Zona Chilanga | Noche mortecina

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Llegó contenta a su casa, quería mostrarle a sus padres el pan que había decorado por la festividad del Día de Muertos. Lo saca de una bolsita de papel y lo pone en un plato, en el centro de la mesa. Su padre toma el pan, callado empieza a quitarle las escarchas y los decorados, la mira a los ojos y le dice: “El pan no se desperdicia. Con la comida no se juega”.

Comieron en silencio y eso marcó a mi amiga para siempre —su padre fue un inmigrante alemán que había padecido la hambruna de la Segunda Guerra Mundial. Ahora mi amiga recorría las coloridas ofrendas y pensaba que su padre nunca había entendido la tradición mexicana de compartir la comida con los muertos —él, que había perdido a toda su familia en la Alemania nazi— cuando los vivos la necesitan más.

Ella me contaba sobre su padre y yo le decía que en mi pueblo, cuando niña, se velaba a los muertos con una tina de hielo debajo del cajón; eso evitaba que el cuerpo se descompusiera y durara el tiempo reglamentario antes de caminar con él al panteón. Ambas coincidimos en que ahora hay mucha festividad, pero menos tiempo para acompañar a nuestros muertos; que en estos días se muere con más asepsia, pero con menos calor humano; que entre el arrebato y la tramitología para el sepulcro no hay un tiempo de calma para entender que no ha sido un sueño.

Su padre decía que ver la muerte violenta en manos ajenas es un crimen que ha vivido la humanidad a través de los tiempos y que eso es algo de lo que solemos ser conscientes solo a medias. Hablábamos eso y encontramos una ofrenda en honor a los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Nos detuvimos y acompañamos. Hoy, velar a los seres queridos es una bendición que no todos tienen. “No lejos. No desaparecido. No sin identificar”, decían. ¡Qué difícil es dar un lugar a la muerte! ¿Dónde poner la vida y los momentos compartidos de quien nos ha dejado? ¿Cómo explicar al subconsciente que tu hijo ya no está y ni siquiera te dijo que ya no volvería? No importa, ahora lo tienes contigo, cerquita de tu cuerpo, sin prisa para abrazarlo y ver su rostro, aunque su corazón esté quieto. Una muerte en paz, instantánea, repentina y sin sufrimiento, es el consuelo que queda para acallar el dolor. ¿Y qué de aquellos que simplemente son arrebatados?, desaparecen y ya no regresan. ¿Dónde están?, ¿qué les hacen?, ¿siguen vivos?, ¿están sufriendo? Sí, sin duda hay una muerte que no encuentra consuelo y que enloquece la razón de aquellos que esperan en casa a que el desaparecido regrese.

Mi amiga se quedó. Yo seguí caminando y me dejé llevar por la inercia de la festividad. Imaginé la manera y la forma en que mi cuerpo sin vida sería entregado por médicos a los desconocidos empleados de una agencia funeraria; me habría gustado más pensar que en lugar de eso mi cadáver sería entregado a mi madre, tal como lo reproduce Miguel Ángel en sus esculturas. Que ella entendiera que acabó mi ciclo natural y que en sus propios brazos, tal y como llegué, terminara lo que fuera mi vida… En eso pasa un diminuto esqueleto andante, enfundado en el cuerpo de un chamaco y me turba el pensamiento: “¿Me da para mi calaverita?”, jamás he entendido eso.


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