Zona chilanga | Siempre…Rayuela

Zona chilanga | Siempre…Rayuela

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Un febrero, hace 35 años, Cortázar dejó de respirar y yo regreso a Rayuela, esa novela indescriptible por su estructura y toda su forma.

Hoy como ayer me quedé sin ir a París, pero este invierno no me quedé sin conocerlo; hice mi viaje. Mi visita no fue pasajera ni simple, fue un viaje profundo. Fue mucho más de lo imaginado; un grupo de locos bohemios me acompañó días y noches. Todos inmigrantes, de distintas nacionalidades. Todos jóvenes con un gran bagaje y enormes deseos de devorar el mundo; cada calle, pensamiento, experiencia, noche…un grupo de seres solitarios que precisa reunirse para discutir lo incomprensible y lo evidente. Hice un pacto con ellos, con el Club de la Serpiente y mi viaje a París ya no tuvo regreso.

Un club de despreocupados que se embriaga, que canta y que escucha música para saber que sigue vivo. Ellos asumen, la Maga pregunta; siempre hay que explicarle las cosas; así es la Maga. Los otros hablan y la Maga escucha; ellos asientan y ella duda; ellos arreglan el mundo y la Maga juega con cualquier ramita que recoge de la calle. Arma figuritas y las observa. Juega y hace disparates. De repente la sorprenden debajo de la mesa en un café, entre los pies de los comensales, recogiendo una papa que se saltó del plato. Otras veces está tirada en el piso tarareando canciones y observando la flama de una vela verde.

Ya en las entrañas de París me fui adentrando más y más en el Club de la Serpiente. Me tocó la escena más bellamente indescriptible; aunque el dolor que encierra tiene que ver con la peor tragedia que vive la Maga: mientras discute qué disco escuchar —sorteando la locura del vecino del piso de arriba que no para de golpetear el techo al menor ruido— Rocamadour ha dejado de respirar. Ella cree que duerme plácidamente luego de una fuerte temperatura, pero el bebé ya no despierta. Los miembros del Club se quedan, pero Oliveira se va. Luego de días él regresa pero ella ya no está. Se ha marchado y nadie sabe a dónde. El Club se va al carajo y yo sigo sus pasos por separado. Pasan los días y Oliveira supone donde encontrarla; en efecto la Maga deambula bajo los puentes de París, ahora se embriaga con los clochard. Esa noche Oliveira es un vagabundo más.

La Maga (Lucía) y Oliveira (Horacio) son los protagonistas del viaje. Ella es apenas una mocosa uruguaya que partió con un hijo en brazos, para colmo, se metió en una tercera de barco y se largó a estudiar canto a París sin un peso en el bolsillo. Oliveira es un argentino que llegó a la ciudad luz a estudiar, pero no lo hace; en su lugar trabaja organizando libros y correspondencia. Todo gira en torno a la Maga y a Oliveira; ella es una presencia natural e inevitable, inocente e ingenua; él un intelectual, un filósofo en eterna búsqueda, aunque todos piensan que trae encima lo que anda buscando. Son novios; una pareja de amantes que se ríe como locos, seguros de un poder que los enriquece.

Amor, celos, poesía, discusiones filosóficas, confesiones, arte, decadencia… toda una vida explicada en un juego de piso, Rayuela; ese dibujo con el que Julio Cortázar traza la tierra y el cielo de nuestra humanidad. Un febrero, hace 35 años, Cortázar dejó de respirar y yo regreso a Rayuela, esa novela indescriptible por su estructura y toda su forma. Un viaje que me llevó al origen de los personajes, donde Oliveira regresa a Argentina y se reencuentra con su amigo Traveler (quien nunca ha salido de su tierra), ahora casado con Talita, a quién Horacio confunde con la Maga.

Una novela central escrita durante sus cuarenta. Una historia que no hay que explicar sino vivir; como lo hace la Maga. Una lectura para obstinarnos en la inaudita idea de que hemos sido creados para otra cosa; algo superior que nos regrese la compasión y nos sacuda la soledad, esa de la que siempre somos presa y nos consume ajenos a cualquier juego de Rayuela. Cortázar me ha dicho que “sólo nosotros sabemos estar distantemente juntos”

Comentarios: majuliahl@gmail.com


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