Los cuentos de Chema Rincón | Un Buen Desvío en Bicicleta

Los cuentos de Chema Rincón | Un Buen Desvío en Bicicleta

Compartir:

            Llevaba unos minutos de amanecido una mañana de sábado. Mis amigos y yo salimos a la carretera a vender. Hacía poco habían hecho un tramo de dos carriles que te llevaba de Imala a Sanalona, y desde entonces, todas las mañanas de los fines de semana pasaba gente en bicicleta con rumbo a la presa o a Tachinolpa.

Era gente de Culiacán, y aunque tenían dinero, no eran como los que pasaban en las troconas. Los que andaban en la bici eran gente buena, unos decían ser doctores, maestros, arquitectos, ingenieros, dentistas o contadores. Pasaban temprano. Los sábados se paraban a fuera de mi casa, en Los Colgados, desayunaban en el puesto de mi madre y se seguían rumbo a la sierra. Descansaban ahí y el domingo se regresaban. Había otros que el mismo día iban y venían. Nos tocaba de todos.

Nunca iban solos, siempre iban en grupos en los que iba casi siempre la misma gente. Eran muy amables. Mis amigos y yo les ofrecíamos de todo, y de vez en cuando nos compraban. Les llamaban mucho la atención los papaches, los botes llenos de chiltepines, los frijoles brincolines, los balsamines y las igualamas.

Era un sábado normal. Habíamos estado vendiéndoles de estas cosas a los de las bicis. Por ahí de las diez de la mañana empezamos a guardar todo. Andaba bien entretenido haciendo una tarea de historia cuando oí que alguien nos gritaba desde afuera. Iba a asomarme cuando mi mamá me gritó.

—Está raro. Todo mundo sabe que la puerta está abierta, mejor déjame ver quién es.

Tuvo una plática rápida desde la puerta, y sin cerrar la puerta se me acercó.

—Mira, se me hace que tienes una chambita. Háblale a un amigo tuyo para que te ayude y no vayas a pasarte de dulces si te dejan dinero.

Me asomé con curiosidad y me sorprendió ver a dos señores algo grandes. Hablaban medio raro, pero cuando me vieron, se dieron a entender.

—Hola niyo, ¿cómo estar?

—¿Son gringos?

Los dos se vieron. Al señor se le quitó la sonrisa de la cara pero la señora me vio con amabilidad.

—Ser americans. ¿Ayudas?, la bici quedó sin eire.

—¿Sin aire?, ¿se les ponchó?, a ver, déjenme les ayudo —les contesté cuando vi la llanta baja —espérenme tantito, un amigo tiene parches y yo la bomba, voy con él para que nos ayude, ¿les parece?

—Gracias, sí.




En unos diez minutos más, ya estábamos los dos echándole mano a la bici. Pero nos dimos cuenta de que no iba a poderse parchar. El hoyo estaba grande y apenas iba a poderse con una llanta nueva. Estaba dando la hora de la comida cuando mi papá llegó a la casa.

—Buen días —dijeron cuando lo vieron llegar.

—¿Cómo tienen a los señores esperando aquí afuera?, ¿con qué les podemos ayudar?

—Llanta ponshaá de biciclera. Tu hijos aiudarnos.

—No voy a poder papá, es que tiene un hoyote la llanta, vamos a tener que ir a Culiacán a comprar una nueva.

—Miren, pásenle por favor a comer a la casa.

Los dos viejitos se vieron y se sonrieron. Después de preguntarse entre ellos, decidieron pasar. En todo rato estuvieron sonriendo. Cuando vieron el plato, cuando les servimos agua de horchata. Y en la plática con mis papás. Hablaban bien feo el español, pero se daban a entender. Si no era con palabras era con señas. Nos contaron que acababan de jubilarse y que querían llegar hasta Argentina en bici. Los señores se veían grandes pero no viejitos. En su teléfono nos enseñaron fotos de los lugares de Canadá y de Estados Unidos que habían recorrido, también de uno que otro lugar de México. Estando en Culiacán, les dijeron que valía la pena hacer el recorrido Culiacán – Imala – Sanalona. Por eso habían salido tarde, y con lo de la llanta, se habían tardado más.

La plática después de la comida duró un buen rato. A los dos señores se les vio con cara de cansados y mi papá les dijo.

—Miren, aquel cuarto está para ustedes. Descansen un rato en lo que mi hijo y yo vamos a comprarles una llanta. Ándale Lulú, arréglales el cuarto para que descansen —le dijo a mi mamá.

—¿Cuánto dinero es?, no iantas graris,

—No se preocupen, ahorita les averiguamos y les avisamos.

Cuando volvimos de Culiacán, les terminamos de arreglar la bicicleta. Y cuando eso estuvo listo, nos metimos a la casa buscando a mi mamá. Pero nos dimos cuenta de que se los había llevado a los corrales. Para que vieran a los chivos, las vacas y los cochis. Anduvieron un rato tomando fotos y nos agradecieron el favor.

—¿Seguros de que no quieren descansar hoy aquí?, está peligroso que quieran llegar hasta allá a estas alturas del día.

Los dos aceptaron. El resto del día los llevamos al monte. Conocieron el arroyo, nos ayudaron en la ordeña de la tarde, vieron como se preparaba la leche y cómo se hacía el queso. Probaron los papaches aunque nos les gustaban y en la noche les tocó ver a las urracas que iban volviendo a sus nidos.



A la mañana siguiente salieron temprano. Mi mamá les preparó un huevo con chicharrones. Y les preparó unos tacos de machaca con papa. Los dos, muy agradecidos, quisieron dejarnos dinero, pero mis papás no quisieron. El señor le dio una calada a su bici, y cuando vio que funcionaba bien, se bajó para despedirse.

Cuando me dio la mano, me dejó quinientos pesos. Me sonrió y con la cara me dio a entender de que no debía decirles a mis papás, pues seguramente se enojarían conmigo al recibirlo. El sol empezaba a salir y las cuichis empezaban a cantar cuando agarraron camino con rumbo a Imala. Volverían a Culiacán por la carretera de Sanalona y después empezarían con rumbo a Mazatlán.

Ha pasado casi el año de que anduvieron por aquí. Andan ahorita en la expansión de la carretera y hace rato que los ciclistas que ya no bajan para acá por todos los arreglos que les estorban. Pero ayer en la mañana nos pasó algo bien raro. Llegó a la casa lo que nunca llegaba: un paquete. Era una caja llena de fotos de los viejitos en todo su recorrido. Nos dijeron que llegaron hasta Costa Rica y por culpa de un accidente tuvieron qué regresarse a Estados Unidos.

            Guardé las fotos y desde entonces tengo ganas de seguir con lo que los viejitos no pudieron. De hacer el viaje completo y de llegar hasta Argentina en la bicicleta.





¿Tienes una denuncia? | Hazla en ESPEJO:

Si cuentas con fotografías o videos de interés público, compártelos con nuestros lectores. Envíalos al correo electrónico: [email protected]

Compartir: