El Chapo: el otro inombrable

El Chapo: el otro inombrable

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Desde el parque La Alameda alcanza a verse la punta rapada de un cerro, donde piedras blancas forman el nombre de Badiraguato.

Pero esta tarde de viernes no es de nombres sino de alusiones. De cosas que se dicen a medias.

Andrés Manuel López Obrador no dice el nombre de Joaquín Guzmán Loera, aunque casi todos, bajo los álamos, saben a quién se refiere.

Es que de Badiraguato a Brooklyn hay un juicio de por medio y la identidad de un preso que ni el presidente de México tiene… en mente señalar.

“No hay que hacer leña del árbol caído”, dice. Y la imagen del ex líder de cartel de Sinaloa papalotea en la cabeza de muchos, políticos y gente de a pie.

Entre Abundio Salazar y Matilde Valenzuela le andan pegando a los 150 años de vida. Alguien había pasado por ellos a El Huajote y los subió al camión que los llevaría a la cabecera municipal de Badiraguato.
“Para que vieran al presidente”.

Don Abundio bajó de uno de los tantos autobuses que llevaron gente de los pueblos a La Alameda. Vio el borlote bajo los álamos y avanzó. En una mano llevaba el bastón y con la otra agarró a su mujer.

Se sentaron hasta atrás, allá donde seguramente no alcanzaron a ver nada.

Apolonio Sánchez llegó desde las dos y media a La Alameda. Alcanzó buen lugar. Prendido a una valla esperaba la llegada del presidente, anunciada para las cuatro y treinta.

Hombre de sombrero que trabaja en el monte, que se ha ido al Otro Lado. Es como los de aquí, que se niegan a la cámara, que les apena un micrófono; gente de palabra breve, corta.

“Muy bueno, muy bueno que venga el presidente”.

Era la segunda visita oficial de López Obrador, ya como presidente de México, a Sinaloa.

Había interés, o morbo, por lo que pudiera decir. Dijo lo mismo que ya había dicho en su conferencia matituna en la Ciudad de México. Y el encanto se apagó.

Finalmente cuidó las formas, marcó distancia de un tema que en las últimas semanas ha resultado insoslayable para México, para Sinaloa, para Badiraguato.

“Ando buscando a las de El Llano porque se me perdieron”, dice una mujer entre el gentío. Ya son las cuatro y veinte. Y nada del presidente.
El polvo hace de las suyas. Una banda no para de tocar música de viento, música sinaloense.

El sol se hacía menos entre los brazos de los álamos.

Y entonces anuncian que Petronila Soto Rojo, de El Ojito, está en la ambulancia. Se ha puesto mal, la trasladarán a un hospital y buscan a sus familiares. Y a Conrado Páez lo vocean perdido entre los cientos de personas.

A las 5 la banda sigue tronando bajo la alameda, a un costado del escenario…
La gente se recarga en las vallas, se “atilinca” para alcanzar a ver al presidente, que viene, se acerca por los pasillos que la gente de ayudantía ha diseñado.

Pasan de las cinco y media.
“López Obrador, López Obrador, López Obrador”… Aparece el presidente.

“No se debe estigmatizar a los pueblos. La gente de Badiraguato es buena”, dice López Obrador en una tenue defensa de Badiraguato, uno de los tres más pobres de Sinaloa.

El estigma: el narco, la violencia, El Chapo.

A Quirino Ordaz Coppel el conductor del evento lo anuncia como “maestro”.
Y Quirino inicia a gritos su discurso…
“¡Esta zona ha estado abandonada, olvidada, dejada… Donde mayor pobreza hay, en la sierra… Nos va a ir a toda madre con López Obrador…”, dice abonando a esa nueva hermandad entre un priista y otro de Morena.

El presidente habla de lo que hará su gobierno, de la Cuarta Transformación, de los corruptos, de los programas, de la entrega de dinero a madres de familia, a pequeños productores, a jóvenes, a ninis, a adultos mayores…

Gritos. Aplausos. Y el himno nacional entonado casi al oscurecer, entre decenas de árboles altos, pesados, viejos.

Y del otro innombrable nada se dice. El árbol caído al que el presidente no quiso darle un hachazo más, sacarle otra astilla, sigue a la sombra en otro país, hasta ahora, inmune a los túneles.

 


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