Los cuentos de Chema Rincón | Mi secuestro

Los cuentos de Chema Rincón | Mi secuestro

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Pasó lo que tanto me temía. A estas alturas no se vale arrepentirse, no debí jugarle al vivo. Robarle mercancía a tu patrón nunca es bueno, y menos cuando lo que traficas son hierbas en el mercado negro. No terminaba de salir del tianguis cuando me llovieron golpes, y en un rato me tenían amarrado de pies y manos, con un paliacate en la boca y una bolsa en la cara. Rápido me aventaron en una camioneta y arrancaron.

Sabía lo que seguía: me iban a encontrar en pedazos en alguna hielera, metido en un tambo con ácido, acribillado a la orilla de una terracería, o con la cara desfigurada, en el mejor de los casos, nada más con un plomazo en la cabeza. Iba a tener que aguantar vara, más de un morete me iba a llevar, la sangre iba a sobrar y seguramente se iba a hablar de mí un rato. Pero no pensaba en mí, pensaba en mi hija y en mi mujer, ¿cómo iban a salir adelante?, ¿y si nunca encontraban mi cuerpo?, ¿a quién le iban a llorar?, ¿se vengarían también de ellas?

Para cuando frenamos solo le pedía a Dios un último perdón para mí y compasión para mi familia. Oía a mucha gente, seguramente estaba en algún lugar lleno, no estaba tan oscuro y pronto supe quien era el jefe, cuando lo escuché ordenar que me bajaran.

—Ahora sí, cabrón, no te la vas a acabar —esperé el primer golpe, pero me quitaron la bolsa y pude ver a un policía. Respiré: tal vez la friega iba a estar pesada pero ahora sí tenía esperanza de salir con vida.

—Necesito agarrar a tu jefe, vas a empezar a hablar —me dijo.

—No trabajo para nadie, como pudo ver me muevo yo solo.

—Esa marihuana, es mucha, no la siembras tú.

—La robo, y por eso no es mi jefe la persona de quien usted habla.

—Pues me vas a hablar de él.

Empezó así el interrogatorio al buen estilo de la DFS. Pero sabiendo que iba a salir vivo, gané fuerzas para aguantar el montón de tiempo con la cabeza bajo agua, con alfileres en las uñas y toques en todo el cuerpo. Al final solté algunas cosas que sabía, pero mucho de lo que me preguntaron yo no lo conocía. Perdí varios dientes, todas las partes de mi cuerpo estaban hinchadas y cuando en la noche me fueron a aventar a una celda, me di cuenta de que traía varios huesos rotos. Me dolía respirar y sentía el sabor de la sangre en la boca.

Fueron cuatro días, pero aguanté como debía ser. Me tenían a pura tortilla y agua. No hubo ninguna ida al baño esos días ni remedios para calmar el dolor. En la noche no podía descansar pensando en mi mujer. Hasta que finalmente llegó el momento en que vieron que no sabía lo que querían.

—El juego ha cambiado —me dijo el investigador —ya vimos que eres un ladrón, y por eso el Cártel no te confía nada.

—Se lo he dicho y se lo mantendré, no tengo la información que me pide.

—Lo entiendo y te creo, pero si te suelto ahorita lo más seguro es que corras a derechos humanos, o irá Dios a saber dónde, y lo último que quiero es perder mi trabajo y terminar en el bote con ratas como tú.

—No haré eso, se lo prometo, me iré a otro lado y no volverá a saber de mí, podemos hacer un trato.

—Ya lo hice, no te preocupes, y hoy mismo saldrás de aquí —me sonrió.

En momentos así es cuando empiezas a creer en que Dios es bueno. Me vi durmiendo en casa con mi niña y con mi esposa, cuando vi que los policías le abrían la puerta de aquel cuartito al patrón, al hombre al que yo le robaba la mercancía. Le puso dos billetes de quinientos en la mano al investigador, firmó un papel a mi nombre mientras leía en voz fuerte.

—Salgo sano y a salvo de este interrogatorio, reconociendo que se respetaron mis derechos.

Y finalmente se rio mientras me pasaban a una silla de ruedas.

—Ya pagaste a la justicia lo que le debías, ahora me vas a pagar a mí —me dijo mientras me aventaban en una pickup.

© José María Rincón Burboa.

 


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