Zona chilanga | “Avelina Lésper me la pelas”

Zona chilanga | “Avelina Lésper me la pelas”

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—¿Cómo llegaste aquí? —En metro. —Qué graciosa, te pregunto qué bajo motivo grafitero o lesperiano te trajo hasta aquí. —¿Perdón?…alcancé a decir compermisito y me largué unos minutos; me di cuenta de que los ánimos estaban muy caldeados. El motivo: Cupo lleno. Los jóvenes no pudieron entrar al museo. Ellos —al igual que yo— querían escuchar los argumentos de quien se atrevió a decir que el grafiti es un acto vandálico realizado por descerebraos. —Un amigo dice que allí adentro se están dando con todo, que parece verdulería, me dice la chava que está a un lado mío al tiempo que revisa su celular. Como pude me senté a hacer guardia en la puerta del museo, no podía irme sin escuchar la defensa a la ofensa por el grafiti: “Avelina Lésper me la pelas”.

A falta de cupo, la banqueta también sirvió y se armó tremenda discusión; que si qué es arte, que la definición es subjetiva, que cualquier tipo de manifestación humana es importante, que el observador decide, que el grafiti no es arte, que claro que sí, que eso no importa… Yo como merolico asumo que están enterados. Resulta que la crítica de arte Avelina Lésper se enteró de una pinta que había en una calle de la ciudad, que decía: Avelina Lésper me la pelas. Ella, directa como es, en carta pública, invitó a los autores a dialogar y a discutir el punto. Ese es el motivo por el que estamos haciendo guardia, hoy sábado, en el Teatro de la Ciudad. Ilusos todos, pensamos que alcanzaríamos cupo.

Luego de varios intentos, casi dos horas después, las credenciales de La tía Juana sirvieron y que me apersono. Justo estaban con preguntas y respuestas. Tres ponentes en la mesa —un artista visual, un grafitero y el director del museo—, acompañaban a Avelina. El artista dijo: “Yo tomé un aerosol porque quiero embellecer mi ciudad, por eso decidí pintar mi barrio. Decidí quitar toda la miseria que había en mi calle. Crear algo bello y regalárselo a la ciudad. Quisiera que los niños pueda expresarse y crear una memoria. Hagámoslo. Después veremos si tiene un valor artístico y estético. Quítense las avelínas que tienen en la cabeza…”

Un asistente intervino diciendo que a él nadie le había preguntado si quería salir de su casa y ver un grafiti, que por qué estaba obligado a verlo, a lo que le respondieron que nadie obligaba a nadie, que en ese sentido pasa lo mismo con los anuncios publicitarios de todo tipo —servicios, productos, educación, política—, y tampoco nadie nos ha preguntado nada. Otra joven comentó que ella admiraba la aguda crítica de Lésper, pero que en esta ocasión no estaba de acuerdo con ella: “Eso de generalizar y decir que los grafiteros con vándalos es una aberración”.

Tres horas y media y la discusión no bajó de tomo. Conclusión: sin puntos de acuerdo. La agredida terminó diciendo: “A mí no me la pelan. No me la pela nadie”. Tremendas discusiones se dan en la Zona chilanga. Salí recordando lo que escribió otro crítico de arte: “Todo lo que llega a ser conmovedor y sustancial cumple con uno de los mayores principios estéticos, mínimamente crear belleza”.


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