Segundo debate presidencial pone el acento en ataques entre candidatos, no en propuestas

Segundo debate presidencial pone el acento en ataques entre candidatos, no en propuestas

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Por segunda ocasión, los aspirantes a la Presidencia de la República se volvieron a ver las caras en otro debate organizado por el Instituto Nacional Electoral, pero esta vez sin Margarita Zavala y en un formato inédito que permitió preguntas del público.

Aunque los temas estaban muy focalizados en asuntos internacionales a partir de la premisa “México en el mundo”, y un desglose en los derechos de los migrantes, el comercio exterior e inversión, así como la seguridad fronteriza y el combate al crimen trasnacional, de nueva cuenta los ataques y descalificaciones jugaron un papel preponderante.

Hubo propuestas, pocas y poco explicadas, pero las hubo, pero el intercambio de señalamientos fue la agenda que marcó el desempeño de los presidenciables, con un Andrés Manuel López Obrador que a diferencia del primer debate, ahora sí reaccionó y tuvo mayor capacidad de reacción y de respuesta, como cuando se le acercó Anaya y dijo: “Voy a esconder mi cartera”, en alusión a que se la podría robar.

Ricardo Anaya por su parte, continuó con su ofensiva, desde el inicio, en contra del puntero en las encuestas, López Obrador, quien esta vez no se quedó callado y le sorprendió con una seguidilla de calificativos como: “mentiroso”, “estás acostumbrado a mentir”, “farsante”, incluso lo bautizó como Ricky Riquín Canallín, lo que rápidamente se viralizó en las redes sociales, sobre todo en Twitter.

También coincidieron en varias propuestas, como el combate a la corrupción, asumir un papel más digno ante los Estados Unidos e impulsar una política clara de defensa del migrante mexicano.

La ciudad de Tijuana aportó a una audiencia de la que se desprendieron seis preguntas, hechas cada una por los mismos ciudadanos seleccionados por los moderadores, y en general el formato de tipo asamblea participativa permitió hacer más dinámico el ejercicio democrático.

La participación de México en el mundo se dirigió centralmente a la política de relaciones exteriores que se sostiene con Estados Unidos,  a partir de la insistencia del presidente Donald Trump por insultar y tratar de someter a México vía la construcción de un muro fronterizo y la renegociación ventajosa del Tratado de Libre Comercio.

López Obrador y Anaya llegaron incluso a tener coincidencias, lo que llamó poderosamente la atención, por lo que terminaron comprometiéndose a luchar juntos por la defensa de los derechos de los migrantes, para lo cual dijeron que habría que ser firmes ante un insolente Trump, “con respeto, pero con contundencia”.

Todos los candidatos coincidieron en que es necesario incrementar los salarios, pues el deterioro es indiscutible y un insulto para la clase trabajadora.

Fue Ricardo Anaya quien recordó y calificó como una humillación el que se haya invitado a Donald Trump, siendo candidato, a visitar en plena campaña Los Pinos, después de que el republicano arremetió sin piedad contra los mexicanos, calificándolos incluso de delincuentes y violadores.

El candidato del PRI, José Antonio Meade Kuribreña, fue el único que defendió la política exterior y migratoria de Enrique Peña Nieto y matizó que había que distinguir entre los inmigrantes centroamericanos vinculados a la delincuencia y los que huyen por la inseguridad. Pero reconoció que los dos principales problemas relacionados con la violencia transfronteriza tienen relación estrecha con las armas que llegan de Estados Unidos y con el cáncer de la impunidad.

Por su parte el candidato independiente, Jaime Rodríguez el Bronco, buscó sus minutos de fama sin mucho éxito, y lo mejor fue cuando le pidió a Andrés Manuel López Obrador que le diera un abrazo a Meade.

 


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