Tras la caída del gigante | El sonido de helicópteros y sirenas (Parte II)

Tras la caída del gigante | El sonido de helicópteros y sirenas (Parte II)

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El animal estuvo a nada de atraparme: tuve que saltar una caída empinada. Cuando estuve al fondo del barranco, supe que me había torcido el tobillo. El perro me ladraba con fuerza y se disponía a bajar, cuando le disparé. En cuanto vi que acerté en mi tiro, me cubrí debajo del monte para esconderme.

Un soldado se asomó y después de buscarme unos segundos, otro más llegó junto a él, para recordarle que la misión principal de ellos era en La Aguama, no ahí, por lo que empezaron a correr de regreso a su grupo.

Dejé pasar unos minutos por si acaso y en ese mismo instante saqué el radio. Lo puse en un canal cerrado y hablé con rapidez.

 

—¡Don Héctor!, ¡don Héctor!

La espera se me hizo eterna, hasta que por fin le oí respuesta.

 

—¡Ya sé lo que está pasando Mario!, ¿con qué puedo ayudarte?

—Nada, ya te sabes el protocolo, no hay manera de que el Alacrán salga de esta, otra vez me va a tocar ser el que saque la chamba adelante. Mándame a dos personas que puedan ayudarme a ir a tu campamento, traigo la pata torcida.

 

—¿Dónde andas?

—En un barranquito lleno de huizaches a la derecha del Cerro del Indio.

 

—Ya dijiste, ahorita te mando a la gente.

 

Con el pasar de las horas, confirmé que el Alacrán había caído. Por varios minutos, las balas hicieron eco en la sierra, y después de eso, miles de helicópteros y varias patrullas empezaron a llegar a La Aguama, lo que solamente indicaba el triunfo de los malditos rancheritos. Yo no entendía como mi jefe les permitió aquello: muchas veces pudo desaparecerlos a todos, o mandarlos a otro lado, y no. Solo por eso nos habían fregado cuando faltaban solo horas para que nosotros nos hiciéramos del control de todo el cártel.

Nuestros contactos nos habían dicho que el Ejército capturaría mañana al líder del cártel de Tacuilola. Alan, el Alacrán, y yo, planeamos una estrategia para matar a sus hijos y a sus hombres más allegados para ser los meros meros en Sinaloa y todo el Pacífico, pero los indios de La Aguama, que en un principio parecía ser una piedrita, la única molestia en el zapato, fueron los que nos tumbaron todo.

Con el transcurrir de las horas, pude sentir a Katia, la hija de don Héctor, caminar, con su marcado sigilo por el barranco.

 

—¡Chamaca!, aquí ando.

 

Sin que yo dijera más, ella y otro de los reclutas de su padre se acercaron a mí.

 

—Le va a doler, no grite —me dijo aquella muchacha, que era una máquina de matar, que desde niña fue entrenada por su papá, que antes fue guacho, para que hiciera el trabajo sucio del cártel.

 

Y de pronto, su acompañante me quitó las botas, me acomodó el pie, al tiempo que ella me lo vendaba y él me ponía un torniquete.

 

—Vámonos —dije sabiendo que el dolor solo aumentaría y que seguramente el Ejército pronto inspeccionaría esas zonas aledañas a La Aguama.

 

El campamento de don Héctor había sido uno de los planes maestros del Alacrán. Era un lugar escondido en medio de la sierra. Cuando teníamos enemigos, y no podíamos capturarlos, los hacíamos huir en dirección de este lugar. Ahí, eran recibidos y les hacían creer que habían llegado a una comunidad de supervivientes del narco.

Sin embargo, cuando estas personas se acostumbraban a vivir ahí, y bajaban la guardia, don Héctor, Katia y sus hombres, eliminaban a todas estas personas. El lugar estaba bien escondido y acceder a él era difícil en cualquier medio, lo que me hacía pensar que el lugar se mantendría en pie un tiempo más antes de que alguno de los capturados por el Ejército hablara.

Después de dos días de camino, finalmente llegamos.

 

—¿Qué planeas Mario? —me recibió don Héctor como cualquier otro militar, pues a pesar de que él hubiera traicionado a su vocación, seguía manteniendo el mismo orden y personalidad estricta.

—Que me digas qué chingados ha pasado.

 

—Agarraron al Alacrán, y al Quino, como ustedes no pudieron tomar el control, todo el cártel está en broncas ahorita.

—Quiero que tengas a toda tu gente bien alerta, vigilando los contornos del lugar, en cualquier momento nos pueden caer los guachos.

 

Mario no terminaba de decir eso cuando el sonido de hélices, aquel maldito sonido, empezó a escucharse a lo lejos.

 

—Ya vienen, ve por munición y por armas. Agárrate medicamento, comida y ropa, tenemos que hallar una forma de salir vivos de esta.

 

Y antes de que lo esperáramos, estábamos nuevamente rodeados de enemigos.

© José María Rincón Burboa.

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