Los cuentos de Chema Rincón | La lluvia

Los cuentos de Chema Rincón | La lluvia

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Este calor, no como el que les gusta a los extranjeros, este calor es pegajoso y pesado, lleno de humedad. Inicia desde antes de que salga el sol, cuando sales de tu casa y ves en el horizonte, sobre las altas montañas de la Sierra Madre Occidental, un nublado imposible de encontrar en otros lugares en otros momentos: en el cielo flotan algodones gigantes, blancos y limpios, que reflejan la luz y vienen acompañados con una mínima brisa apreciable cada tanto de hora.

Y cuando esos brillantes y calientes rayos del sol que se intensifican a grado de infierno al mediodía, cuando ese cielo limpio y azul no te protege de nada, es cuando debes entrar a una zona arboleada para cubrirte. Sobre ti un techo de árboles, con el canto de las bellísimas urracas azules que revolotean entre las hojas, a través de las cuales se filtra una luz verde que te ciega, forzándote a entrecerrar los ojos cuando sales a un claro.

Pasado mediodía, las nubes ya han usurpado gran parte del territorio antes azul brillante, y dejan en las penumbras a las montañas, ahora esos nubarrones que cada vez se oscurecen más, se mueven con mayor velocidad y a una altura mínima, las acompaña un viento que hace que todo se mueva de forma violenta, haciendo que se formen torbellinos en el cielo, y que las nubes choquen entre ellas. Un sonido fuerte se escucha, ¿fue un relámpago?, sientes dos o tres minúsculos, mínimos piquetes helados, el suelo se empieza a puntear de colores oscuros, el ambiente empieza a refrescarse, y de pronto llega una ráfaga de aire aún más fuerte, que trae consigo un aroma a humedad, y con segundos, vas escuchando un murmullo que se acerca.

Y esa bella fiesta inicia: ese ligero ataque de las gotas contra el suelo se enfurece, y combinado ese sonido de golpe líquido, con el de ese aire que ahora es frío, sumando el de los charcos que empiezan a formarse, se crea una música hermosa, una fiesta a todo volumen, y revives, pues a pesar de que sabes que al sentarte te mojarás, respiras y te recuestas donde un árbol se une al suelo, y dejas que ese precioso ambiente te lleve.

A esta melodía se le unen los sapos, esos grillos y aquellas chicharras. Asustados, los pájaros que unas horas atrás revoloteaban con calma, ahora pelean inútilmente contra ese viento y terminan posándose en las ramas de los árboles que suben, bajan y se mecen de una forma que hace olvidar su rigidez de invierno, desde ahí, deciden que dejarán de pelear contra esa tormenta y se unirán al festejo.

En este espectáculo se empiezan a oír muy de vez en cuando esos golpes secos: mangos que han caído para disfrutarse en ese oasis frío, las tunas también brillan con singularidad en medio de aquellos tonos grisáceo y las últimas ciruelas terminan de caer de los árboles en esos instantes. Los rayos no se hacen esperar y hacen temblar al suelo, haciendo brillar el ambiente por fracciones de segundos, un montón de chispas salen de un cable: no hay electricidad. A lo lejos, las campanas de la capilla del rancho también bailan y cantan, movidas por la alegría del viento. Y uno suspira, gozando de ese frío momentáneo, mientras escuchas un rugido a lo lejos.

Para entonces ya descansas, ya vuelves a ser tú mismo. En ese instante, y contra la voluntad de todos, esos relámpagos se van alejando, y aquel viento afloja, mientras la llave del cielo se va cerrando. Entonces la luz escasa del crepúsculo hace un último intento por llegar a esa tierra que no puede beber más. Los pájaros nuevamente revolotean alegres en el clima fresco, a lo lejos, las cuichis inundan con su canto el monte mientras vuelven a sus nidos, los insectos se unen a una misma canción al tiempo que los zorrillos, los armadillos y los cholugos, salen de sus escondrijos para apreciar la belleza del paisaje. En ese momento, escuchas un rugido constante, que se ha intensificado al mismo tiempo que la lluvia, y decides ir a buscarlo: te internas entre el monte y así, cuando ves que la araña observa esos pequeños diamantes redondos en su telaraña de plata, te acercas aquel fuerte ruido que escuchaste unos minutos atrás, y ves que el arroyo corre de forma caudalosa.

Tras admirar eso por varios minutos, regresas tras tus pisadas, pero ahora vas pisando un lodo fresco y relajante, que masajea entre los dedos de tus pies y te refresca. La oscuridad empieza a reinarlo todo. Elevas la mirada y vez esas nubes nuevamente reuniéndose, formándose para continuar la fiesta. En medio de la noche, los relámpagos proveen iluminación, y se ven correspondidos por luciérnagas que responden con sus diminutos brillos, buscando pareja para una hermosa danza que se extenderá por toda la noche.

Mientras cenas, cae una llovizna, no se distingue ya si son las últimas de la lluvia de la tarde o las primeras de una lluvia nocturna, te arrulla ese canto del monte, hasta que escuchas un fuerte chapoteo en el arroyo que ya está calmado: entonces te das cuenta de que fue una tortuga entrando a nadar, porque también de noche y bajo el agua hay algo que festejar. Un viento refrescante te envuelve, cierras tus ojos y terminas de descansar: eso es vida, eso es naturaleza, eso es lluvia.

© José María Rincón Burboa.

 



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