Surrealismo crudo | El bar de alitas

Surrealismo crudo | El bar de alitas

No siempre estás como para elegir. Será que a veces no tienes ganas de saber qué es lo más que se te antoja. Solo quieres estar bien, y tal vez tomar una cerveza. Más bien, sabes que quieres tomar una cerveza, y poco más. Tal vez estás como para ir al bar de alitas. 

Porque todos en el bar de alitas estamos como si nada en específico nos hubiera traído a este lugar. Hey, te puedes sentar a comer y beber, eso ya es algo. Puedes invitar a alguien. El bar de alitas a nadie le molesta. Puedes beber mientras observas la manera en que todo está acomodado para convertirlo en un territorio neutral. La decoración es actual y aceptable. La cerveza es fría. La música, tolerable a menos que te llames Aleks Syntek. Si el servicio es bueno, ya ganaste.

Los hay temáticos, pero los bares de alitas que en los últimos años se han dispersado por toda la ciudad son los que maniobran con el kit para que no batalles mucho pensando en lo que quieres. Hay quien ha puesto un bar de alitas en la cochera de su casa. Un poco como el boom del sushi en los noventas, pero con una cantidad bastante menor de ingredientes. Son las alitas de pollo, asadas y bañadas en una variedad de salsas a escoger. Ahí donde el picante causa un pequeño escozor que solo puede ser apagado con cerveza, el bar de alitas ejerce su gancho implacable, su razón de existir.

Lo sabe cualquiera que conozca el placer de hincar el diente en la carne del ave. No hay un gran pollo. La gente no suele andar por ahí diciendo que las alitas de este bar son mejores que las de aquel. Solo una vez me recomendó alguien probar las alitas de un establecimiento en específico: el que estaba enfrente de su casa. Las probé y las recuerdo hasta hoy. Sabían a verdadero pollo asado a las brasas. Nada más. Lo difícil en cambio es hacerse a la idea de que esas tiras de apio y zanahoria crudas en un costado del plato, juegan en las mismas ligas que el pollo. No vienen al caso por más aderezo ranch que se les unte.

Por algo es democrático. Los hay que venden hamburguesas, aros de cebolla y papas gajo. A saber si otro lugar ya había introducido el concepto de las papas gajo en la ciudad. Papas fritas pero gordas. Muerde una y fíjate cómo se escapa el vapor del pedazo que quedó en tu mano. Es para ti, que hace un rato no estabas como para elegir. Un espectáculo que casi te hace olvidar que el grupo de covers ya empezó a tocar esa canción de Enanitos Verdes.

El bar de alitas ya está listo por si acabas de salir de trabajar o si vas a llegar primero a casa. Te espera joven o no tan viejo, en camiseta o en camisa, en soledad o con los amigos que antes tomaban caguamas en la banqueta y que hoy se dejaron la barba y van a votar por Anaya. Alguien tendrá sus anécdotas en un lugar así. Yo no recuerdo una mía. Pero confío en que el espacio las genera, como nuestros abuelos tuvieron sus vivencias en esas cantinas que también eran sitios donde echar una cerveza y poco más.

 

Tal vez el bar de alitas sea recordado de la misma forma por las generaciones venideras. El lugar donde la gente se tomaba una cerveza. Y veía la final de la Champions, se drogaba en el baño o algo.


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