Historias de histeria | ‘Parece que viste un muerto’

Historias de histeria | ‘Parece que viste un muerto’

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En la ciudad de Culiacán, los altos niveles de violencia han propiciado una grave descomposición social que se traduce en hechos que parecen sacados de relatos de terror, relatos que han trascendido la fantasía y se han convertido en el día a día de los habitantes de la urbe. En historias de histeria hacemos un recuento de aquellos sucesos que nos hablan de la necesidad de emprender acciones para devolver la paz y tranquilidad a todos los culichis.

A doña Mary se le iban los días lentos viendo por la ventana, tenía la mirada medio esperanzada y los labios partidos de mordérselos de nervios esperando a Misael, su hijo.

A ella no le gusta lo que hace, o hacía, si es que sigue vivo. Empezó como puntero y fue haciéndose amigo de uno y luego de otro, hasta que llegó a ser pistolero de uno de los pesados del pueblo en el que viven, ubicado como a una hora de Culiacán.

Ese martes no llegó y ya tenía como un mes que no aparecía. Doña Mary no sabía si buscarlo o quedarse esperando, porque la última vez duró como dos meses fuera, nada más dijo que se estuvo escondiendo en Guamúchil en lo que se calmaban las cosas, nunca explica qué cosas y ella tampoco se lo cuestiona.

Seguido pasa, pero esta vez es diferente: levantaron como a treinta ahí en el rancho, unos más chicos, otros más grandes, de familias ricas y pobres, buenos muchachos y otros que dicen que ya están perdidos; han aparecido como siete en una sindicatura cercana, pero ninguno vivo. Doña Mary no pregunta, pero de todo se entera, los rumores vuelan en un pueblo tan chico. Dicen que Misael iba en el paquete de levantados, pero ella nunca cree, sabe que el Misa es bueno para el tiro y que a él los patrones lo cuidan mucho.

Pero la confianza no es eterna y menos cuando el sustento de la casa falta, entre su nuera y ella apenas y juntan lo de los servicios. Le han medito en la cabeza la idea de que vaya al lugar en el que se encuentran algunos de los amigos de Misael a preguntar por él, pero el miedo la limita, la detiene.

A Marta, una conocida de Paola, la esposa de Misael, le tiraron a su hijo encobijado cerca de Costa Rica; dicen que él también iba en el paquete de lo levantados. Aunque era buen muchacho, les debía mucho dinero y se cobraron a la mala. Doña Mary fue al velorio, solo para enterarse de cómo había pasado; ahí otra mujer que también perdió a su esposo le sugirió a Paola que se echara una vuelta al Semefo. María escuchó y se quedó helada.

Llegaron a casa y tuvieron la charla.

—Deberíamos ir suegra, a lo mejor y ahí esta —le dijo casi llorando.

—Yo sé que está vivo, sé que va a volver pronto —Le dijo mientras apretaba la toallita que siempre trae consigo.

—Si no va conmigo, yo voy a ir sola —le sentenció la joven.

—Vamos el jueves, pues —le replicó doña Mary.

Llegado el jueves fueron y luego de los trámites propios de la burocracia fiscal supieron que Misael no estaba allí. Los ojos se les llenaron de una mezcla de angustia y esperanza, ambas estaban rotas.

Llegaron de nuevo a su casa y Paola se encerró a llorar, doña Mary salió por las tortillas y de regreso se vino caminando lento, pensando en su hijo. A lo lejos alcanzó a ver una silueta y los ojos se le llenaron de alegría, al borde de las lágrimas. Se acercó corriendo a toda prisa y entre más se acercaba más sentía la presencia de su hijo.

Alcanzó el hombro del fornido hombre y al voltearlo se le desencajó el rostro y se le derrumbó la ilusión casi de inmediato. No era él.

—Doña Mary, qué le pasa, por qué esa cara, parece que vio un muerto —le dijo el joven sorprendido.

La señora no contestó, se fue de largo mientras se limpiaba el rostro con la toalla que llevaba en el hombro. Llegó a su casa y se sentó a esperarlo, como lo ha hecho todos los días desde hace ocho meses hasta ahora.

¿Será que la constante exposición a hechos de violencia, narcotráfico, corrupción e impunidad y muchos otros más que ocurren constantemente en Culiacán y Sinaloa empiezan a afectar el correcto funcionamiento de la psiqué de los sinaloenses?




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