Tras la caída del gigante | El camino a La Aguama (Parte VIII)

Tras la caída del gigante | El camino a La Aguama (Parte VIII)

—Eres un animal… ¿piensas poquito? No he descansado nada desde que me pelé de La Aguama y tú ya andas organizando estas cosas —le decía con coraje a don Héctor mientras nos disponíamos a salir.

—Entre hacerte enojar y terminar con una bala entre las cejas… ¿qué crees?

—Ni se diga, yo estuve a nada de que me mataran entre los Quinitos, Julio Zúñiga y los Ramos, pero bueno, ¿cómo piensas llegar hasta tu campamento?

—Me dijo Ricardo Flores que ya habló con un contacto en el Ejército y nos consiguió un camión, uniformes y armas.

—¿Y por qué tanta insistencia en volver?

—Hay algunas maquinitas de mucho valor en el laboratorio subterráneo, hay papeles importantes adentro también, y en el campamento ni se diga, en una bodega bien escondida dentro de un risco a menos de un kilómetro hay varias armas, dinero y sobre todo papeles importantes para el Quino. Por así decirlo, hay una lista de nombres de quién ingresa y sale del campamento, así como dónde están y para quién trabajan, si han robado, si han ayudado y qué planes se le tienen a futuro.

—No sabía que también te dedicabas a recursos humanos —se me hizo chistoso decir, pero bajé el tono de la risa cuando escuché que a nuestras espaldas entraban varios hombres, me di media vuelta y vi a varios soldados, con Katia a su cabeza.

—Parece ser que ya nos vamos —dijo don Héctor mientras terminaba de armar su R-15 recién aceitado.

—Pues vámonos —dije para meterle prisa a todo y poder volver pronto a descansar, pero al ver a Ricardo Flores entrar, supe que seguramente querría algo más.

—¿Listos para irse?

—Sigo necesitando un arma —le contesté.

—Hasta que estés en La Aguama no te van a dar nada —dijo el empresario guiñándome un ojo, antes de que don Héctor saliera del lugar, acompañado de su hija y los soldados asalariados del narcotráfico.

—Consígueme los papeles: en cuanto los entreguemos a Julio Zúñiga se dará cuenta de que estamos de su lado y las broncas con el cártel se van a acabar. Si salimos de esta, te dejo en paz —ahí solo estábamos nosotros dos, y ambos sabíamos que había urgencia de separarnos hasta que la cosa estuviera estable.

—Ya rugiste —dije estrechando su mano con fuerza, disfrutando de verlo soportar una cara de dolor. Cuando vi que no iba a aguantar, lo solté y me subí a la cabina del camión.

—Desde hace una semana los soldados ya dejaron La Aguama, solo hay policías, y con esos ya sabes qué hay qué hacer —nos avisó Ricardo antes de que don Héctor arrancara.

—Póngase esto, aunque sea por encima —me dijo Katia dándome un uniforme de guachito— por cualquier cosa.

—¿No pudiste conseguirte uno de general? —le dije a la chamaca, que no dejaba de verme con desprecio. Está bueno morra, ahorita me lo pongo.

 

Pasábamos San Vicente. Entrábamos en la terracería fea que iba pegadita a los cerros de un lado y a los voladeros del otro. Me daba coraje tener que andar escondido por aquellos rumbos: hace unas pocas semanas hubiera sido fácil entrar en una troca nuevecita, hubiéramos hecho temblar a los rancheritos de La Aguama y los hubiéramos exterminado. Pero no, ahora veníamos en otras condiciones: escondidos, acompañados de un ejército que no era nuestro, sino prestado, con pocas armas y con un plan de pisa y corre. Interesante hubiera sido haber llegado hace unos días, hacernos reyes del lugar y ahorita fuéramos los líderes del cártel de Tacuilola. ¡Pero no!

Ya habíamos recorrido más de diez kilómetros; yo iba pensando eso cuando sentí que don Héctor frenó.

 

—¿Qué pasa?

 

Katia tenía la vista fija varios cerros más adelantes, en un lugar donde el camino bajaba del acantilado para atravesar un arroyo.

 

—Aquello que se ve abajo, es un camión del Ejército, ¿verdad? —dijo la muchacha.

 

El líder de los soldados tocó en la cabina y le habló a don Héctor.

 

—Son soldados señor, ¿qué vamos a hacer?

—Carguen armas, preparen munición y estense listos. Seguramente ya nos vieron, así que…

 

Pero don Héctor fue interrumpido por la radio del camión.

 

—Adelante, sargento, no se nos informó que ustedes venían, identifíquense.

 

Había qué decidir qué íbamos a hacer: si fallábamos, iniciaría el enfrentamiento, llegarían refuerzos y estaríamos perdidos, solo teníamos dos opciones en aquel momento: o nos acercábamos e intentábamos engañarlos, o nos dábamos a la fuga desde ese momento.

 

—¡Identifíquense por favor! —nos apuró el guachito que hablaba desde el otro camión.

© José María Rincón Burboa.

 


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