Tras la caída del gigante | Los jefes máximos (Parte VI)

Tras la caída del gigante | Los jefes máximos (Parte VI)

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Era la primera vez en poco más de veinte años que me tocaba estar de ese lado, y la última vez que me tocó nomás me amarraron y me dejaron ir a los pocos minutos. Pero la cosa no sería así hoy. Me tocó agarrar, torturar y ejecutar a varias gentes antes, y sabía bien que, si quería sobrevivir, solo podía hacer una cosa: relajarme, no prestar resistencia. Una vez que me tuvieron asegurado, empezaron a empujarme para que avanzara.

Hubiera esperado más violencia, algunos golpes, insultos y hasta burlas, estaba listo para escuchar algún adelanto de los tomentos que me ocurrirían para que empezara a asustarme. Pero nada de eso ocurrió, en un momento tomaron mi hombro, me hicieron girar violentamente y me aseguré de haber entrado a una habitación cuando cerraron la puerta a mi espalda. En un punto me detuvieron y me hicieron caer en una silla.

Pude notar cierto murmullo, había algo de gente ahí, más de los dos o tres asesinos que se encontrarían normalmente. Había más luz de lo común para un interrogatorio y mi traslado, desde que me habían amarrado y vendado los ojos, había sido bastante tranquilo. En el lugar, había un fuerte olor a cigarro, no necesariamente de tabaco.

 

—Más sabe el diablo por viejo que por diablo —se rio mi interlocutor.

—A mí me tocaba este trabajo, ya sé qué hacer y qué no… Si veo que tus torturas no sirven, podría recomendarte unas nuevas, bien saben todos en este cártel lo bueno que soy para estas chambitas —dije para empezar a ganarme a mi verdugo.

 

Escuché algunas risas en la habitación, mientras a mi derecha, el filo de algunas navajas o cuchillos siendo acomodados.

 

—Tengo navajas, agujas y unas pocas de pinzas, ¿con qué te gustaría comenzar?

—Dale, compadre, te voy calificando a como vayas avanzando, tú solo te vas a ir dando cuenta con los gritos.

 

Nuevamente hubo varias risas, hasta que un hombre tomó la palabra, ante lo cual todos guardaron un silencio sepulcral.

 

—Quítenle ese paliacate de los ojos y desamárrenle una mano, tráiganle algo para tomar y ofrézcanle un cigarro; acérquenlo a la mesa.

—Don Hernán Ramos, Hernancito, Quinitos, Julio Zúñiga. Acaban de tomar una buena decisión —sonreí viendo a las personas entre las que seguramente se repartiría el poder ahora que el Quino había sido atrapado.

—Vas hablando; nuestros policías han oído a los de la DEA hablar sobre los “planes del Alacrán”, y queremos una explicación —intentó imponerse rápidamente uno de los hijos del Quino, hablando con cierto coraje.

—Sus policías no les mienten, tienen buenos informantes: ¿por qué creen que no me quedé a defenderlo en La Aguama?, ¿por qué creen que no le pedí apoyo a don Héctor y a su gente? —respondí con rapidez, sabiendo que dudar me mataría.

 

Todos estaban atónitos, esperaban que yo defendiera con todo a mi jefe, pero con aquellas palabras, me agané por completo su atención, a parte de que sus nervios se relajaron.

—Creo que puedes llevarte tus herramientas —dijo Julio Zúñiga, aquel criminal que inició el cártel de Tacuilola junto al Quino, sin embargo, él nunca había sido atrapado gracias a su bajo perfil y nula necesidad por ser reconocido.

—¿Qué saben?, seguramente sus gentes les han pasado información chueca o incompleta… ahorita les corrijo.

—Todo, que todo él es un engaño. Que en 1993 él dio información al gobierno para que capturaran al Quino y él pudiera tomar el poder, que en el 2008 él nos peleó con los Ley Beltrones para que nos matáramos entre nosotros y él pudiera hacer del cártel y que ahora acaba de repetir el plan del noventaitrés —empezó a hablar Hernán Ramos padre, quien había recibido más información por sus contactos en el gobierno.

—Nada es falso, todo es cierto —volví a asentir sin problema, lo que dejó a todos pensativos.

—Entonces solo queda una pregunta —dijo otro hijo del Quino.

—Quedan dos —sonrió con cierto cinismo Hernán Ramos hijo.

—Échale —le sonreí al Quinito.

—¿Qué lo detuvo?, nunca lo vimos venir y aun así siempre se frustraron sus planes, ¿qué pasó?

—Don Miguel García, el hijo de los García de San Vicente.

—Ahora sí todo está claro —se recargó Julio Zúñiga en su silla, pues era el único que tenía el tiempo suficiente en el cártel como para entender aquello —entonces seguramente fue la familia del Alacrán quien desapareció a la familia de don Miguel, y él, por venganza, nos ha estado protegiendo.

—No exactamente, no los ha protegido, o bueno… los protegió las primeras dos veces, pero esta vez ya se cambió de bando: don Miguel ya entendió que no quiere volver al narco y que quiere vencerlo.

—Bueno, será tema para hablar en otra ocasión —respondió Hernán Ramos, antes de que su hijo le quitara la palabra.

—Ahora lo que toca preguntarte es, ¿qué vas a hacer para que no te matemos?, trabajaste con él todo este tiempo. Tu lealtad está con él, no con nosotros.

© José María Rincón Burboa.

 


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