Tras la caída del gigante | La sentencia (Parte XII)

Tras la caída del gigante | La sentencia (Parte XII)

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Faltaban minutos para el amanecer. En medio de un helipuerto oculto en algún lugar del valle, aterrizábamos, mientras varias pick-up se preparaban para rápidamente descargar los materiales y las piezas de valor que habíamos rescatado del laboratorio y del campamento.

—Creo que ya te toca descansar, se acabó todo —me dijo Ricardo Flores cuando me vio llegar.

—Venía siendo hora desde hace rato —le dije estirando el cuello y girando la cabeza.

—¿Qué van a hacer con estos soldados? —preguntó don Héctor.

—Se regresan en el helicóptero, ya hablé con mi contacto e inventaron que hubo un ataque sorpresa y que estos fueron los sobrevivientes.

—Hasta yo llevaría un mejor registro —se rio Katia mientras se subía a una camioneta, la niña se veía bastante cansada.

—Creo que la voy a seguir —le dije al empresario.

—No entendiste lo de que se acabó todo. Ya sentenciaron al Alacrán, va a estar guardado en la Ciudad de México, seguramente lo van a matar.

—¿Por qué dice eso con tantas ganas?

—Ya se hizo público que es enemigo de todos los cárteles, que por su culpa ha habido varias rupturas y que ha revelado información importante al Ejército para la captura de varias cabezas. ¿Crees que no se van a vengar? —me volteó a ver don Héctor.

—El Julio me habló y me dijo que, para terminar de demostrar nuestra fidelidad hacia el cártel de Tacuilola, tenemos que ser nosotros quienes matemos al Alacrán.

 

De pronto no supe qué contestar.

 

—¿Ya le puso fecha?

—Todavía no. Gobierno no ha puesto fecha de traslado todavía.

—Pues bien dijiste que a descansar. Es lo que toca ahorita. Mañana empiezo a ver qué se puede hacer para salvarlo —le dije sabiendo que la pesadilla todavía estaba lejos de terminar.

 

Pasé aquel día pisteando. Por tercera vez nos echaban a perder los planes para tomar el cártel de Tacuilola. Aun no entendía por qué seguía defendiendo al Alacrán. Yo fui quien le advirtió en las tres ocasiones que debía dar un golpe terminal para lograr sus objetivos, pero siempre me ignoró, y siempre jugó con la presa, que al final terminó siendo depredador. Tres veces pasó eso y me había fallado. ¿No sería mejor irme con alguien más? Terminar de darle mi lealtad al Quino, al Julio y a los Ramos. No iba a valer la pena seguir a un delincuente odiado por todos los demás criminales, que estaba en la mira de todos los narcotraficantes y que se volvía en un indeseable para cualquiera.

Las caguamas fueron pasando más rápido que las horas, en la tele del cuarto en el que vivía, la mona de las noticias no dejaba de hablar de esta noticia, y me repetía cada segundo cómo la captura de Alan y del Quino habían ocurrido casi por milagro, y que, si eso no hubiera ocurrido, en estos momentos mi gente, yo mismo, fuera de las personas más importantes para este grupo.

Terminó oscureciendo. Varias veces me había sonado el teléfono, sabía bien que eran Ricardo Flores y don Héctor, pero qué caso tenía contestarles, si al fin y al cabo el proyecto que habíamos hecho estaba en la basura, aplastado de forma mortal por culpa de unos malditos rancheros.

En algún momento, del que ya casi no recuerdo nada, agarré el celular y lo estrellé contra la pared, se me hizo que empecé a llorar, mientras me acordaba de mi padre, que murió defendiendo al tío del Alacrán, y que en sus últimas palabras me dijo que dejara este negocio, que mejor me dedicara a otra cosa y que hiciera algo bueno. ¿Por qué no le habré hecho caso? Entre recuerdos, sueños, corajes y tristezas, caí dormido, hasta que se me hizo escuchar la voz de un chamaco, una voz bastante conocida, que no me traía buenos recuerdos; después de eso una cachetada y entre borroso por culpa del montón de luz que me daba directo a la cara, vi el cañón de un arma a escasos diez centímetros de mi frente, apuntando a un lugar en medio de mis dos ojos.

© José María Rincón Burboa.

 


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