Los cuentos de Chema Rincón | La muerte de mi padre

Los cuentos de Chema Rincón | La muerte de mi padre

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Dos años atrás había muerto un polémico empresario sinaloense: todos sus negocios habían aparecido de la noche a la mañana y tuvieron un crecimiento exponencial como ninguno de sus competidores lo tendría en décadas, lo que hacía pensar a muchos en un nexo con el narcotráfico. Tras su fallecimiento, se expandió un fuerte rumor: su primogénito, que nunca había recibido la aprobación de su padre, fue quien lo asesinó para hacerse de todos sus negocios. Y las dudas se agudizaron cuando en el testamento todo aparecía a su nombre.

Las averiguaciones llevaron a un hombre que fue señalado como asesino, quien fue encarcelado al poco tiempo, pero no se pudo comprobar que esta persona trabajara para el hijo mayor. El caso se olvidó y quedó flotando por veinticuatro meses, tiempo en el que los demás hermanos pagaron investigadores privados para que obtuvieran pruebas de la realidad y pudiera conocerse el hecho completo.

Aquel día, el mayor de los hermanos fue llamado a declarar. Frente a su familia empezó a dar su respuesta a la pregunta del juez, y si bien aquel hombre nunca fue respetuoso con su padre, ni responsable como para heredar los negocios tampoco fue un modelo para que las personas lo siguieran. La única cualidad de este hombre era una magnífica capacidad de oratoria y de convencimiento.

Así, con unas ligeras lágrimas y un rostro entristecido, empezó a hablar:

 

—Yo no maté a mi padre, pero a veces me he sentido como si hubiera contribuido a ello. Y es que el proceso fue bastante pesado: cuando eres hijo de uno de los hombres más ricos del este país, tiene lógica que hayas intentado matarlo. Pero todo esto de las investigaciones, la posibilidad de un asesinato, los interrogatorios y el juicio que separó y dividió a nuestra familia, me ha dejado con la mente despierta, por eso, sigo sintiendo por rachas, que yo fui quien puso el punto final a esa vida. Tal vez la situación que yo vivía antes de su muerte explica el estado de mi conciencia: mi pequeña recién nacida estaba gravemente enferma, mi mujer y yo habíamos tenido varios conflictos y las deudas pudieron hacer que perdiera mi casa. No me malinterpreten, pero la herencia de mi padre me ayudó a salir de aquella maraña de problemas, probablemente, sea por eso que pienso que le robé, que me apalanqué con su muerte. Sin embargo, mi inteligencia me vuelve a decir que yo no lo asesiné; aun cuando veo al culpable en la cárcel y cuando paso tiempo con mi mujer y mi hija, cuando disfruto de prosperidad económica y estoy con mis buenos amigos, no dejo de pensar en mi padre. Aun no entiendo el remordimiento que me carcome. Le he preguntado al sacerdote mil veces por qué me siento así, pero ni siquiera él tiene una explicación. Hermanos, no entiendo el porqué de sus celos, me encantaría ser recibido por ustedes, y ayudarlos a recuperar la paz. Nuestro padre ya se ha ido, pero nosotros no debemos separarnos, para honrar su memoria.

 

Fue una intervención corta pero impregnada de sentimientos fuertes. El juez permitió que cada quien se retirara. Mientras el primogénito salía, ninguno de sus hermanos cruzó palabra con él, ni siquiera su madre.

Su mujer, asustada, lo esperaba afuera del lugar. En cuanto el hombre subió al carro, su esposa, llena de nerviosismo empezó a bombardearlo con preguntas:

 

—¿Cómo te fue?, ¿crees que pase algo?, ¿te irán a encarcelar?, no quiero vivir sin ti, imagínate a nuestra hija…

—Todo bien, sabes que mi conciencia está limpia, hablé con tranquilidad y franqueza, el juez entenderá, sabes que para darme calma a mí mismo y poder exponer bien lo que pasó, solo necesito esta frase que siempre va en mi cabeza, una y otra vez, debo repetírmelo continuamente para recordarme que yo no lo he asesinado: “Yo no maté a mi padre, el veneno que le di fue el que lo mató”.

© José María Rincón Burboa.

 


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