Tras la caída del gigante | El hijo del jefe (Parte XIII)

Tras la caída del gigante | El hijo del jefe (Parte XIII)

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—Solo tú puedes ayudarme y sé que vas a hacerlo; a los dos nos conviene que mi papá siga vivo.

Era Lucas, el hijo del Alacrán. Verlo ahí me alegró, pensé que aquel niño habría terminado encerrado en algún orfanato otra vez, o que en un descuido lo tenían el Quino y sus gentes para torturarlo, pero no, se le veía enterito.

 

—¿Cómo conseguiste escaparte de todo esto?, ¿por qué traes una pistola?

—Larga historia, pero bueno, hijo de tigre pintito dicen, ¿no?

 

No pude más que reírme del morro, en serio se parecía a su papá.

 

—Quiero que me ayudes, tengo contacto con el juez que lleva lo de mi papá: conseguí que me mande al DF para vivir con mi papá, y me está dando varios permisos para verlo. Pero me dijo que le ofrecieron un dineral por tal de que lo mandara a una celda normalita, donde pudieran matarlo sin necesidad de mucho teatro. Sé que tú me puedes ayudar a juntar lo que hace falta —mientras el plebillo me hablaba, podía ver su desprecio hacia mí, seguramente apestaba a alcohol, a cigarro y a orines, por no hablar de las drogas.

—¿Cuánto necesitas? —le dije intentando ponerme de pie, recargándome de la pared.

—Quince mil.

—Pobre de tu padre, se vé que nadie lo defiende, es muy poco, morro.

—Tiene que estar eso para dentro de tres días.

—La cantidad no es problema. Sé de varios lugares donde tu papá tenía varios guardaditos, pero la bronca va a ser llegar a esos lugares. Seguramente están vigilados.

—Hablé con mi papá y me habló de un tal Ricardo Flores, y que ese señor puede conseguir dinero.

—Quién sabe qué traiga ese empresario en la cabeza, pero vamos a ver qué rollo.

 

Busqué otro teléfono que tenía guardado en alguno de los cajones y le marqué a Ricardo. En cuanto contestó, pude escucharle una respuesta rápida y apresurada.

 

—Justo voy para tus rumbos, te veo en el Centro de Barrio.

 

Y eso fue todo.

 

—Órale morro, ya oíste, a caminarle.

 

En el morro vi algo de confianza, la mínima para que se fajara la pistola en la parte trasera del pantalón y me dijera que estaba dispuesto a seguirme.

Después de tanta llamadera pensé que don Héctor y Ricardo ya sabían algo de eso y que ya habían preparado algo para ayudar a Alan. El sol pegaba de frente a esas horas y el dolor de cabeza combinado con el mareo no ayudaban para nada, pero pensando en Lucas, y en que en algún momento podría hacer lo que su padre nunca pudo, decidí seguir, esperando que en un futuro las cosas cambiaran.

Vi la camioneta de Ricardo, lo vi bajar con prisa y directo a mí. El parque estaba vacío, a esas horas seguramente toda la plebada estaba en clases, y los pocos que rondaban aquellas canchas seguramente eran los desmadrosos de sus salones.

 

—¿Quién es este? —me dijo cuando vio a Lucas.

—El hijo del Alacrán, tiene una forma de salvar a su papá, pero vamos a necesitar que nos eches una manita.

 

El empresario se acercó para decirme en secreto.

 

—Ya tengo listo todo para ir a matarlo.

 

Volteé a ver al niño.

 

—Has gastado mucho en ese hombre, ¿realmente vas a echar todo ese dinero a la basura? Si renuncias ahorita vas a tener qué buscarte a otro, y se ve difícil, que a como están las cosas ahorita, alguien vaya a lograr lo que Alan.

—Pero Alan ya está perdido, no hay forma de que vuelva a crecer dentro del cártel o de que tenga la confianza de algún líder.

—Sabe de todo, y puede hacer lo que le pidas, tal vez no desde dentro, pero encontrará la forma de desquebrajar al cártel de Tacuilola.

—Creo que no habrá de otra —se rindió el empresario —don Héctor dijo lo mismo que tú, y si no me ayudan ustedes no sé a quién más pedírselo. ¿Qué se necesita?

—Solo una cosa: quince mil pesos, o que le pagues a protección para poder entrar a las propiedades de Alan.

—¿Y después de eso?

—Lucas le va a dar el dinero al juez y el Alacrán va a quedar bien cuidado en la prisión.

—¿A qué casas de Alan piensas ir?

—Hay dos en las que sé que habrá dinero: la de la Campiña y la de la Guadalupe.

—¿Y piensas que el morro venga?

 

En ese momento recordé que Lucas estaba ahí.

 

—¿Vas a venir, chamaco? —le pregunté.

—Creo que solo estorbaría, ¿no se le hace?

—Tienes razón morro, te vemos aquí en cuanto se esté haciendo de noche —le dijo Ricardo.

—Está bueno, espero que les vaya bien —agradeció Lucas.

 

Subí a la camioneta de Ricardo y empezamos a avanzar con rumbo a una de sus casas, donde estaban don Héctor y Katia para preparar la recuperación de dinero. La casa a la que íbamos, en específico, contaba con varios escondites que estaba seguro que ni el Ejército encontraría, pero para llegar a ellos, habría que hacer bastantes movimientos y ruido: por eso debíamos estar bien cubiertos.

Era la hora de la comida: don Héctor y Katia aparecieron justo a tiempo. Mientras los tres estábamos en la mesa, tuve qué hablar con el exsoldado.

 

—¿También te dijo Ricardo que quiere matar a Alan?

—¿Por qué crees que te estuve marcando toda la tarde de ayer? —me contestó, enojado, mientras su hija me barría con la mirada, viendo la desgracia en la que había quedado después de los tragos del día anterior.

—Si conseguimos salvar al Alacrán, creo que sería bueno desaparecerlo —lancé el bombazo.

—Nos echaríamos a todo el cártel encima, sabrían que estamos del lado del Alacrán —siguió Katia mientras se ponía del pie; desde mi lugar, pude verla entrar al baño.

—Ahorita no es momento para andar en público, pasara lo que pasara ya estaba planeado pasar un tiempo escondidos de todo —le contesté.

—Creo que tienes toda la razón —me dijo don Héctor.

—Entonces… ¿sí vamos a matarlo?

—Ya veremos —siguió el exsoldado.

—El señor Ricardo tenía toda la razón, son unos traidores —dijo uno de sus guaruras entrando de pronto, acompañado de siete más, mientras nos apuntaban con sus pistolas —espero que disfruten este último plato, porque ya viene de regreso, y tendré qué contarle todo lo que acabo de escuchar.

© José María Rincón Burboa.

 


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