Zona chilanga | ¿Un hombre de verdad?

Zona chilanga | ¿Un hombre de verdad?

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Su padre se lo había dicho: “Eres estudiante y puedes equivocarte, pero cuando te gradúes tendrás que ser un hombre de verdad”. Nadie le había dicho qué era ser un hombre de verdad, los ejemplos que tenía lo habían confundido siempre. Había terminado la universidad y ahora sus ideales no eran más que sueños subversivos. Debía de hacer algo útil con su vida, formar una familia…

“Un hombre de respetarse debe tener un trabajo respetable”. Tener un empleo no es suficiente. No fue fácil, su padre siempre quiso un trabajo decente. Uno de esos donde los hombres van bien vestidos, donde gozan de vacaciones y de seguro social; era la oportunidad de darle el gusto. Meses enviando currículos; nadie lo llamó. Por mientras, aceptó un trabajo respondiendo teléfonos en un call center. Ocho horas diarias haciendo llamadas al azar. Escuchado un “no gracias” cuando bien le iba. Debía mostrar resultados y ser proactivo. ¿Proactivo? Su vecino de escritorio le había dicho que debía hacer méritos, pero con los jefes de arriba. Lo intentó. Empezó a hacer cosas de esas que hacen dudar. “Es la forma de ascender”, le había dicho su amigo. Así fue; le dieron su propio cubículo.

La familia estaba orgullosa. Su padre no perdía la oportunidad de presumir con los vecinos: “Un profesionista”. ¿Esos eran los hombres de verdad? Hacía comparaciones y sus dudas empezaban a aclararse. ¿Resignación?, no veía otra cosa en la vida de esos hombres. La corbata empezó a estorbarle. No pudo. Renunció. Su padre le dijo que no era una buena señal: “Hay que sufrir para merecer”. Su padre sufrió; nunca mereció. Trabajó sin descanso a fuerza de querer guardar algo “para un día de enfermedad” o “para cuando llegara a viejo”. ¿Así envejecería él?, él que no había alcanzado ni un crédito decente; todavía debía los dos trajes. ¿No había sufrido lo suficiente?, ¿debía trabajar el doble que su padre?, seguro no…

Se empleó en una cafetería de moda; por mientras. Seguro lo llamarían. Escuchaba la plática de los clientes, veía sus ropas y le tentaba estar del otro lado de la barra, ser uno de ellos… ¿oficinista cumpliendo órdenes de alguien a quien no le importa en lo más mínimo el esfuerzo de los demás? Quizá no, quizá ellos corrían con otra suerte, no tenía deseos de averiguarlo. Veía a las muchachas y no creía que alguna le hiciera caso. Insistía; “nosotros le llamamos”. Después de todo, el trabajo en el café tenía cierto encanto; escuchaba más que conversaciones: confesiones. La mayoría estaba harta de sus jefes; no veía la hora de mandar todo al carajo y dedicarse a hacer lo que realmente quería; antes debía pagar las deudas. Casi todos hablaban de las cuentas pendientes; cuatro, cinco años era el tiempo promedio. Otros iban más lejos, ya habían solicitado el crédito de vivienda; quizá unos veinte años.

Su vida social no era nada envidiable; más bien decían que era un pobre diablo. Al poco tiempo dejó de importarle. “¿Un hombres de verdad?”, sonreía. Terminaba su jornada y caminaba rumbo al metro. Casi nunca alcanzaba asiento; se imaginaba dentro de una jungla siendo el más feroz de los personajes. Veía a los tipos de traje y sus miradas le revelaban las batallas que habían librado ese día. Llegaba a su cuarto de azotea y allí lo esperaba su gato. No cerraba la puerta, más bien se apresuraba a escribir las ideas que le habían surgido. Escribía y la imagen de su padre le venía “así no conseguirás hacer nada importante con tu vida”… por mientras, él sonreía, quizá su viejo tenía razón.

La tía Juana los apapacha y le desea un año nuevo sosegado y en paz.


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