Zona chilanga | Agotamiento sexenal agudizado

Zona chilanga | Agotamiento sexenal agudizado

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Desearía que si un niño trabaja sea porque alguien quiere inculcarle el sentido del deber y de la responsabilidad y no porque deba llevar dinero a la familia. Que si menciono mi lugar de nacimiento solo sea para ubicar mi raíz geográfica y no para vanagloriar cualidades que no tienen sitio. Que si alguien desea emigrar sea porque quiere conocer otro país o porque el nuevo destino le augura crecimiento en todos los sentidos no porque necesite resguardar su vida. Que si una mujer decide tener un hijo sea porque lo desea y no porque la obligaron a tenerlo. Que si alguien decide ser mujer cuando nació hombre sea capaz de salir a la calle y plantarse con toda su hermosura. Que si alguien elige ser payaso sea capaz de rechazar la abogacía. Que si alguien quiere tener por mascota a un lagarto sepa que cuando crezca puede comerle sus gallinas…

Debe ser la música barroca, la trasnochada a causa del puntilloso mosquito o la inacabada luna que mantiene mi vigilia; todo eso junto o solo el cielo otoñal que me ha provocado un alterado estado de conciencia. Ese estado que provoca una mirada distinta, eso que: te hace ver una mancha de gente que arriesga todo para atravesar un territorio ajeno e incierto pues ya no tiene nada más que perder en el propio, escuchar a un grupo de individuos discutir su justificado regionalismo en aras de una necesaria identidad, saber de un grupo de mujeres desnudas en la calle argumentando que solo ellas deciden sobre su cuerpo, votar sobre la conveniencia de una megaobra cuando el tráfico aéreo se verá disminuido en pocos años —será innecesario desplazarse, la tecnología seguirá conectando al mundo—, maldecir las teclas de un teléfono sobre la aplicación que garantice mi correcta operación bancaria…

Salí de mi letargo y caminé sobre las hojas reales, secas y crujientes. Un tipo comentaba con otro lo injusto que es el mundo, lo cruel que es tal país por prohibirle a sus ciudadanos salir de este y conocer otros lugares.

—Eso no es libertad, es esclavitud. Su contraparte prosiguió: —¿De qué esclavitud hablas? Tú vives en un país donde tienes que trabajar de sol a sol, con un sueldo que nunca te permitirá, no solo no conocer otro país sino siquiera visitar otra ciudad del tuyo y hospedarte dignamente en un hotel con tu esposa y tus hijos. ¿De qué libertad me hablas?

Cavilaciones resultantes por un agotamiento-sexenal-agudizado; ese que produce alucinaciones varias, amigos imaginarios, diálogos exiliosos, paisajes idílicos, comportamientos idealizados, traslados cibernéticos, seres hermafrodisiados, fronteras inacabadas… Justo termino de escribir mi nota y llega a mi mesa de café una mujer con la mirada extraviada y vociferando incoherencias; me pregunto si no pudo recuperar su vigilia y se quedó esperando las respuesta de la luna.


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