Tras la caída del gigante | Emboscada en La Aguama (Parte I)

Tras la caída del gigante | Emboscada en La Aguama (Parte I)

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Nos chingaron sin que pudiéramos reaccionar. No entiendo cómo no mataron a todos los de La Aguama cuando los tuvimos arrinconados e indefensos, ¡pero no!, al Alacrán le encanta hacerla de emoción. Será mi jefe, y será uno de los mejores delincuentes de México, pero a veces le hace falta hacer las cosas en caliente, no dejar nada suelto.

La radio me sonó. Era la voz de Emiliano, un chamaco de unos quince años; era de los favoritos del Alacrán y pintaba para tener mucho futuro en el cártel.

 

—Camínenle hacia el lugar de donde sale el sol todas las mañanas, por ahí van a ver un montón de cardones grandes en un barranquito, ahí nos vemos para reorganizarnos y ver qué podemos hacer —el morro me recordaba a mí cuando iba arrancando en este negocio, aventado y sin miedo a nada.

—Sería bueno que le apuraran, el Alacrán va a llegar aquí en unas pocas de horas, más va a valer estarnos listos para que en cuanto nos diga dónde vernos, vayamos en friega.

 

Casi todos estaban fregados. Si de por sí llegaron poquitos al lugar que acordamos, esos estaban bien amolados, traían los ojos moreteados, los labios hinchados, narices rotas, unos cojeaban y otros batallaban para respirar.

 

—Adelante Mario, ¿dónde andas?

—¿Qué pasó jefe?, ¿por qué no me ha contestado?

 

—No son idiotas los de La Aguama, tumbaron todas las antenas de radio, seguramente se les pasó alguna y por esa estamos hablando, ¿en qué andan?

—Les llegaron más gentes y nos supieron rodear, batallando se salvaron unos pocos y andamos juntándonos para ver qué sigue.

 

—¿Sabes qué?, encárgale a Emiliano que dirija a todos los hombres al Cerro del Ocote, dile que ahí nos vemos todos, y quiero que tú y otros pocos se queden donde están, para que, si los de La Aguama huyen de nosotros, ustedes se encarguen de ellos; acomoda a tu gente para que nadie escape.

—Está bueno jefe, así lo hacemos.

 

Emiliano sonreía de oreja a oreja, había estado escuchando todo.

 

—Ya oíste morro, llévate a todos, nomás déjame aquí a diez hombres, no te lleves munición, aquí la vamos a necesitar más, seguramente en cuanto te halle el Alacrán, te va a dar con qué pelear.

 

El muchacho infló el pecho y empezó a caminar delante de sus hombres, iba derechito y listo para empezar a pelear otra vez, tenía varios días dándole duro en medio de la sierra y todavía no estaba cansado; seguramente en cuanto yo deje de servir para el Alacrán, este morro será su hombre de confianza.

En cuanto los perdí de vista bajando una loma, le hablé a mis hombres.

 

—Carguen los cuernos y agarren munición, quiero que se acomoden en el camino de la salida del pueblo y en el arroyo, y que no quede ninguno, en cuanto vean a los de La Aguama correr hacia ustedes, disparan.

 

Cada quien fue a donde les dije y quedé solo. La cosa no me gustaba, los rancheritos ya nos habían dado mucha lucha, y si seguíamos tardándonos seguramente el Ejército se iba a meter, y ahí sí nos van a liquidar. Durante algunas horas, escuché por la radio que los de La Aguama ya estaban descansando y habían bajado la guardia pensando que habían ganado; el Alacrán acomodaba a su gente para emboscarlos rápido. Estaba bien metido en la estrategia, me estaba muriendo por ver las caras de todos los de la ranchería cuando los derrotaran, pero de pronto, se me hizo escuchar pasos a mi espalda.

En friega agarré mi R-15 y me acomodé en un árbol, cuando me asomé, esperando ver a alguno de nuestros enemigos, quedé engarrotado cuando vi que eran un grupo de guachos. Me tiré al suelo y me arrastré lejos de la vereda. Eran un montón de soldados, iban bien armados y hasta llevaban perros.

Después de casi media hora terminaron de pasar todos. Intenté avisarle al Alacrán, pero la pila del radio se había acabado. Sabía que la cosa se iba a poner fea, entones agarré rumbo a la sierra, tenía que esconderme y salvarme. Seguramente en un rato más aquello sería un desmadre. Si volvía a pasar lo de hace 3 años, iba a tener que volver a tomar el grupo en mis manos, de mí dependería liberar por segunda vez al Alacrán, evitar que nuestra gente se separara y cobrar la lana de derecho de piso. En eso, se me hizo escuchar un cuchicheo.

 

—El perro huele para allá, seguramente hay alguien.

Inmediatamente supe que no tenía tiempo, disparé en la dirección de la que provino aquella frase y corrí hacia una zona escabrosa cercana. Los ladridos del perro se escuchaban cada vez más fuerte mientras se acercaba a mí: debía protegerme del animal y de los guachos.

© José María Rincón Burboa.

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