TRAS LA CAÍDA DEL GIGANTE | El solo de Katia (Parte XIV)

TRAS LA CAÍDA DEL GIGANTE | El solo de Katia (Parte XIV)

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Nos sometieron como si nada. En pocos segundos nos tenían arrodillados en la sala, viendo a la puerta para que en el momento en que entrara Ricardo Flores nos pudieran eliminar sin ningún problema. Estábamos desarmados y había cinco hombres en aquel lugar. No había forma de que nos escapáramos. Intentaba buscar alguna salida cuando volteé a ver a don Héctor, que sonreía.

—¿No viste?, fueron al baño a buscar a Katia y no la encontraron.

 

Uno de los guaruras se rio, viéndonos con desprecio.

 

—¿A poco crees que la plebilla esa vaya a matarnos a cinco y aparte a los tres que vienen con Ricardo?

—La plebilla esa sobrevivió inviernos completos en el Triángulo Dorado, sabes bien de lo que es capaz.

—Eso espero —le dije a su padre.

—Siempre lleva un as bajo su manga, tiene un truquito que sirve bastante… ya verás que con eso va a bastar para que nos suelten.

 

Las risas se multiplicaron hasta que un celular sonó.

Todos los guardias empezaron a darse prisa, la camioneta de Ricardo estaba estacionándose afuera cuando de pronto, lo vimos entrando.

 

—Entonces, ¿aquí se acabó todo? —le pregunté sonriendo, sabiendo que no era capaz de jalar el gatillo de ninguna arma.

—A cada uno de estos hombres los entrené en mi campamento —me siguió don Héctor en nuestro intento de hacer dudar al empresario— sin nosotros, vas a dejar de tener contacto con el narcotráfico.

—Fue algo tenso, pero el hablar con los Quinitos, con los Ramos y con Julio Zúñiga, fue bastante estimulante. Ahora que vieron cómo todo resultó de forma positiva en su aventura por la sierra, confían en nosotros. Creo que por fin di el paso que nunca me atreví a dar triangulando con el Alacrán, ahora tengo contacto con las cabezas del cártel.

—Procuren que sea rápido, que no sientan dolor —le dijo el empresario a sus hombres, mientras nos ponían de pie y nos hacían avanzar hacia las camionetas —es una lástima que el morro del Alacrán deba quedar huérfano.

 

Acercaron la camioneta a la puerta de la casa y nos hicieron subir a la camioneta: primero a mí y luego a Mario. Parecía que esta vez no habría forma de salir: las camionetas de Ricardo estaban blindadas y a menos que Katia estuviera escondida en alguna de las cajuelas, no había forma de que nos salvara. Detrás de nosotros, subieron dos hombres más.

 

—Intenten cualquier tontada y vamos a hacer el negocito aquí mismo —se rio uno de ellos.

 

Finalmente subió el que manejaría y el copiloto. Estaban por arrancar, cuando Ricardo salió para dar unas últimas instrucciones. En ese preciso instante, cuando bajaron el vidrio del chofer, una granada entró a la camioneta y en menos de tres segundos, todos los hombres bajaron, para después empezar a correr lo más lejos posible. En ese instante, Katia subió a la camioneta, nos aventó un sobre y aceleró lo más rápido posible.

 

—¡Párate niña!, esta madre va a explotar —le grité, al ver que no se detenía —¿cómo se te ocurre echar la granada al carro, meterte tú y encerrarnos?, ¡ándale!

 

Unos segundos después, terminaba de entender aquella situación a la perfección. Don Héctor y ella reían, y después de ver con cierto cuidado, noté que aquella granada estaba vacía.

 

—Límpiese —se rio a chamaca de mí, mientras en un alto nos pasaba un cuchillo para deshacernos de las cuerdas que nos tenían amarradas las manos.

—Lo del sobre, ¿es dinero? —le preguntó don Héctor mientras yo me liberaba.

—Ya nos la sabemos, estos tarugos nunca ponen seguro a los carros, mientras estaban todos en la casa les quité estos billetes.

 

Ya con las manos libres empecé a contarlo: eran poco más de veinte mil.

 

—Entonces, ¿qué sigue? —nos volteó a ver, como preguntando a dónde debía conducir.

—Vamos pasando por unos tacos, y de ahí nos regresamos a las canchas donde le dijimos al hijo del Alacrán que lo íbamos a ver —contesté.

 

La muchacha me ignoró como esperando una respuesta de su padre, y hasta que don Héctor no repitió lo mismo que yo, ella no lo hizo.

© José María Rincón Burboa.

 


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