Tras la caída del gigante | Atrapados en la sierra (Parte X)

Tras la caída del gigante | Atrapados en la sierra (Parte X)

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—Mientras corríamos en friega para meternos al carro y escondernos, uno de los guachitos se acercó a cortarle el paso a los de La Aguama.

—Buenas tardes, no se nos dijo que vendrían —lanzó don Miguel.

—Sí, ya lo hablamos con los soldados que se acaban de ir: no venimos a lo relacionado con el Alacrán, venimos a recoger lanzados en paracaídas…

—Se nos avisaría de cualquiera que viniera, el chiste es que no fuera a venir gente del cártel disfrazada de soldados —reclamaba el defensor de los rancheros.

—Verá, la cosa es sencilla: esperaremos a los soldados que destruyeron el sembradío de marihuana y…

—Cada camión traería una carta escrita y autorizada, incluidos tres que no tenían nada qué ver con lo de mi primo, la traían. Espero ver la suya…

—Se la deberemos, perdón.

—Pero si vienen a esperar paracaidistas, ¿por qué vienen tantos y por qué están desmantelando el laboratorio?

No me quedó de otra, estaba seguro de que el condenado guachito no era bueno para pensar. Tuve qué soltarme de don Héctor, que me tenía bien agarrado al fondo del camión, le arrebaté mi 38 súper a Katia y brinqué fuera del camión antes de empezar a disparar.

En unos pocos segundos, los soldados me hicieron segunda, y antes de que nadie lo esperara, los de La Aguama ya estaban escondiéndose tras los árboles y rocas.

—¡Necesito que los hagan retroceder hacia el arroyo, hacia el monte! —gritó don Héctor bajando también del camión.

—¡No!, si escapamos de regreso seguro hablan por radio a los soldados con los que nos dimos ahorita y nos rodean en el camino. Mejor háganlos huir hacia La Aguama, pidan a Ricardo un helicóptero que nos recoja en la sierra y nosotros huimos hacia allá.

Para el mal gusto de Katia, se me quedó viendo, dándole a entender a su padre que era yo quien tenía la razón.

—¡Ya escucharon!, acorrálenlos hacia el pueblo y a ver, Mario, ¿hasta dónde podemos llegar en el camión?, para que le digas a Ricardo hasta dónde podemos llegar —dio la orden final don Héctor—, solo quiero que se queden unos cinco a ayudarme a sacar las máquinas del laboratorio.

Después de poco menos de dos horas, los rancheros ya se encontraban en sus casas, esperando ayuda del Ejército para contratacar. Mientras tanto, los soldados se encontraban en el camino al monte, listos para retener a los de La Aguama si volvían a atacar.

Por la radio, don Héctor les avisó que ya habían sacado todas las piezas del laboratorio. Entre Katia y yo ya habíamos trazado una ruta mental para alejarnos lo más posible de ese lugar. Subiendo sierra arriba por el arroyo hasta el punto en que llegaba a lo alto de un cerro, donde podríamos avanzar gracias a una meseta que llegaba a un barranco, donde tendrían qué bajar para caminar poco más de siete kilómetros hasta el campamento de don Héctor.

Llegado a ese punto, Katia y su padre se ponían nerviosos: no habían recibido confirmación de Ricardo Flores, y si iban al campamento, y el Ejército los rodeaba en ese lugar, no habría forma de escapar de ahí.

—Entonces, ¿a fuerzas hay que volver? —los interrumpí, sabiendo que seguramente habría guachos esperándonos en el campamento.

—Traemos bastante gente. Nadie salió herido y la verdad no hemos caminado nada, creo que si hay algunos soldados en el campamento vamos a poder darles lucha.

—Van a llegar refuerzos en cualquier ratito —les tuve que recordar.

Aquel maldito sonido empezó a hacer eco desde lo lejos. Reconocí las aspas del helicóptero y supe que nos seguían por aire.

—¡Todos, quiero que bajen el barranco! —gritó don Héctor.

—¡No!, ya sé cómo le vamos a hacer para llegar al campamento sin broncas! —lo contradije como siempre. Todavía no entiendo por qué nunca se me ocurren planes, solo se me vienen ideas a la mente cuando están a punto de matarme —quiero que tumben esos dos helicópteros cuando se encuentren cerca de nosotros, cúbranse y prepárense, que la cosa apenas va comenzando.

© José María Rincón Burboa.

 


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