Tras la caída del gigante | La despedida de don Héctor (Parte XI)

Tras la caída del gigante | La despedida de don Héctor (Parte XI)

Muy a disgusto de don Héctor, vi cómo todos los soldados empezaron a trepar algunos árboles, otros varios buscaron refugio detrás de piedras grandes y los demás se esparcieron alrededor del área por la que pasaría el helicóptero.

—Déjame esto, tú ponte pilas… no se nos puede ir ninguno.

—Son dos, ¿crees que podamos tumbarlos?

—Sin broncas.

—Traemos poca munición y no venimos listos para bajar un helicóptero, se suponía que teníamos que hacer todo escondidos, sin gastar una bala.

—Pues ya estamos en esto, necesitaremos tu ayuda.

 

Katia me veía con cierto coraje; cada vez estaba más claro que no me tragaba y que deseaba borrarme del mundo.

Pronto vimos los helicópteros, y como era de esperarse, al ver nuestro camión detenido en medio del bosque, bajaron la altura y empezaron a rodear la zona para ver si estábamos ahí o si habíamos huido. Hablé con todos mis hombres, sabiendo que el ruido de las aspas no permitiría que mi grito llegara a los tripulantes de la nave.

 

—Apunten, con calma, quiero que el sargento sea quien dé el grito en cuanto estén listos, ustedes se saben coordinar para esto, para eso los entrenaron.

 

Y en menos de treinta segundos, las balas de calibres más grandes salieron de sus armas, para ver cómo los helicópteros, que se encontraban a escasos diez metros de altura, cayeron prácticamente al mismo tiempo. La cercanía con la máquina les había permitido apuntar con calma y gastar muy poca munición.

La verdad me hubiera gustado ver una explosión, un montón de lumbre y un escándalo cuando los helicópteros cayeran, pero estaban tan pegados a suelo que nada de eso pasó. Hasta eso, varios soldados consiguieron caer vivos, pero se alcanzaba a ver que se habían roto varios huesos.

Me reuní con mi gente, y le pedí a don Héctor que se acercara a la cabina de uno de ellos. El capitán y su copiloto estaban muertos, pero la radio seguía funcionando.

 

—Nos tumbaron, pero casi todos estamos bien, los enemigos no son muchos y están heridos, los están controlando bien, creo que terminaremos en un ratito. Pero necesitaremos que vengan a sacarnos de aquí —dijo mi compañero.

—No se preocupen. Todavía queda un grupo en el campamento del cártel, les pediremos que vayan por ustedes.

—Muchas gracias —terminó don Héctor.

—¿Cuál es el plan? —me preguntó su hija en cuanto se aseguraron de que nadie nos escuchaba del otro lado de la línea.

—Cuando vengan a rescatarnos, nuestros soldados fingirán ser los que venían en el helicóptero, y pues, a los que venían en el helicóptero hay que darles chicharrón rápido. Así, nos van a llevar al campamento, y cuando los que nos rescaten bajen la guardia, vamos a poder hacer lo que necesitemos.

 

—Bien pensado —me sonrió don Héctor—, más vale darnos prisa en hacer algo con los que venían en el helicóptero, que quienes vengan a rescatarnos van a llegar en unas pocas horas.

—Pues a darle.

 

Antes del atardecer, el grupo de soldados que se encontraban en el antiguo campamento de refugiados de don Héctor, ya los había encontrado. Cabalgaban de regreso. Katia, don Héctor y Mario se habían disfrazado de soldados y nadie se había dado cuenta de su identidad.

Cuando finalmente llegaron al que fue el hogar de don Héctor y de Katia por muchos años, a aquella escondida aldea donde habían traicionado a muchas personas inocentes, se dieron cuenta de que sería fácil tomar el control del lugar.

 

—Esperaremos a la noche; cuando todos estén descansando vamos a dormirlos y a amarrarlos. Así vamos a sacar de aquí todo lo que necesitemos sin ningún problema, ¿de acuerdo?

—Claro que sí —aseguró el soldado que dirigía a los otros.

—¿Por qué no los eliminamos y ya? —le pregunté a don Héctor.

—Nunca maté a nadie en este lugar y no pienso hacerlo, bien sabes que quien manda aquí soy yo.

—Pero los dormías para que otros los desaparecieran. Creo que saldría mejor quitárnoslos de encima. Ponernos a dormirlos con tu sedante y luego amarrarlos, y encerrarlos va a ser toda una fiesta; el chiste es salir rápido de aquí, sin que nadie nos note.

—Ya hablé, tenemos que causar el menor escándalo que se pueda, ¿entiendes?

—Está bueno —no me quedó de otra más que calmarme. Sabía bien que de vez en cuando había que dejar que aquel viejo mandara para que no se pusiera muy cañón.

—¿Ahora qué? —le preguntaba al viejo soldado, una vez que todo se hizo como él quiso. Era de madrugada: teníamos todo lo que Ricardo nos había pedido y podíamos volver a Culiacán en cuanto quisiéramos.

—La última vez que me fui de aquí pude volver pronto. Pero ahora que el Quino y el Alacrán están encerrados, creo que pasará mucho antes de que pueda dirigir nuevamente este lugar.

—¿Ahora qué? —le volví a preguntar.

—Esperaremos a Katia, está vaciando gasolina en todos los jacales.

—¿En serio piensas quemar este lugar?

—Este lugar existe gracias a mí. Y si yo no lo dirijo, nadie más lo dirige.

—Entonces le diré a los guachitos que vayan subiendo al helicóptero todas las piezas que nos pidió Ricardo —le inventé para irme de ahí, sabiendo que se pondría delicado pronto —pero una cosa más, ¿piensas quemar a los soldados que tienes amarrados?

—No lo sentirán, están muy anestesiados.

 

Faltaban unas dos horas para el amanecer, cuando empezamos el vuelo de regreso. Desde el cielo, podría verse aquella enorme llama que engullía al campamento que sirvió por muchos años para atrapar a fugitivos del narcotráfico.

Después de varios intentos, alguien contestó al otro lado de la radio. Era el asistente de Ricardo Flores.

 

—¿Qué pasó don Héctor?

—Vamos de regreso, necesito que nos den un lugar al que llegar, vamos en helicóptero.

—Les respondo en media hora. Aquí los estaremos esperando.

© José María Rincón Burboa.

 


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