Zona chilanga | Entre pobres te veas

Zona chilanga | Entre pobres te veas

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Una colega recién publicó un artículo de lo grandiosa que es su madre y de la pobreza que esta tuvo que sortear durante toda su infancia; situación que definió su carácter y la ayudó a mantener a raya a sus propios hijos —algo así como una crianza de ternura salvaje.

La señora nació en un rancho enclavado en la sierra del norte, comía tortillas con sal, dormía en cama de mecates entramados, bajaba a lavar a un arroyo… aunque nunca les faltó la leche porque su padre tenía unas vaquitas, comían quelites, algunos frutos y animales del monte; aquí por si les interesa un fragmento https://www.noroeste.com.mx/publicaciones/view/las-alas-de-titika-ella-114783.

Resulta que el mentado artículo llegó a manos de una doctora en economía, quien se ha especializado en pobreza urbana, y allí es donde se armó buena.

Empezaron las preguntas: ¿dónde existe mayor pobreza, en el campo o en la periferia de las ciudades? Obvio que en las ciudades —dijo alguien— pues quien vive en la ciudad y no tiene empleo se queda sin comer, en cambio en los pueblos siempre se recurre a los familiares, a los vecinos, al abarrotero que fía; la gente todavía se conoce y no se ha deshumanizado —¡glup!, me acordé de algunos caciques y esos sí que no se compadecían, pero bueno.

Otro continuó: la mayor pobreza se vive en el campo ya que además de no tener empleos, las oportunidades de educación y desarrollo son casi nulas y eso conlleva a otro tipo de pobreza; la gente se siente desfavorecida y eso hace que se autodiscrimine.

La cosa se empezó a poner charrascalosa, y de estar hablando de esa pobreza que es no tener un taco pa’llevarse a la boca, pasamos a las otras y a los beneficiados de la pobreza de los demás. Hablamos de marginados, desigualdad y vulnerabilidad. Así que si alguien se interesa, aquí les dejo una bibliografía de la especialista y colaboradores: https://www.revistaciencia.amc.edu.mx/index.php?id=177.

Un participante más sensato quiso calmar los ánimos y habló de su experiencia de pobreza urbana. Nos puso a pensar.

“Nosotros vivimos en una vecindad —dijo eso y yo pensé en la del Chavo, pero nada que ver—, donde cada familia vivía en un cuartucho; así fuéramos cinco, siete o diez miembros. Había un baño para toda la vecindad y comíamos tortillas con chile o cáscaras de papa guisadas, cuando bien nos iba. Tomábamos té de lo que fuera. Para la Navidad, además, salíamos a limpiar zapatos —recordé el maravilloso artículo de Enrique Serna https://www.letraslibres.com/mexico/revista/la-oruga-humana— trabajábamos el doble para comprar un pollo —casi como el pollo de Macario— y sentir que ese era un día especial, un día de amor. Salíamos al patio de la vecindad y ese día también éramos pobres, pero una gran familia”.

¿Será que la pobreza nos marca distinto?, ¿será que hay hambres que pegan más que la falta de comida? Siempre habrá alguien más pobre o más rico y en ese sentido habría que averiguar el grado de satisfacción de las personas pobres contra el nivel de frustración de las personas económicamente pudientes, que no ricas. ¿Será que a barriga llena corazón contento?, ¿o es solo un dicho como muchos más?


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