Tras la caída del gigante | Los Relices del Álamo (Parte IV)

Tras la caída del gigante | Los Relices del Álamo (Parte IV)

Varios hombres cayeron muertos. Yo, que tuve la fortuna de poder hacerme bola detrás de una piedra, evité cualquier balazo, sin embargo, sabía muy bien que esa situación no duraría mucho tiempo. A como pude, estiré la pierna para alcanzar mi 38 súper. Iba a disparar, cuando me vi rodeado por tres hombres que apuntaban con sus R-15.

—¿Cómo estás mi Mario?, ni te pareces cuando andas así de jodido y asustado. Se ve que la has estado pasando gacho estos días.

—Acaban de chingarse al Alacrán idiota, cómo quieres que esté, por poco y no salgo vivo de esta —le contesté enojado; cómo se le ocurría a aquel desgraciado asustarme de esa forma.

—Sí, ya vi todo. También se chingaron el campamento de don Héctor… todo estuvo bien planeado. ¿A poco no? Debieron deshacerse de don Miguel cuando pudieron —se paseaba Ricardo Flores por el lugar, un hombre de dinero que había apoyado los intereses del Alacrán por mucho tiempo.

—Sabes que el campamento no era del Alacrán, servía al Quino y a Julio Zúñiga, por eso maté a todos estos; si alguien se entera de que Alan quería dividir al cártel de Tacuilola, se nos acaba el chiste.

—No te preocupes, está bueno. Don Héctor y su hija sí están al cien con el Alacrán —los tuve que defender, mientras el millonario me ofrecía la mano para ponerme en pie.

—Ya lo sé, son los únicos que están parados aparte que tú —respondió Ricardo, mientras tiraba de mi brazo, viéndolos directamente.

 

Don Héctor, aquel antiguo hombre del Ejército, lucía por primera vez en muchos años una cara de sorpresa. De pronto, había visto caer a sus mejores veinte hombres en menos de unos segundos. Y Katia, que estaba abrazada a él, hacía todo lo posible por no parecer asustada, lo que conseguía en buena medida.

 

—¿Entonces, qué sigue? —no me quedaba de otra más que preguntarle, en ese momento él era mi jefe.

—Luego hallaremos una forma de salvar al Alacrán y comenzar todo otra vez. Pero necesito que me digas qué tenemos que proteger y qué no. Si llegan a descubrir algo, estaremos muertos todos y si terminamos todos en el bote, no va a haber forma de que nadie salga.

—Ya hablé con la gente de San Vicente y alcanzaron a deshacer todos los papeles que hablaban de nuestra relación con usted —le respondí al maldito rico, que se creía dueño de todo.

—Entonces pónganse las pilas, que se van a tener que quedar un rato más aquí en lo que la cosa se calma. Ya luego les voy a hablar y les voy a decir qué hacer.

 

Los hombres de Ricardo Flores empezaron a sacar algo de comida, medicamentos, catres, cobijas y hasta un tanquecito de gas.

 

—Saquen a los muertos y aviéntenlos o entiérrenlos en no sé dónde —fue la última instrucción del rico antes de desaparecerse de ahí.

 

Fueron cinco los días que tuvimos para reponernos. Los trabajadores de Ricardo Flores se quedaron varios días con nosotros para ayudarnos en lo que necesitáramos. Por fin, después de andar jodido tanto tiempo, se me empezó a componer el tobillo y volvimos a tomar cierta forma.

Recién podíamos decir que estábamos otra vez listos para brincarle a las trompadas, cuando en medio de la noche escuchamos ladridos de perro, los caballos empezaron a relinchar, y se vio cierto movimiento en el monte, cuando vi que Katia y don Héctor no estaban.

Me preparé para lo que se fuera a necesitar. Me escondí detrás de un montón de piedras y apuntaba a la entrada de la cueva, listo para ejecutarme a cualquier vivo que quisiera entrar, cuando de pronto escuché un par de gritos: uno de hombre y otro de mujer.

Eran don Héctor y su hija: y lo peor del caso era que me hablaban a mí. Lo peor del caso fue que los gritos fueron en aumento y cada vez más cerca. No alcanzaba a entender otra cosa que no fuera mi nombre combinado con angustia y miedo. Y de pronto, vi a dos figuras por la entrada de la cueva.

 

—Ahora sí, me tienen rodeado y sin chance de hacer nada. ¿Habrá dado el Ejército con nosotros?, ¿cómo llegaron sin que nos vieran?

—Vas saliendo Mario, ya tenemos a los otros dos; si no quieres hacer peor las cosas, pon el arma en el suelo y sal de donde estés.

 

No había de otra… si quería salir vivo de aquella, tendría que entregarme. ¡Pero no!, era de mis lemas, nadie me atraparía nunca, sería mejor descontarles a varios cristianos antes de que me mataran.

Quité el seguro, el sonido hizo que voltearan en mi dirección. La confrontación era inevitable.

© José María Rincón Burboa.

 


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