Tras la caída del gigante | La vida del Alacrán (Parte VII)

Tras la caída del gigante | La vida del Alacrán (Parte VII)

—Por ayudarles a ustedes, cada vez que el Alacrán era detenido, yo sabía que volvería a encontrar una forma de llevar a cabo sus planes.

—Ahora resulta, hubiera sido fácil que nos dijeras desde un principio y nosotros nos encargábamos de todo —rechinó uno de los Quinitos, que mostraba coraje por la aún reciente captura de su padre.

—Chamaco, se ve que no conoces bien este negocio, Julio y don Hernán no me permitirán mentir: no hay que confiar en nadie. ¿Te imaginas cuántas personas leales al Alacrán están metidas en el cártel? Si hubiera hablado, hubiera creado confusión, seguramente mi jefe hubiera hallado cualquier forma de dividir al grupo a partir de ello, y no es que esté facilito reunirme con los meros meros para avisarles qué pasa.

Al oírme, fue don Hernán Ramos quien me perdonó con la mirada, para ser seguido inmediatamente después por Julio Zúñiga.

 

—¿Don Héctor y su hija sabían algo?

—Nada, ya ve que ellos estuvieron muchas veces a solas con varios de ustedes y nunca los atacaron.

—Ricardo Flores, el que financiaba al Alacrán, ¿él sabía?

—No, nunca supo nada, pero no dudo que vaya a hacerlo pagar y que se reporte con ustedes para eso.

—Me da gusto que lo sepas: porque así nos vas a demostrar que estás de nuestro lado: ya hay un plan para eliminarlo.

—¿En serio?, todas las noticias están a su alrededor: “El narco que casi desaparece al cártel de Tacuilola de la noche a la mañana”, a parte tiene a la DEA encima y “medio mundo” lo investiga. Además acaba de descubrir que su hijo está vivo. Opino que debemos dejar a que se pudra en el bote: dar a conocer a “todo mundo” que Alan es un traidor, acabar con su gente y dejar que se muera en la cárcel. Si no, nos estaremos ganando un enemigo a largo plazo con su hijo —hablé como nunca en mi vida, sabiendo que podía negar, mas no asesinar a mi jefe.

—Eres un cabrón. ¡Ya estuvo! suéltenlo y llévenselo —habló Julio Zúñiga— hay cosas que tenemos que arreglar entre nosotros y todavía necesitamos a Mario.

 

Inmediatamente me pusieron en pie, me desamarraron y me escoltaron fuera de aquel lugar.

Unos minutos después, ya avanzaba en una Lincoln camino a quién sabe dónde, acompañado por Ricardo Flores.

 

—¿De dónde sacaste eso de matar al Alacrán? —le pregunté enojado por mentiroso.

—Tenía que verse real, dime que lo salvaste y que…

—De nada —le contesté antes de preguntarle cuál era nuestra dirección.

—Don Héctor y Katia te están esperando, hay una nueva misión para ustedes tres.

—¿Cuál?

—Volver a La Aguama y al campamento, hay cosas de valor que debemos de recuperar.

—Nos van a cachar, sin broncas, para la cantidad de guachos que debe haber por esos rumbos y para lo atentas que han de andar las gentes de esos rumbos, en cuanto nos huelan nos van a desaparecer.

—Acuérdate de que Héctor es militar, ya hablé con mis contactos en el Ejército y tenemos un plan bien desarrollado.

—No he descansado desde que conseguí salvarme y ya quieres mandarme a eso, vas a esperarte un rato y…

 

No terminaba de decir eso cuando Ricardo ya me había encañonado. Si había algo que me desesperaba en esta vida, era no traer mi 38 súper conmigo para defenderme en ocasiones como esa.

 

—¿Cuándo nos vamos? —le dije sabiendo que no había forma de salvarme, dándole un golpe al vidrio de su lujosa camioneta.

—Hoy en la noche.

© José María Rincón Burboa.

 


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