Tras la caída del gigante | El cártel de veinte (Parte III)

Tras la caída del gigante | El cártel de veinte (Parte III)

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Desde el helicóptero nos gritaban para que nos pusiéramos en paz. Pero aquello no era negocio. Inmediatamente, dos hombres de Mario se dirigieron a un punto escondido dentro del campamento secreto y empezaron a disparar con lanzagranadas, iniciando un caos de explosiones que nos daría el tiempo necesario para huir.

—Ya me encargué de que todos los cautivos corrieran en una dirección; piensan que los narcos son los que nos atacan, así que seguramente el Ejército los va a seguir —llegó Katia algo cansada, cuando la distracción estuvo lista.

—Entonces, ¿cuántos somos? —le pregunté a don Héctor.

—Veinte… número redondo. ¿Qué vamos a hacer?

—Vamos tirando celulares y cuanta cosa electrónica traigan. Agárrense unos pocos de radios y pilas. ¿Ya tenemos armas?

—Afirmativo patrón.

—Entonces vámonos a la chingada. ¿Conocen los Relices del Álamo?, es un lugar medio gacho, como a tres días de aquí, hay un friego de cuevas, y ahí tengo reservas guardadas por si esto llegaba a pasar, vámonos yendo.

 

Como siempre, me sorprendió cómo los hombres de don Héctor parecían más soldados que narcos. Se acomodaron en posición de retirada, cubriéndome a mí y a otros dos heridos, y empezamos la huida.

 

—Tenemos cinco caballos escondidos como a diez kilómetros de aquí —me aseguró el líder de aquel campamento de asesinos.

—Está bueno, amos dándole.

 

Llegamos unos minutos antes de que se pusiera el sol. Avanzamos con lentitud y precaución: a cada instante debíamos ocultarnos entre las plantas y las piedras para que no nos vieran el montón de helicópteros que pasaban a cada ratito. Cuando pudimos llegar a los caballos, me estaba deshaciendo, traía el pie bien hinchado, el dolor me llegaba a todos lados y cualquier movimiento en la pierna me fregaba más el tobillo.

 

—Súbanlo a un caballo, Katia, tú vas al frente y vas señalando el camino, yo me voy atrás, cuidando que no se nos arrime nadie —ordenó don Héctor para mi gusto. Nunca en mi vida había sufrido tanto para treparme en una bestia, si bien tenía rato trabajando con el Alacrán, aquella era la primera vez que me pasaba algo.

—Jefe, estamos escuchando los canales de los guachos, y si cayeron en la trampa, siguieron a los prisioneros en vez de a nosotros. Y pues ellos, que andaban bien asustados, les dispararon y les complicaron las cosas. Ahorita apenas se acaba de tranquilizar el negocio por allá.

—Seguro no nos alcanzan en buen rato —sonreí al darme cuenta de que la distracción había funcionado.

—¿Dónde fue eso? —preguntó don Héctor.

—Rumbo a Las Piedrotas.

—Excelente, entonces vamos dándole.

 

La cabalgata fue pesada. Ninguno de nosotros había descansado en más de un día, pero no había tiempo para detenernos: hasta que no estuviéramos en los Relices del Álamo no estaríamos seguros.

 

Aquellos días de camino se nos hicieron eternos. No traíamos casi nada de agua, no podíamos cazar para evitar que las balas fueran a atraer a los soldados, y no podíamos prender fogatas en las noches. Aparte, los helicópteros siguieron rondando la zona un par de veces, hasta que finalmente, el último día, nos dimos cuenta de que la operación del Ejército ya se había alejado lo suficiente como para que nosotros pudiéramos movernos con libertad.

Era el amanecer del cuarto día de camino, cuando la luz del sol, que apenas salía, nos permitió ver la silueta de aquellos cerros hechos únicamente de piedra.

 

—Es entre aquellos dos y después bajas; a la derecha está la primera cueva —le indiqué el camino a Katia, la hija de don Héctor.

 

Para nuestra suerte, los caballos no tuvieron problema en andar por aquellos escabrosos terrenos, y cuando por fin pudimos entrar a la cueva, todos empezaron a bajar la poca munición y alimentos que quedaban.

Yo me tiré en el suelo. Por fin alguien me iba a atender y yo iba a recuperarme; me acabé mi poca de agua y me quité la venda, cerré los ojos y recargué mi cabeza en la piedra, pero en medio de las sombras del amanecer pude escuchar un arma cargarse, e inmediatamente después, varios balazos sonaron: en esos instantes, me di cuenta de que nuestra desgracia todavía estaba lejos de descansar.

© José María Rincón Burboa.

 


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