Los cuentos de Chema Rincón | Cuando una asesina se enamora

Los cuentos de Chema Rincón | Cuando una asesina se enamora

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Mi nombre es Katia, tengo dieciséis años y soy la hija del líder de mi aldea. Nuestra pequeña comunidad se encuentra perdida en medio de la sierra; nosotros sembramos los frutos que comemos y criamos a los animales que nos proveen de carne y lácteos… nos damos calor con leña y los arroyos nos abastecen de agua.

Sin embargo, este pequeño caserío tiene una peculiaridad, aquí recibimos y cuidamos a personas que huyen del narcotráfico, y cuando nuestros jacales se ven llenos de refugiados, hacemos el trabajo sucio: hablamos a los delincuentes para que exterminen a sus enemigos. Si quieres verlo así, somos una trampa, atraemos a los desplazados por el cártel, los tranquilizamos y les hacemos pensar que aquí están seguros, y cuando bajan la guardia, hablamos a sus persecutores para que los borren de este mundo.

Para atraer a nuestras presas, es necesaria una persona que luzca confiable, sin mancha de ilegalidad. Y si a eso le agregas mi belleza y juventud, me transformo en el anzuelo perfecto. Desde los catorce años estoy acostumbrada a manejar armas, a dirigir personas (un don heredado de mi padre), soy una maestra de la emboscada y puedo seguir rastros como nadie. Incluso, los hombres de mi padre me temen: varias veces les he escuchado hablar por las noches, asegurando que soy un ser frío, una máquina de guerra.

Pero en este instante, todo eso se ha derrumbado: por primera vez desde la muerte de mi madre veo salir lágrimas de mis ojos. En el suelo hay sangre, la pólvora se respira en el ambiente y el Alacrán se acaba de llevar a los últimos dos prisioneros que quedaban vivos. Es raro que llueva a finales de enero, pero hoy se combinan una gélida tormenta con mi tristeza y decepción mientras veo a esos muchachos ser llevados hacia su muerte, al tiempo que me doy cuenta de que mi vida no tiene rumbo.

Hace casi una semana, emboscamos a un grupo de buen tamaño. Ahí venía Miguel, a lo mucho dos años menor que yo. Lucía como el típico rancherito que tienen más confianza que inteligencia, de esos que se creen insuperables, esperan que todos los alaben y dicen que cualquier mujer cae ante ellos. Confirmé que este idiota era como lo pensé cuando lo escuché apostando con su amigo que yo sucumbiría ante su personalidad. Los días siguientes fueron insoportables: intentó de mil maneras que yo me fijara en él: no dejaba de pedirme que me sentara con él durante las comidas, siempre me buscaba para platicar y más de una vez lo descubrí observándome desde algún escondite. Y para ser sincera, admitiré que disfruté ignorándolo.

Pasaron unos días y ocurrió un inconveniente en nuestra aldea: tres de los muchachos recién llegados se dieron cuenta de que nuestra aldea era una trampa y huyeron. Los otros dos amigos: Miguel y Rigo, no descubrieron la realidad, por lo que se quedaron con nosotros. Sin embargo, el tipo al que yo traía loco, hizo algo que nunca había visto en alguien como él: movió suelo y cielo para traer a sus amigos de regreso a la seguridad, no dejó de preocuparse y nos rogaba que fuéramos a buscarlos. Al parecer, sí se preocupaba por los demás después de todo.

Recuerdo una noche fría, donde tras una larga jornada en los bosques de la sierra, él nos esperaba a mi padre, a mí, y a todos nuestros hombres. Él y su amigo estuvieron en la fogata desde que nos fuimos hasta la madrugada, bien al pendiente de nosotros, y nos había preparado un té para que recuperáramos el calor con prontitud y pudiéramos descansar sin problemas. ¿Así se sentía que alguien tuviera un detalle contigo? Después de darme mi vaso, Miguel me acompañó hasta mi jacal y me deseó buenas noches.

Aquella noche, la imagen del muchacho esperándome en medio del frío y la oscuridad de la madrugada no me permitió dormir y por alguna razón, al día siguiente acepté su invitación, sentándome junto a él en el desayuno. Pero me entristecí al ver que varios hombres decoraban el jacal principal de nuestra aldea. Déjame explicar: siempre que las chozas se llenaban con refugiados, mi padre organizaba una fiesta, decía que eran mis XV años e invitaba a todos a celebrar. Durante el festejo, cuando algunas personas ya se encontraban pasadas de copas o cansadas de tanto baile, era cuando nosotros hacíamos nuestra jugada secreta y los capturábamos para eliminarlos al día siguiente.

Eso significaba que me quedaban menos de veinticuatro horas para descubrir si lo que yo sentía realmente era ese sentimiento al que llaman amor. Aquel día se me pasó volando: de pronto me vi riéndome de los peores chistes que nunca había escuchado; por primera vez permití que un muchacho me abrazara y cada vez que él me contaba una anécdota cualquiera, yo lo escuchaba embobada. Y cuando menos lo pensé, había llegado la noche, y con ello, la fiesta.

Siempre que fingíamos los XV años, me ponía un vestido sencillo que me encantaba, pero en esa ocasión me costó más que nunca. ¿Realmente podría hacerle la maldad a Miguel?, a quien de pronto me había mostrado que la vida no solo se trataba de obedecer. En pocas horas, él me enseñó lo más importante: los amigos, la familia, el cariño y la alegría. Pero lo peor fue darme cuenta de que yo no tenía nada de eso, yo solo era el soldado más efectivo en aquella aldea. Y nada más.

Me gustaría que mi madre siguiera viva, o tener otra compañera de mi edad en medio de esta indeseable situación; necesitaba que alguien me dijera si el sudor en mis manos, el ligero temblor en mis piernas, las cosquillas en mi estómago o la duda reinante en mí eran algo normal. Pero de pronto, todo ello desapareció y no pude sentirme de otra forma que no fuera alegre. Cuando Miguel caminó hacia mí y me abrazó mientras bailábamos, me sentí la persona más feliz del mundo, todos nos veían y nada podría salir mal. Pero mi padre me regresó a la tierra en cuanto la música dejó de sonar.

Tras la cena, liberamos el gas que hizo a todos caer desmayados. Tuve que arrancar cualquier rastro de humanidad en mí, y mientras veía a este joven tan diferente a los demás simios de la sierra, caer al suelo, no pude más que intentar fingir una sonrisa, pero la confusión y el miedo en sus ojos causaron estragos dentro de mí.

Aún no daba el mediodía cuando los trabajadores de mi padre ya se habían encargado de eliminar a todos. Pero el Alacrán, un conocido delincuente, había pedido que dejáramos con vida a los dos amigos. Aquella mañana desobedecí a mi padre y pasé varias horas escondida en el jacal donde tenían atados a los dos amigos. Veía a Miguel, admiré su rostro, deseé que no le pasara nada y soñé con que un día pudiéramos reencontrarnos, pero el galope de los caballos me obligó a dejar a este muchacho que aún se encontraba en medio de la inconsciencia.

El Alacrán y varios de sus hombres llegaban a nuestra aldea. Listos para llevarse a Miguel y a Rigo.

 

—Lo mejor para el final. A ustedes les tengo algo especial —escuché hablar al peligroso delincuente mientras veía a los dos jóvenes.

 

Por dentro sentí la necesidad de rebelarme, de decirle a mi papá por primera vez que yo también era una persona; en ese momento tuve que gritar mis sentimientos y disparar mi rifle contra cualquiera que quisiera dañar a Miguel. Pero todo eso quedó atrapado en mi mente.

Los caballos en los que iba secuestrado ese muchacho único desaparecían de mi visita, cuando rompí en llanto. Me encerré en mi jacal y dejé que las lágrimas salieran. Nadie podía verme así, a la mejor de aquel lugar, destruida por alguien que tocó mi vida solo unos instantes. Ahora solo puedo desear que sobreviva, antes de esperar encontrarlo. Y lo que será más difícil: conseguir que me perdone.

 


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