para que te hagas un caldo. Te pone bien acá”, levantó el brazo como palanca para recalcar las supuestas cualidades afrodisíacas del platillo.

Pensé que las tenías como mascotas, dije.

¿Te gustan?, preguntó interesado.

Se me hacen chilas.

Ahí tengo una que está agonizando.

Surrealismo crudo | Yo, repartidor de comida (Parte I)

No había tiempo que perder. La encargada del aseo en la agencia de motos esperaba su torta sin lechuga. Desde la vez que fui descortés con ella me prometí alcanzar la excelencia. Jamás habrá otra cosa que la señora pueda reprocharme. Lo cual llega a exigir un nivel avanzado de autocontrol. Se enojó la vez que le entregué comida por la puerta principal, cuando me había pedido muy claro que llegara por la del taller. Se enojó cuando tardé en llegar, y se encabronó el día en que llamó por teléfono tres veces seguidas y las tres le contestó la grabación que dice “línea ocupada”. Eso me lo reclamó y escucharla hizo que en seguida mi boca fuera honesta con mis pensamientos. No fui ningún caballero.

En la agencia donde ella trabaja venden motos deportivas con diseños sofisticados y aerodinámicos. Predominan los grises y blancos, las formas cuadradas y la calma. Algún modelo reciente por aquí y otro por allá, un par de escritorios, unos cuantos accesorios a la venta, una conversación suave que apenas rebota en las paredes. La agencia de junto es la de las motos que van con las chamarras de cuero y el riff de guitarra de Bad to the bone. Es la tienda en la que alguien se surtiría de todo lo necesario, hasta la ropa interior, para ser como uno de los Sons of Anarchy. Faltarían los rifles. Afuera exhiben máquinas imponentes que parecen salidas de la imaginación de alguien que una vez se preguntó: “¿Qué tal una moto, pero con sobrepeso?”. Dentro es una boutique, hay mezclilla, cuero y franelas a cuadros. Suenan canciones de hard rock. Los trabajadores se echan carrilla entre ellos. Uno me ve pasar y grita: “¡Ésele mi Forrest Gump!”, un apodo que me quedó de los días en que me veían caminar a toda prisa con bolsas en las manos. Pero ya tengo mi bicicleta.

Es una fixie con las llantas delgaditas. No le he puesto caja, así que las bolsas siguen colgando de mi mano derecha. La izquierda va en el freno. La mayor prueba y el mejor ejercicio hasta el momento es llevar pedidos a las oficinas que están al bajar el puente. Hay que subir sin despegarse del asiento porque de lo contrario la bolsa se balancea, y nadie quiere recibir un batidero. Hay que soportar que los choferes de camiones crean que no hay problema si pasan de uno a la misma distancia que pasa un capote de un toro. Pero la cima del puente es un regalo. Tiene paisaje, un horizonte limpio, cruza un río y muestra a lo lejos esas partes no tan agringadas de la ciudad. Que las hay. Y se respira bien.

La bici me la vendió un bato que contacté por Facebook. La trajo para que la viera sin compromiso, “date una vuelta”, me dijo. Me fui al estacionamiento de al lado, el mismo donde meses atrás un tipo manejaba como si intentara escapar de una persecución. Dos carros le cerraron el paso antes de salir a la calle y los conductores le gritaron cosas. El tipo sacó una pistola y les apuntó desde el parabrisas. Lo dejaron pasar. Por lo demás es un lugar tranquilo. Di un par de vueltas por ese estacionamiento, y supe que la bici era para mí, con la misma seguridad con que semanas más tarde sabría que de ninguna manera compraría una iguana agonizante.

 

Lee la primera parte de esta crónica acá.


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