Zona chilanga | Una extraña celebración navideña

Zona chilanga | Una extraña celebración navideña

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El cuadro perfecto: la mujer de mediana edad atareada en la cocina repasando todas las especias que había agregado al pollo; no queriendo olvidar nada para no perder la etiqueta de excelente anfitriona. La anciana ensimismada revisaba su última adquisición; una planta con quien hablaba y a quien le confesaba lo vivido en los últimos días.

Un anciano absorto en su mundo perdido; la sordera hacía tiempo lo había alejado de los suyos y ese día no tenía nada particular. La hija menor embrutecida no dejaba de teclear su celular; parecía que había olvidado responder sus mensajes por más de una semana. El hijo adolescente no perdía detalle del partido de futbol; el volumen invadía todo el departamento. Me repetí que todos estábamos allí para celebrar y compartir una cena de fin de año. Yo que era la invitada invisible, no sabía si ponerme a leer o sacar mi cortaúñas y terminarme la pedicura que había suspendido para no llegar tarde a la esperada y amigable cena de familia.

Bien me había dicho mi amiga sobrecargo, que ella prefería volar esos días pues en su casa hacía tiempo que todo se había arruinado: los hermanos se habían casado y olvidado de los demás, los tíos habían salido de pleito, su madre se arrejuntó con un hombre al que no toleraba y su padre hacía tiempo que se había adelantado. Ella prefería estar en las alturas ya que estar en tierra solo le hacía sentir la nostalgia de un tiempo vivido del que ahora no queda nada. En esa reunión varios lamentamos su sentir “debe sentirse muy sola”. Yo no me atreví a coméntele que tenía una invitación y que en esa familia aún conservaban el gusto por la celebración decembrina.

Veía el cuadro, más bien ya adentro, recordaba a mi amiga y habría preferido estar en las alturas; conservar la idea de las antañonas y bulliciosas reuniones familiares. El anciano entraba y salía de su mundo, como pidiendo que alguien lo tomara en cuenta y algo pudiera pescar de la plática, según él, que alguien más tenía. La anciana se levantó de su sillón, tomó una tijerilla y arrancó las puntitas de las hojas; sonreía satisfecha. Pasaban cosas —gritaban falta en la TV, un gol no anotado— y a la embrutecida hija nada la perturbaba, su mundo estaba lejos y distante de esas cuatro paredes. La anfitriona —con tremendo pollo en la cocina—, no dejaba de dar vueltas: que si la servilleta roja, que no, que mejor la verde, cortaba pan, sacaba jarras, ponía un plato, guardaba otro. Yo sin poder hacer nada, lo tenía prohibido, yo era la invitada. Pensaba en Liz, mi amiga sobrecargo, e imaginaba que servía una botella de agua a un pasajero que volaba a Japón, que ambos sonreían y que ella le preguntaba si su viaje era de placer o si debía cerrar algún trato con los parcos nipones. Mi amiga tendría pensamientos más imaginativos, en cambio los míos se concentraban en ese espacio del centro de la ciudad preguntándome qué hacía yo allí, pretendiendo no sentirme sola con un grupo de personas que estaban más abandonados que quienes deambulamos noctabundos por las calles… era válido, la Navidad era un tiempo de compartir y uno debía procurarse.

Recordé la Navidad que estuve en una central camionera esperando un camión que nomás no llegaba. La hora del brindis se acercaba y entré a un lugar a comprar una torta. Tomé asiento en una mesa larga y quedé al lado de dos jóvenes tomando café. Me preguntaron si esperaba tal camión —hablábamos del mismo—, y allí empezó todo. Un casual y natural encuentro nos acercó en una fecha especial. Conversamos de cómo habría sido de estar cada uno con los suyos… concluimos que ese día, entre desconocidos, nos abrazamos tan fraternalmente que era una auténtica celebración de Navidad; una noche de compartir paz y buenaventura… “No te conozco, pero te quiero vivo”, pensé en el poema de Diana del Ángel.

Un abrazo lleno de buenos deseos y cargado de amor


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