Tras la caída del gigante | En manos del enemigo (Parte XV)

Tras la caída del gigante | En manos del enemigo (Parte XV)

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Empezaba a oscurecer cuando vimos a Lucas llegar. Al notarnos, el joven empezó a correr directamente hacia nosotros.

—¿Qué pasó Mario?, ¿se consiguió el dinero para salvar a mi papá?

—Aquí lo tengo —le sonreí al chamaco—, ¿a quién hay que entregarle la lana?

—El lunes veré al juez, ahí veré la forma.

 

Algo en todo eso no me gustaba, y gracias al cielo, don Héctor habló para defender mi duda.

 

—Si tú le das el dinero al juez así porque sí, no habrá ninguna garantía de que cumplirá, tendremos que ser nosotros quienes hablemos con él.

—¿Y cómo vamos a hacer eso? —preguntó Katia—, ¿recuerdas su nombre? —le preguntó al niño.

 

Lucas bajó la cabeza demostrando que no tenía el dato en la mente.

 

—El lunes veremos la forma, no te preocupes —intenté animarlo.

—Por mientras tenemos qué escondernos y descansar —dijo don Héctor.

—¿Dónde te tienen viviendo ahorita?, puedes venir con nosotros —le dije al morro. Pero en el chamaco vi algo de nervios, de pronto empezó a ver a todos lados, y antes de que lo esperáramos, doce policías nos tenían rodeados.

—¡Al suelo! —gritó uno de ellos.

 

Pero en ese entonces, me sorprendió que Lucas caminó hacia atrás hasta que estuvo cubierto por los policías.

 

—¡Por qué hacen eso!, ¿usan de carnada al plebillo para agarrarnos?, en una de esas les va a salir mal el jueguito y le va a pasar algo.

—El niño está de nuestro lado, él fue quien nos enseñó todo lo que había escondido en casa de su padre, por esa parte no te preocupes —se rio uno de ellos.

 

Vi a Lucas a la cara y no parecía haber sido chantajeado ni obligado, al contrario, se le veía tranquilo ahora que sabía que nos habían agarrado.

 

—Pensé que serías grande como tu padre, pero vas a terminar igual o peor que don Miguel, todos ustedes van a pagar lo que hicieron —le grité mientras nos esposaban.

 

Los tres íbamos callados camino a quien sabe dónde. La patrulla iba despacio y ahora sí sabíamos que no iba a haber forma de que nos salváramos de esa. Ahora podría pasar de todo: seguramente nos separarían, nos mandarían a cárceles distintas, y tarde que temprano, algún enemigo del Alacrán o de Ricardo Flores nos mataría.

Pero de momento, aquella noche seguiríamos juntos: a los tres nos aventaron a una celda en algún lugar de Culiacán donde aún no me había tocado estar atrapado. Era noche, teníamos sueño y nos habíamos rendido.

Katia recargó la cabeza en su papá y cayó dormida en pocos minutos. Don Héctor, firme como siempre, cerró los ojos, y sentado con normalidad, fue capaz de ponerse a descansar. Pero yo tenía qué pensar en algo. A ratos me venía y me dejaba el sueño. En momentos no podía aguantar los ojos abiertos, el dolor de cabeza y el mareo, y de pronto se me venían a la cabeza planes para escapar, pero se me borraban en cuanto se me venía una oleada de sueño.

No sé si me dormí mucho tiempo o poco, pero me desperté cuando una persona abrió la puerta de la celda.

Los tres nos despertamos inmediatamente, estábamos listos para atacar, pero esta persona nos habló en voz baja.

 

—Aun hay una persona interesada en que el Alacrán siga con vida, ya se arregló todo para que lo mantengan en una zona aislada donde pueda estar seguro, y también conseguimos venir a liberarlos, necesito que me sigan.

—¿Quién eres?, ¿para quién trabajas? —arremetió Katia rápidamente.

—Si nos quedamos no va a haber forma de salvarnos, es ahora o nunca —le dije a ella y a su padre.

—Tienes toda la razón —respondió don Héctor, que se terminaba de despertar.

 

Salimos con rapidez del lugar: en la entrada. Los mismos policías que nos encerraron fueron los que nos dejaron salir. Nos subieron a un sedán austero. Aquel hombre encendió el carro y empezó a moverse.

 

—¿A dónde? —le pregunté.

—En cuatro días mandan a Alan a México, y quiere hablar con ustedes antes de que eso pase.

 

Don Héctor, Katia y yo nos vimos.

 

—Pues a darle —dijo don Héctor.

© José María Rincón Burboa.

 




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