Zona chilanga | Complejo Cultural Los Pinos

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Quería ser la primera, pero otra doña me ganó —¡chin!, llegó a las siete de la mañana. Era sábado y yo faltando a mi clase de zumba para estar allí; no sé ustedes, pero yo sí dejé todo por estar justo ese día. Con todo y mi carita de Pikachu —así me sentí apenas escuché la noticia—, me subo al metro con todos los superpoderes que me invadieron.

El primer atorón fue que me equivoqué de estación y caminé y caminé —bajaron mis superpoderes y el sol empezó a debilitarme. Les aviso que la estación más cercana es Constituyentes, no Chapultepec. Luego de la paseada, llego a Los Pinos y lo primero que veo es a un hombre vestido de verde que no interrumpe mi paso.

Avanzo unos pasos y un tumulto se está fotografiando con una hermosa ave, continúo y escucho: “El 30 de noviembre de 1934, al jurar como presidente de la República, Lázaro Cárdenas escribió en sus apuntes: “Determiné no vivir en el castillo de Chapultepec, que ha venido sirviendo de residencia al presidente de la República, para que el público pueda visitarlos con toda libertad. El 95 por ciento de la población no conoce el interior del castillo, que es gran atractivo por su ubicación y sus antecedentes históricos… allí empezó la historia y yo no aguantaba la sed.

 

—¿Disculpe, dónde está la casa Miguel Alemán? —Tiene que caminar hasta el fondo, bajar la rampa, tomar la calzada, ingresar por la puerta 3, subir y allí verá la entrada. ¡Qué bueno que no hice la clase de zumba! Agrego que yo entré por la puerta 1, si quieren llegar directo a esa casa (hay varias) el metro más cercano sí es Chapultepec. Allí sí, mis pertenencias pasaron por su detector; todo en orden y sigo mi camino. Llego a la entrada de la entrada y otro tumulto de fotografiantes; me incorporo a la fila y para mi sorpresa avanzó rápido. El hambre me invadió y saco mi manzana. Me sentí mejor, pero mis poderes los recuperé cuando di paso al interior. Un ensamble de músicos entonaban una pieza de lo más bella. Mi imaginación voló y avancé con el grupo.

Salones, despachos, recámaras, salas, vestidores, cocina, alacena, otras salas, otros salones, comedor de invitados (28 plazas), sala de cine (42 sillones VIP), búnker (Felipe Calderón, con nombre y todo). Las paredes estaban blancas totalmente, no vi jarrones ni vajillas ni camas ni cuadros solo algunos sillones y sí un gran comedor de fina madera. Caras y comentarios de todo tipo. Fotos y video por todos lados. Alguien explicaba: “Y entre casas para visitantes distinguidos, salas de juntas, oficinas públicas, se fueron construyendo calzadas o galerías de estatuas (las de la Reforma, de la Democracia, de los Presidentes), y Los Pinos terminó abarcando un espacio de 56 mil metros cuadrados, catorce veces más grande que el de la Casa Blanca, residencia del presidente de los Estados Unidos”. Me agoté y ya no recorrí las otras casas, solo la Miguel Alemán que fue donde vivieron Díaz Ordaz, Luis Echeverría, López Portillo, Miguel de la Madrid, Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo y Peña Nieto; de este último me resonaba su insensible frase: “Ya supérenlo”, lo dijo así como quien le dice a una novia que olvide a su ex, pero no, se refería a los padres de los normalistas de Ayotzinapa.

No están para saberlo, pero por viejos quehaceres fui a dar a Los Pinos en algunas ocasiones; las indicaciones y preparativos eran tales que parecía que se ingresaba con intenciones paracaidísticas. Una vez dentro las reglas eran de cuartel militar; sentía ojos vigilantes todo el tiempo. Ahora las puertas de Los Pinos se han abierto y sin promedio de 10 cualquier hijo de vecino puede recorrer toooodo el interior. Pensé en mi noviecito de primaria y en su desencanto al saber que cualquier chúntaro, empezando conmigo, podrá regocijarse en tan bello lugar.

Y, ¿el respeto al terreno ajeno?, nada de eso, Los Pinos pasan a ser el Complejo Cultura Los Pinos; regresó a ser una sección más del Bosque de Chapultepec —creo que mi querido Dehesa estaría contento.


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