Surrealismo crudo | Las manos de doña Lita

Surrealismo crudo | Las manos de doña Lita

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Las manos de doña Lita estaban hechas para apostar. Cambió los lápices y los cuadernos por cucharas, ollas y sartenes cuando apenas iba en tercero de primaria. Alguien tenía que cocinar para sus hermanos, que eventualmente llegaron a ser dieciocho.

—A la creadora.

Las manos de doña Lita despellejaban conejos y quebraban los cuellos de las gallinas que sus hermanos cazaban para la hora de comer. En casa apenas había dinero para la sal y los condimentos que las manos de doña Lita aprendieron a verter y que con los años se convertirían en su sello autoral. “Lo que tiene que ver es la mano de cada persona”, decía, “no es lo mismo que tú le eches una pizca de pimienta a que yo se la eche”.

Las manos de doña Lita ondeaban saludos a la gente desde el carro alegórico en que ella reinó el carnaval de Guamúchil. La mano de su hermano mayor estrelló una botella en la cabeza de uno que se atrevió a piropear a la hermosa joven. Los celos de la familia no eran pocos, pero las manos de doña Lita apostaron por llevar el anillo que le dio alguien que se ganó su corazón, un hombre que la haría soberana de otro reino.

Acostumbrada a recibir en su cocina la materia prima, el marido le traía curvinas, pargos, robalos y botetes que extraía de las playas sinaloenses cada que iba de pesca. Le traía caguamas cuando todavía eran legales. Las manos de doña Lita se aventuraban. Experimentaba con los ingredientes para detonar placer en el paladar de cualquiera que probara sus creaciones. Después vino lo inevitable: ella y su marido pusieron un restaurante. De su oficio y creatividad salió el menú de un modesto local que abrió sus puertas en 1977, en una incipiente colonia de Culiacán que antes había sido una huerta de mangos.

Las manos de doña Lita se repartían entre atender a sus hijos y a la cocina del restaurante que cada vez ganaba más clientes, con un sazón que al paso del tiempo se volvería referente en la región. Un día sus manos palpaban la temperatura en la frente de un niño y al otro inventaban ese taco de machaca de camarón y queso que hoy se conoce como gobernador. Tras años de trabajo constante, la familia conoció la abundancia. Los hijos aprendieron el oficio, crecieron y pusieron otros restaurantes. Doña Lita no dejaba de cocinar ni de apostar. Verla sostener sus anteojos, leyendo los pedidos de los clientes, se volvió tan común como verla cada noche jugar póker con sus amigas.

No había casino que se le resistiera. Pisó los que están al cruzar las fronteras de Tijuana y de San Luis Río Colorado tanto como cualquier cocina. Apostó al juego y a no perdonar la traición. Siempre elegante, siempre olorosa a perfume, con sus alhajas y sus chicles y sus Benson mentolados. Cantó “la chancla que yo tiro, no la vuelvo a levantar” con una voz como de Lola Beltrán, y sus manos, que jamás volvieron a tener una caricia para aquel hombre, sostenían su falda mientras bailaba.

Apostó por su familia y por mantener su muy particular sentido del humor a pesar de las facturas que le cobró el tiempo. “Abuelita, ¿por qué caminas como viejita?”, le preguntó uno de los nietos. “Porque tengo ochenta años, ¡pendejo!”, le contestó. Conoció al primer bisnieto antes de irse y vio con ojos de felicidad a la mayor de sus nietas contraer matrimonio. Su legado trascendió dos generaciones y hoy su descendencia continúa en el oficio. Pero nadie igualó su maestría para preparar esos frijoles puercos que sabían a lo que saben los sueños, mucho menos fue empatada en esa dulzura con que fabricaba el pay de zarzamora y el arroz con leche.

Perdió en los casinos, y tal vez en el romance, pero ganó en el amor y en la memoria. Las manos de doña Lita apostaron a quedarse donde está lo que se ve al cerrar los ojos.


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