Zona chilanga | Música… ¿compralona?

Zona chilanga | Música… ¿compralona?

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Mi vecina no se explica porqué, pero siente vértigo cuando escucha los cantos gregorianos cada que va a una iglesia. En cambio se siente empoderada cuando entra a una tienda departamental y, algo en el ambiente, le deja el ánimo dispuesto para probarse cuanta cosa se le ocurra. Le gusta verse al espejo y echar a la canastilla, sin ningún remordimiento. ¿Qué pasa?, ¿es la música, el lugar o su compulsión por las compras?

Leyendo sobre los efectos de la música, recordé aquella discusión donde se concluyó que los narcocorridos incitan a la violencia, por lo tanto debían dejar de tocarse en las radiodifusoras. No sé si eso resultó —menos narcocorridos igual a menos violencia—, pero mientras no estemos convencidos de que la música sí produce un efecto y un estado de: tranquilidad, sensualidad, nostalgia, tristeza, picardía, alegría, violencia, ooooo fortaleza y anestesia para sentirnos poderosos y comprar y comprar cosas que no necesitamos —realmente de esto quiero hablar— donde oír y obedecer van unidos —según Pascal Quignard—, es que seguimos condenados a sus efectos.

¿Será que algo saben quienes ponen la estruendosa música —bocina sonidera— en las banquetas de tiendas de autos, mercados, farmacias, elektras, bodegas, almacenes…? ¿Será que quieren imitar el efecto de los carritos de helados que solo escuchar su tintineo corríamos a su encuentro? En mi caso, más que atraer, no veo callejón alterno para emprender la estampida. Pero ojo, quienes sí saben hacer muy bien su selección musical, son las cadenas de marcas trasnacionales, esas que te hacen sentir la artista de moda, a la que no hay precio que espante ni tarjeta que limite.

“La música logra sublimar o exaltar los instintos más salvajes”, dice Quignard —ni duda. La oreja no se puede cerrar cuando se encuentra con: el frenetismo del rap, la suavidad del piano y la sensualidad del saxo; llegan emociones distintas. Para los nazis, según Quignard, la música era control, la sinfonía de Warner marcaba el ritmo en que marchaban los soldados, y también fue el soundtrack de exterminio, cuando era lo último que escuchaban millones de personas al morir en las cámaras de gas. En nuestra época, la selección no es inofensiva y, lo que escuchamos, a ciertos decibeles, provoca un deseo incontrolable que nos impulsa a ciertas acciones.

Si los mantras en el budismo dan armonía, los altos beats en una tienda de moda nos incitan tramposamente a que recorramos los pasillos y sintamos cierta prisa por comprar una prenda, que seguro no necesitamos y no nos pondremos, pero, ¿por qué no comprarla y darme el gusto? Tal parece que el impulso por comprar una blusa, vestido, playera, collar o un maquillaje, que no necesitamos, se acompaña por un sonido de moda; con artistas también de moda que nos ponen a la moda —aunque la semana que entra todo haya cambiado y necesitemos comprar otras cosas.

¿Pues que no durábamos años con los mismos Sergio Valente?, ahora parece que la moda también lleva la misma prisa de su música, esa que vamos cantando a la hora de comprar, sin pensar que quizá otros jóvenes están siendo explotados, del otro lado del mundo, para costear los bajos precios con el que nosotros compramos en la tienda más fashion, con luces potentes y videos del artista favorito, curiosamente luciendo la chamarra que quiero comprarme —por cierto hay una que dice: Mexico is the shit, bueno, nomás… ¡no entiendo!

Toooodo me dice que caemos redonditos a las imposiciones de otros más listillos que producen sin ton ni son artículos innecesarios —eso sí que no tiene nada de chic. A la hora de la verdad todo se olvida y ay te vamos como borreguitos, según bien cools, a uniformarnos con la engañosa moda desechable.


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