Tras la caída del gigante | El regreso a Culiacán (Parte V)

Tras la caída del gigante | El regreso a Culiacán (Parte V)

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Y en menos de tres segundos, escuché balas a mis espaldas, un par de golpes secos contra el suelo.

—Vas metiéndole prisa, seguro vienen refuerzos y tenemos que alcanzar a pelarnos —me dijo un hombre de Ricardo Flores que había llegado desde las espaldas de los oficiales para eliminarlos.

—¿Don Héctor y Katia?

—Ya los liberaron, por poco nos agarran a todos, pero ellos van a otro lado; me acaba de hablar mi jefe para decirte que necesita que te lleve a Culiacán.

—¿Y eso?, ¿ahora qué pasó?

—Quién sabe… pero te necesitan allá.

 

Al terminar con esa frase, corrimos hacia una pequeña barranca donde habíamos dejado a los caballos, nos trepamos a ellos y dejé que él me guiara.

 

—Vamos a la carretera a Badiraguato, ahí nos van a estar esperando para llevarte a Culiacán. Tenemos que irnos rápido, los hombres que nos emboscaron eran pocos, pero seguramente, ya vienen refuerzos; nos chingamos a todos.

—Le oí un acento raro al que me gritó cuando me tenían en la cueva, no me digas que eran gringos.

—Eran de la DEA; ni más ni menos, por eso te llevamos a Culiacán.

—No termino de entender, dime qué pasa.

—Ahora que atraparon al Quino, el cártel de Tacuilola quedó sin líder: se van a juntar Julio Zúñiga, los Ramos, los hijos del Quino y varios más, y usted deberá estar ahí representando al Alacrán.

—Lo que me hacía falta —respondí sabiendo lo que se venía.

—Quiero que queden en claro algunas cosas —me decía el idiota de Ricardo Flores, que se subió a la camioneta en alguna esquina de Culiacán—, no vayas a decir ninguna verdad de lo que planeaba el Alacrán, mantén perfil bajo y atente a lo que digan, no podemos arriesgarnos a que nos descubra el narco.

—¿Y de ahí qué sigue? —pregunté para darle a entender que las órdenes de ese estilo no eran para mí.

—Tendremos qué seguir una estrategia distinta que la última vez. Ofrécete para ocupar un cargo que quede vacío dentro del cártel, necesitaré que hagas contactos y recorras México antes de volver a planear una nueva forma de liberar al Alacrán.

—¿Cómo está eso?

—Es 2015, no es la misma situación de la última vez, necesitaremos más tiempo para recuperarnos. Aparte, ahora la DEA está detrás de ti, ¿sabes por qué pueda ser eso?

—Don Miguel se nos escapó y huyó a Estados Unidos, seguramente ahí tuvo contacto con alguien y le explicó todo el plan del Alacrán.

—Seguramente los Quinitos, Julio Zúñiga y los Ramos van a querer saber por qué la DEA va detrás de ti, no expliques mucho y evita revelar lo más importante, si no lo haces, seguramente pronto estaremos muertos todos.

—Está bueno, ya me dijo eso, ahorita cálmese, que bien sabe que las juntas nunca fueron mi mero mole —le dije nervioso, pues bien conocía de mi pésima capacidad para negociar o hablar sin insultar a nadie: y ahora iba directo a mentir en la cara de los líderes del cártel de Tacuilola, de los criminales más peligrosos de todo México.

 

En cierto punto de la ciudad, Ricardo Flores bajó de la camioneta. Salíamos por la avenida principal de la ciudad, en dirección al sur, cuando entramos a una zona de casas muy elegantes, de tamaño considerable y lujos desmesurados, aquella colonia, plantada entre los cerros, era bien conocida por su abundancia en delincuentes.

La camioneta en la que viajábamos se detuvo delante de la casa que nos indicaron. En cuanto nos vieron llegar y se aseguraron de que éramos las personas a las que buscaban, nos permitieron pasar.

Cerré los ojos y respiré lo más profundo para tranquilizarme antes de bajar de la camioneta y empezar a pensar qué respuestas daría. Pero cuando estuve en la cochera de la casa, vi a varios hombres apuntándonos. Antes de poder reaccionar, nos bajaron de las camionetas y nos sometieron.

Después de esposarme y quitarme la única arma que llevaba, un hombre me obligó a ponerme de pie y me empezó a empujar en dirección de la entrada a la casa, volteé hacia a tras y vi que cuatro guaruras más venían escoltándome.

 

—Ahora sí, vas a tener que explicar todo lo que han hecho los del Alacrán —me dijo el señor que me llevaba.

Por dentro, sabía que aquello no sería una reunión, sino una tortura: si realmente sabían que el Alacrán había intentado iniciar una guerra para dividir al cártel de Tacuilola y tomar su control, yo estaba frito, y varios más caerían después que yo.

© José María Rincón Burboa.

 


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